Martes, 16 de Septiembre del 2014
OPINION
26 de Diciembre del 2012
Sacristán: un oficio en decadencia.
“Lo único peor que la mala salud es la mala fama”. (G. García Márquez)
Mario Noceti Zerega

Hasta la capilla más insignificante suele tener su sacristía, ese lugar anexo al templo donde se guardan ornamentos, candelabros, imágenes, utensilios litúrgicos y donde se revisten los ministros. Los sacristanes, los encargados de la sacristía, son las personas que cuidan del aseo y ornato del templo y que, cuando las misas se celebraban en latín ayudaban en el servicio del altar y hasta cantaban en el coro.

El sacristán común y corriente (porque en los grandes templos y catedrales existe el Sacristán Mayor que es siempre un sacerdote) ése que barre o encera, el que abre y cierra el templo, el que toca las campanas y dispone en la sacristía ornamentos y vasos sagrados, el que llena los copones o píxides con hostias, el que prepara las vinajeras, el que enciende y apaga velas y luminarias, es un cristiano seglar o laico que se ganaba la vida entre el templo y la sacristía y hasta encaramado en lo alto del campanario cuando la vida católica marchaba al sonido, repiques y doblar de campanas. Cuestión de hacer memoria o revisar los ceremoniales o los libros de ingresos de parroquias y conventos.

Contraía el sagrado vínculo una pareja de influyentes feligreses y a la salida del templo, no solo la marcha nupcial, sino que alegre repique de campanas. Quedó la expresión “campanas de boda”, que a muchos les parece una metáfora o una frase romántica. Otro tanto ocurría cuando se celebraba un bautizo solemne. Terminado el rito, los padrinos debían disponerse a lanzar puñados de monedas al aire en el atrio del templo, monedas que se disputaban sin miramientos una caterva de chiquillos, mientras las campanas repicaban pregonando que la comunidad contaba con un nuevo hijo de Dios y de la Iglesia.

Es verdad que las más de las veces estos repiques eran siempre que se tratara de vecinos pudientes, sin embargo, ninguna parroquia se negó a doblar sus campanas cuando despedía a un difunto. El sacristán debía saber repicar, doblar a muerto, tocar el “Angelus” y convocar a la misa y los oficios con las “señas”. Eso en nuestro patrio suelo donde –que yo sepa- no contamos con grandes campanarios y con campanas “a voleo” que exigían un campanero.

Existió el oficio de campanero y hasta una de las órdenes menores o ministerios consideraba esta tarea de tocar las campanas. (El ostiario o portero, al ser ordenado abría y cerraba la puerta del templo y tocaba la campana) Cuesta imaginar hoy día la importancia que tuvieron estos instrumentos, las campanas, y hablando de campaneros más de alguno recordará a Quasimodo, el jorobado campanero de “Notre Dame”, singular novela de Víctor Hugo.

Comenzaba yo estas líneas con una aseveración de García Márquez: “Lo único peor que la mala salud, es la mala fama”. Desgraciadamente, los sacristanes de la literatura y los de la vida real, y es de ésta que cobran vida los de esa otra, no siempre han gozado de buena fama.

Por algo se acuñó el refrán que reza: “Ser uno gran sacristán”, vale decir, ser un astuto de renombre.

Hay, en esos sacristanes de novela y de las parroquias que todavía los tienen, muchas de las conductas y características del pícaro de la literatura barroca. Son de conductas picarescas. Lázaro de Tormes –el de la famosa novela, las oficia de sacristán del clérigo aquel de Maqueda con el cual pasó las de Caín, habida cuenta de la famélica condición en que le cupo desgracia vivir. (Vida del Lazarillo de Tormes, Tratado II) Y es seguramente, con ese amo, más que con el infame ciego, que Lázaro hubo de acicalar mayormente su ingenio. Queda uno pasmado en este trance donde abisma la tacañería del amo y resalta la astucia inagotable del criado. Pero la mala fama de los sacristanes no solo salpica la literatura barroca, (hasta Cervantes nos regala un mal sacristán en el entremés de “La Guarda Cuidadosa”) ya en la lejana época medieval, Gonzalo de Berceo (1195-1268) nos trae “El Sacristán impúdico” integrando sus deliciosos “Milagros de Nuestra Señora”. Sueldos exiguos, clérigos viejos, exigentes, avaros o de vida mísera, feligreses de trato despectivo, beatas que saltándose los escrúpulos buscan un escape a la libidinosidad del corazón humano, aproximan al sacristán a las conductas del pícaro; si bien hemos de tener presente que el pícaro no se desvelaba por cuestiones amorosas. Había otras prioridades como el “primum vivere”. (Primero comer, después filosofar) En cambio, nuestros sacristanes criollos solían ser bastante enamoradizos. “Lachos” para usar un léxico vulgar muy común en Chile y Perú. El tema está graciosamente ilustrado en esa tonada de Violeta Parra: “Beata que no ha tenido amores con sacristán, no sabe lo que es canela ni chocolate con flan”.

Los sacristanes solían abusar de la ironía. Fácilmente llegaban al sarcasmo. En los conventos, el sacristán era, por regla común, un hermano lego. (Cf. “El Sacristán impúdico”, ya citado) Famoso ese lego dominico limeño que, fiel a las ordenanzas de la corte virreinal, espiaba socarronamente al Virrey D: Antonio de Amat y Junient, y cuando a la madrugada regresaba a palacio después de sus locos devaneos con su Perricholi, el mocho echaba al vuelo las campanas anunciando el paso de su Excelencia. Todo Lima reía a carcajadas. El lego fue llamado al orden. Replicó el celoso campanero que él como sacristán, cumplía con los reglamentos: tocar las campanas cuando pasara la carroza del virrey.

Sacristanes ha habido fervientes devotos de Baco. En tales situaciones eran las vinajeras las que pasaban susto. No obstante, sacristanes conocí que aborrecían el dulce vino de misa y desfallecían por una cerveza o un vulgar “medio pato” de vino de la taberna más cercana.

Al igual que el pícaro, casi no habrá habido sacristán que no haya sido ratero. Los cepillos (vulgo alcancías) y las colectas de las misas y otros dinerillos o aranceles siempre eran objeto de sus escarceos y afanes. A veces con éxito, otras no tanto, que bien saben los clérigos aquello de: “Al pie del amo engorda el caballo” y que “con el amigo incierto, un ojo cerrado y el otro abierto”. Poca cosa hay para mercar en una iglesia, por eso, antaño, velas y cirios no escapaban al negocio del sacristán ladino. De allí nos llegó el singular versito con perfume a desconfianza: “Sacristán que vende cera y sin tener cerería, ¿de dónde peccatas meas Sino de la sacristía?”

Por todo lo expuesto y algo más, el vulgo ha creado toda una antología de historias y chistes sobre sacristanes. Los chistes, casi todos son irreproducibles o irreverentes. El latín macarrónico manejado por los sacristanes imprescindibles en la liturgia anterior al Vaticano II, dio pábulo a un sin fin de anécdotas que hoy no tienen sentido. Para colmo, muchos de estos sacristanes solían tener defectos físicos, (cojos, tartamudos, contrahechos, tuertos, etc.) los cuales alimentaron la vena popular. El sacristán de nuestros pueblos y ciudades degeneró en personaje ridículo y su oficio en algo que alimentaba el caudal de coplas, chistes y chismes de todas las tonalidades. Ante la mala fama más de algún sacristán puso en práctica aquello que reza: Quien tenga buena fama, que la cuide y si tiene mala fama que la aproveche. Pero, no solo la gloria pasa. También lo absurdo y lo insensato. Ya casi no quedan sacristanes.
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