OPINION
15 de Junio del 2012
El apodo en la política chilena
Mario Noceti Zerega.
Aunque las reglas de urbanidad no toleran el uso de los sobrenombres o apodos, (alias) de todos es notorio y conocido que desde los tiempos bíblicos y en todas las capas sociales el apodo ha estado siempre presente. No se han librado de esta lacra ni los reyes, ni los prelados, ni los encumbrados aristócratas y menos aún los humildes hijos de vecinos. No hablemos de los profesores quienes, además de ser tildados de “viejo” o “vieja” (el viejo de francés, la vieja de biología) carecen de nombre y apellido para la casta escolar de todas las épocas.
El chileno tiene una picardía sui generis cuando se trata de poner apodos. Para colmo de males, como dejo consignado en otra parte, el apodo es “hereditario”, pasa de padres a hijos, de hijos a hermanos. Ahí está el caso del Ministro Ramón Errázuriz (Primer gobierno de Prieto: fue ministro del Interior y de Relaciones 1831-1832) a quien D. Joaquín Tocornal bautizó como “el Litre”. La entonces poderosa familia Errázuriz y sus miembros empezaron a ser nombrados como “los Litres”. Un curioso injerto de lengua inglesa y chilenismo forjó el apodo de D. Mariano Egaña, que recibió el rimbombante pero cáustico mote de Lord Callampa. Ministro de Guerra durante el gobierno de Ramón Freire fue D. José María Novoa. Sus afanes comerciales le valieron el nombre de Don Negocio. Valiosos fueron los servicios que prestó a la naciente república D. José Ignacio Zenteno, quien, a causa de su acentuada misantropía fue apelado el Filósofo. Figura connotada de la recuperación económica (mejor dicho, de la estructuración económica) de Chile, fue D. Manuel Rengifo y Cárdenas (1793-1845) al cual se llamaba con el gesto despectivo, tan acendrado en el chileno, de Don Proyectos. Joaquín Prieto (Pdte. de Chile – 1831-1841) fue conocido entre los políticos contrarios a su gobierno como “el tío Abraham Asnul”. Ni D. Manuel Bulnes, que expuso su vida en 22 batallas de nuestra emancipación y que actuó en las campañas de Guías, Buin y Yungay, contra la Confederación Perú-Boliviana, se libró de la humillación del apodo: BulkeBorrachy. A la larga lista de virtudes que adornaban la personalidad de este soldado y mandatario, hay que sumar su condición de abstemio. Bulnes no bebía. Retrocediendo en la historia, en la época colonial chilena, hizo que en torno a él se tejieran toda suerte de especulaciones, un famoso espía conocido solo por su sobrenombre: el Gran Pecador. Un falso devoto, fingido más bien, que recogía cuanto dato podía ser útil a la sutil y omnipresente vigilancia del absolutismo de Felipe II. Se decía que el Gran Pecador entraba y salía de El Escorial como Pedro por su casa. Hasta Ercilla dejó caer entre sus octavas reales un simulado apodo para García Hurtado de Mendoza (que lo condenara a muerte) y a quien el poeta-soldado menciona como “el mozo capitán acelerado”. No es pecado ser joven (mozo) ni ser capitán, pero sí acelerado, esto es imprudente, atarantado, diríamos en chileno.
En el segundo periodo de Bulnes, su ministro de Hacienda, D. Antonio García Reyes era apodado el Ventarrón, mientras que el diputado Vicente Sanfuentes se ganó el apelativito de el Guanaco por haber escupido en la cara al Intendente de Santiago durante una discusión política.
Tal vez porque poseía “una suprema tolerancia, nacida de una indiferencia aún más suprema” y por su “apatía y flojedad de espíritu habitual” sería que a D. José Joaquín Pérez (Presidente de Chile, 1864-1874) lo apodaran Mahoma. Él acuñó esa sentencia que Barros Luco haría suya años más tarde: “De cien dificultades, noventa y cinco se resuelven solas y las cinco restantes no tienen solución”. Ya iniciado el siglo XX, los apodos hicieron furor en el mundo político. A veces en forma muy elegante, como es el caso de un Pdte. del Senado a quien dieron en llamar “la paloma mensajera”. Las administraciones de Errázuriz Zañartu y de Aníbal Pinto a fines del siglo XIX estuvieron ricas en situaciones aptas para rebautizar al adversario político y basta leer ejemplares de periódicos tan incisivos como “El Ferrocarril” para comprender que el vicio de los “alias” no estaba muerto. Desgraciadamente, no disponemos de espacio para detenernos en ello, con el ánimo de cerrar estas líneas con personajes más conocidos.
Quienes conocieron, leyeron y vivieron los tiempos de la revista “Topaze” estarán de acuerdo conmigo que si ha habido un político que “dio cancha, tiro y lado” para todo tipo de burlas –guardando el debido respeto- ése fue D. Carlos Ibáñez del Campo, alias el Caballo Ibáñez. (1927-1931 -1952-1958) Su adversario número uno, el ex Pdte., de la República, D. Arturo Alessandri Palma, quien no tenía ningún recato, cada vez que pasaba por el Palacio de La Moneda, en sacar del bolsillo un pan de tiza para escribir en los muros: “Muera el Caballo Ibáñez”. Así hasta que el León de Tarapacá fue detenido por carabineros y reconocida su persona en la Comisaría, se le amonestó para que no repitiera el desaguisado.
El hijo de D. Arturo, D. Jorge Alessandri, (1958-1964) fue conocido como el Paleta, chilenismo que en la época designaba al hombre bonachón y colaborador. Todavía hay gente que pide le hagan una “paleteada”, es decir, un favor. Pero entre 1938 y 1952, están los gobiernos radicales, con D. Pedro Aguirre Cerda, a quien, dicen que injustamente, se le dio el apelativo de Don Tinto. Como anecdótico, creo es más que suficiente. Dice Salvador de Madariaga que en el reparto de pecados capitales, el español acaparó una gran dosis de envidia. De ellos, mediante el mestizaje, heredamos los chilenos esa actitud negativa que Gabriela Mistral llamó “chaqueteo”. Y Gabriela Mistral tenía miedo a la lengua de sus compatriotas. Le preguntó Matilde Ladrón de Guevara por qué no regresaba a Chile y la respuesta de la poeta fue tajante: “Aquí (EE. UU.) soy Gabriela Mistral. En Chile sería la “Chela”. (Como el Gabo por Gabriel González Videla o Pinocho, por Pinochet) Nos moleta que otros surjan, triunfen, se superen. Esa molestia no es otra cosa que pura envidia. Como somos envidiosos recurrimos al insulto y al apodo. Es la absurda reacción cuando faltan los argumentos. Para decirlo con el refrán mejicano: “Jalisco Zapata, sino gana, empata”, en contraposición al otro todavía más cerrado: “Jalisco nunca pierde”. Y ojalá que todo se redujera a un sobrenombre. Sin embargo, para nuestra vergüenza, no solo han sobreabundado los apodos, sino que, desde los años de nuestros inicios como nación libre, se recurrió a la ofensa y a la grosería. Y por escrito, lo cual es más grave, pues al decir de los latinos: “Las palabras vuelan, los escritos permanecen”. En esto estamos muy lejos de ser los ingleses de Sudamérica y todo el romanticismo que en el siglo XIX echaron a rodar connotados políticos de nuestra patria en nombre de la “libertad, igualdad y fraternidad” tan servilmente copiado de la Francia revolucionaria del 1830, se vio opacado por el insulto gratuito y procaz. Y es que la envidia va de la mano de la ambición. La ambición, generalmente, supone soberbia. ¡Cuántos ambicionan algo para lo que carecen de toda aptitud! La ira, otro vicio capital, embriaga al envidioso y, fatal resultado, se busca una puerta de escape en la acción bárbara, en la palabra soez, en el apodo humillante y a menudo de falsedad absoluta