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La Batalla de Rancagua

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Este es un extracto del libro Rancagua en la Historia, escrito por Héctor González
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El mando de las tropas encerradas en Rancagua, debió haberle correspondido a Juan José Carrera, comandante de la Segunda División, por ser el oficial más antiguo, pero éste decidió entregar a O’Higgins esta responsabilidad. En los apuntes de John Thomas, atribuidos a O’Higgins, se cuenta que Carrera le dijo:
“General y amigo: usted tiene toda la fuerza a su mando, pues, aunque no tengo orden de entregarle mi División, considero que usted le dará la dirección acertada que siempre acostumbra, y porque se que mis granaderos lo han de seguir a usted adonde quiera guiarlos”.

COMIENZA EL ATAQUE

Osorio, entretanto, rodeó completamente la villa y distribuyó sus fuerzas para poder atacar a las cuatro trincheras patriotas. En la Cañada (Alameda), dejó a la caballería y él se instaló con su cuartel general en una amplia casa del lado sur, donde comenzaba el camino hacia el Cachapoal (donde está actualmente la Casa de la Cultura).
Más o menos a las 10 de la mañana, las fuerzas realistas iniciaron el ataque a la plaza. Desde el lado norte avanzaron unos mil hombres con 4 cañones. Por el sur atacaron los Talaveras, el Real de Lima y los Húsares de la Concordia, apoyados por 6 cañones y con un total de 900 hombres. Por el oriente avanzó el coronel Ballesteros, con cuatro cañones y los batallones Concepción y Voluntarios de Castro, con unos 1.400 hombres. Por el poniente, el ataque estuvo a cargo de los dos batallones de Chiloé.
La batalla se inició casi simultáneamente por los cuatro lados. En la trinchera sur o de San Francisco, el ataque comenzó minutos antes con una carga en columnas cerradas de los Talaveras, al mando de Rafael Maroto. Los patriotas los dejaron acercarse lo más posible, aguardándolos en silencio, y cuando los tuvieron a su alcance, les lanzaron una lluvia de balas que los obligaron a replegarse en confusión, dejando la calle cubierta de cadáveres.
En las otras trincheras sucedió algo parecido y al cabo de una hora de sangriento combate, los realistas se replegaron y suspendieron el fuego. Osorio que, seguro de su éxito, descansaba en la casa elegida para cuartel, fue informado del rechazo sufrido por sus tropas y, enfurecido, ordenó al coronel Manuel Barañao que atacara de inmediato con la caballería de Húsares. Sin embargo, el resultado fue el mismo: a pesar de la impetuosidad y valentía con que atacaron los realistas, una nueva lluvia de metralla los detuvo y obligó a replegarse. Barañao ordenó a sus hombres desmontar de sus caballos y los reorganizó en una nueva columna que, durante varios minutos, sostuvo un duelo de fusilería con la trinchera patriota.
Protegidos del fuego de los fusiles, el capitán Vicente San Bruno comenzó a construir con sus Talaveras una trinchera enfrentando a las del sur de los patriotas, a una cuadra de distancia (hoy esquina de calles del Estado y Gamero), empleando para ello toda clase de objetos: sacos de tierra, muebles, vigas y hasta atados de charqui que sacaron de las casas vecinas.
Por el norte y oriente, los capitanes Sánchez y Vial contenían otros ataques realistas, mientras por la calle de Cuadra (hoy Independencia), el capitán Molina hacía prodigios de valor junto a sus hombres, conteniendo un poderoso ataque enemigo.
O’Higgins recorría incansablemente todas las trincheras, sable en mano, dando órdenes, infundiendo valor y ayudando a sus soldados.
Al mediodía los realistas cortaron el abastecimiento de agua del pueblo, que entraba por acequias que salían del canal que atravesaba la Cañadilla del Oriente (se denominaba popularmente la “acequia grande”, que desapareció en 1962) y la Cañada. Esta agua servía tanto para el riego como para la bebida y con esa operación los patriotas fueron privados de un elemento precioso para sus vidas y para sus armas.
Poco después se suspendió el ataque. En el intertanto, los realistas construyeron nuevas trincheras frente a las de los patriotas. Estos aprovecharon para recoger sus muertos, atender a sus heridos y reforzar sus propias trincheras.

REINICIAN ATAQUES
Esta pintura  Pedro Subercaseaux muestra los últimos momentos en RancaguaMás o menos a las 2 de la tarde del 2 de octubre, se reanudaron los ataques, con más violencia que en la mañana, con el objetivo de dar por terminada la batalla. La trinchera realista de San Francisco ocasionaba fuertes daños a los patriotas, por lo que O’Higgins concibió un plan audaz: apoderarse de ella. Llamó hasta la plaza a un grupo de 50 hombres escogidos, les puso a la cabeza al subteniente Nicolás Maruri y al alférez Francisco Ibáñez y les encomendó la difícil y temeraria tarea. Estos hombres protagonizaron uno de los episodios más heroicos de la sangrienta jornada. En forma resuelta, desafiando las balas enemigas, salieron por la trinchera del sur y atacaron cuchilla en mano la trinchera realista, matando a casi todos sus defensores. Después que la desbarataron, ataron con lazos dos cañones del enemigo y volvieron con ellos a la Plaza.
El detalle de esta acción muestra hechos casi increíbles, pero plenamente confirmados por testigos. Cuando Maruri trataba de volver a la plaza, por ejemplo, le comunicaron que en el interior de una de las casas, en el patio, se encontraba un destacamento de Talaveras esperando que pasara para cortarle la retirada. Sin perder un instante, subió al techo de una casa vecina y desde allí les lanzó una granada de mano que diezmó a los enemigos, lo que le permitió volver a la plaza. Los patriotas celebraron el hecho con muestras de alegría y O’Higgins, en ese mismo sitio ascendió al subteniente Nicolás Maruri al grado de capitán, por su arrojo y valentía.
En las otras trincheras se registraron también hechos que constituyeron extraordinarias muestras de heroísmo. Después de dos horas de combate encarnizado, más o menos a las cuatro de la tarde, los realistas se replegaron de nuevo y suspendieron su tercer ataque.

EL CUARTO ATAQUE
Unas tres horas más tarde, más o menos a las siete, cuando ya estaba anocheciendo, las cuatro trincheras de los defensores recibieron el cuarto asalto enemigo. Las escenas de la tarde se repitieron. Otras dos horas de horrible combate terminaron con un nuevo repliegue de los asaltantes, cuando las sombras de la noche ya envolvían a Rancagua.
Una noche horrenda fue para Rancagua la del primero al dos de octubre. Los habitantes y soldados patriotas vieron transcurrir la noche en vela. Faltaba el agua, cortada desde temprano. De pronto, en las casas cercanas a la plaza, comenzaron a surgir grandes llamaradas. Osorio había ordenado incendiarlas para hacer huir a los patriotas.
Al mismo tiempo, los realistas comenzaron a cavar forados en las murallas interiores para acercarse a la plaza, sin exponerse al fuego directo de las trincheras.

MENSAJE A CARRERA
O’Higgins se reunió con sus oficiales, acordando enviar un mensaje a José Miguel Carrera, que se encontraba en los Graneros del Conde. Un soldado aceptó el grave riesgo de salir disfrazado desde la sitiada plaza y recorrer a pie hasta el campamento de Catrera con su Tercera División. El breve mensaje de O’Higgins decía: “Si vienen municiones y carga la Tercera todo es hecho”.
Carrera respondió: “Municiones no pueden ir sino en la punta de las bayonetas, Al amanecer hará sacrificios esta División. Chile, para salvarse necesita un momento de resolución”.

2 de octubre de 1814

Al amanecer del 2 de octubre, los realistas lanzaron un nuevo y violento ataque contra las cuatro trincheras de los patriotas. Ese primer ataque también fue rechazado. O’Higgins subió una vez más a la torre de La Merced esperando divisar la Tercera División que vendría desde Graneros, pero no vio ningún indicio de movimiento de tropas.
Más o menos a las 10 de la mañana, un soldado gritó desde la torre: “¡Viva Chile!” y bajó a darle cuenta a O`Higgins que se veía una nube de polvo al norte de la Cañada..
Carrera, estacionado en la Quinta de la Cuadra (Casas Coloradas), más o menos a una legua de la Cañada, había enviado a su hermano Luis a tomar posesión de los callejones que salen de Rancagua. Luis tuvo un tiroteo con los realistas. Las avanzadas llegaron a menos de tres cuadras de la Cañada.
Los sitiados en la plaza, llenos de entusiasmo ante la nueva de que Carrera se acercaba con la Tercera División, renovaron su afán de lucha y contraatacaron a los realistas , especialmente en las trincheras de San Francisco y del Oriente. En esta última, perdió la vida el Comandante Hilario Vial. En la del poniente, el capitán Molina salió de su trinchera repeliendo a los atacantes. Lo mismo hicieron los patriotas en las otras trincheras, tras los capitanes Ibáñez y Maruri.

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“A las once y media de la mañana, Rancagua era una victoria”…

FINAL DEL DRAMA
O’Higgins, que recorría incansablemente las trincheras, creyendo segura la llegada de la Tercera División, mandó repicar las campanas de las Iglesias de La Merced y de la Parroquia. Los sitiados veían agotarse las municiones y podían atacar sólo cargando a la bayoneta, después de más de 36 horas de lucha., sofocados por el humo de los incendios.
De pronto, el General O’Higgins, sintió que los soldados, desde el techo del Cabildo gritaban ¨”Ya corren, ya corren”. Preguntó: “¿Quién corre?” y le contestaron: ¡la Tercera!… Los patriotas de Rancagua se creyeron traicionados, pero O’Higgins supo infundirles nuevo valor y siguieron resistiendo los ataques cada vez más furiosos de los realistas que, viendo alejarse los refuerzos patriotas, redoblaron sus tentativas de apoderarse de la plaza.
Era el mediodía. El sol y las llamas de los incendios sofocaban a los heroicos defensores. Los víveres se habían terminado y municiones apenas si quedaban. Durante cuatro horas más prosiguió la fiera batalla. El incendio llegaba hasta las casas de la plaza. En una de ellas estaba el depósito de pólvora que estalló con gran estrépito, causando numerosas bajas.

Heroica retirada

O’Higgins tomó, entonces, la resolución heroica de abrirse paso, con los sobrevivientes, en medio de las trincheras, y abandonar el pueblo. Más de las dos terceras partes de los defensores estaban muertos, gravemente heridos o prisioneros.
Hizo reunir en la plaza todos los caballos que quedaban (280 más o menos), ordenó que montaran todos los que pudieran y lanzando adelante algunas mulas y caballos sueltos, salieron impetuosamente por la trinchera de La Merced, pasando sobre los realistas que trataron de detenerlos.
El camino que siguió O’Higgins en su retirada fue el siguiente, mencionando las calles por sus actuales nombres: desde la plaza, por Estado norte hasta Cuevas, dobló a la derecha por esa calle y siguió hasta Almarza, después a la izquierda hasta Cáceres, nuevamente a la derecha hasta Zañartu y de ahí a la Alameda, camino de La Pampa, hasta el camino de La Compañía, en dirección a Graneros.
El secretario inglés de O’Higgins, John Thomas, que escribió una relación detallada de la batalla, que ha servido de base a todos los que han querido relatarla, describió la escena del drama, con estas tan conocidas frases:
“El sol se ponía y el caudillo chileno, echando una última mirada hacia el sitio donde quedaban sus compañeros, solo vio en el horizonte una columna de humo que se levantaba al cielo en el silencio apacible de la tarde: aquel humo era Rancagua!”

HÉCTOR GONZÁLEZ V.
(Sintetizado del libro
“Rancagua en la Historia”.

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