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Viene el Papa

 

Leía en el último “El Mercurio” del año 2017 (31 de dic. A 2) un artículo de la Sra. Presidenta de la República titulado: “El Chile que recibe al Papa Francisco”. Me sorprendió el optimismo que respiraba cada párrafo. Era como si en vez de tinta se hubiera usado para escribirlo alguna de esas bebidas energizantes o su autora estuviera en trance. Sinceramente, me vino a la memoria el formato de esas cartas que los niños escriben al Viejo Pascuero. Cartas en las que después de hacer el panegírico de sus inventadas virtudes y logros, piden, sin recato, todo lo que su infantil ambición tiene en lista. “Después de 30 años desde la última vez que un Papa nos visitó…” Así comienza la Sra. Bachelet su columna. Para ser honestos este es un enunciado errático. Lo cierto es que desde que Chile es Chile solo nos ha visitado un Papa. La visita de S. Juan Pablo II fue la primera y última visita que un Papa nos hiciera en nuestra ya larga historia. (Antes de ser papas estuvieron en Chile Pío IX y Benedicto XVI. Pero aquí como es lógico hablamos de un Papa no de un “papabile”.)
Vienen, a renglón seguido, las odiosas comparaciones: “la visita de Juan Pablo II tuvo lugar durante una dictadura”. Cierto. Una dictadura más desde las de Carrera y O’Higgins y otras de las cuales es mejor no acordarse. En cambio, Francisco, viene ahora al Chile “plenamente democrático, libre y respetuoso de la Constitución y de las leyes”. No está mal como discurso académico, pero ese elogio al Chile “respetuoso de la Constitución y las leyes”, no solo es hiperbólico, sino que no resiste un análisis serio. Piense Ud., en los escándalos vergonzosos que todavía se ventilan, en la delincuencia que nos agobia y en el terrorismo de la Araucanía solo a modo de ejemplos. ¿Y la corrupción? ¿Y el sistema carcelario?
Después, el incensario se mueve hacia las bondades que Francisco tendría que reconocer en el lapso de su visita. Del 47% al 11% ha bajado la pobreza. La cobertura en educación (no exijamos calidad, fijémonos en la cantidad) “se ha multiplicado de 15% a 50%. Ha existido la preocupación –solo la preocupación- “por poner al centro a quienes hasta ahora han estado más alejados del disfrute pleno de los frutos del desarrollo”. Luego, cómo no, “el acceso a la educación parvularia en más de 70 mil cupos…” “el haber logrado terminar con la exclusión en colegios que reciben recursos del Estado y conseguir que hoy 200 mil familias no deban copagar por el colegio de sus hijos…” y “al término de mi Gobierno, los estudiantes de educación superior pertenecientes al 60% más pobre de Chile estarán cursando carreras técnicas o profesionales con gratuidad”. Esboza la autora las excelencias “en calidad como en oportunidad en salud primaria” y los megaproyectos hospitalarios. Como para canonizarla. Viene el Papa. Y para usar una expresión de García Márquez, la verdad, es que nos sorprenderá cocinándonos en el rencor”. Después de 30 años de la visita de S. Juan Pablo II los chilenos y los chilenos católicos no somos capaces de asumir que “el amor es más fuerte”. Late en nuestro corazón ese rencor espeso y nauseabundo que ninguna ley de inclusión podrá destruir. Odio que se va tornando atávico y que por lo mismo nos vuelve hipócritas si las circunstancias lo ameritan.
Viene el Papa. Muchos quedan indiferentes. Otros muestran los dientes diciendo que somos un Estado laico. Casi nadie se acuerda que el Papa no solo es la Cabeza de la Iglesia Católica, sino también un Jefe de Estado con el cual Chile mantiene relaciones diplomáticas hace cien años.
Viene el Papa. La Presidenta, en su artículo, asegura que “el país ha cambiado para bien”. No osa agregar a la larga lista de beneficios recibidos por el pueblo de Chile, la ley de divorcio, la del aborto en tres causales y otras. ¿Sabrá Francisco que somos un país con rango internacional en consumo y tráfico de drogas? A raíz de la demolición de un muro en una conflictiva población de la Región Metropolitana, los sociólogos denunciaron que había 490 poblaciones en similares condiciones. Conceptos como equidad, justicia y paz no tienen cabida en esos ámbitos, que también son parte de la nación.
Viene el Papa. Y ya hay quienes se preparan para armar lío. El odio del que hablamos arriba dice que es la hora de pasar la cuenta. No hay intenciones de hacerle grata la visita a Francisco, de rendirle un homenaje, sino que ya están prestos los pulmones para hacer resonar la trompeta del juicio final. Para esos “católicos” es la oportunidad de exigir que se les escuche y se haga lo que ellos quieren. En una mano la cruz, en la otra la venganza. Ofrecemos el triste espectáculo de una Iglesia “achunchada”, disminuida, segregada. ¿Hará Francisco el milagro de devolvernos la confianza en nosotros mismos y en nuestros pastores? ¿Será posible que Francisco nos haga un examen de conciencia al más puro estilo ignaciano, que nos recupere de nuestra inercia, de nuestra indiferencia y apatía?
Ojalá Francisco tenga la franqueza apocalíptica para decirme: “Yo sé lo que vales: te creen vivo, pero estás muerto. Despiértate y reanima lo que todavía no ha muerto”. (Apocalipsis 3, 1-2) O de desnudarnos como al ángel de Laodicea: “Tú piensas: soy rico, tengo de todo, nada me falta. ¿No ves cómo eres un infeliz, un pobre, un ciego, un desnudo que merece compasión?” (Apocalipsis 3, 17)
Viene el Papa. Dios quiera que, tocados por la gracia, no creamos ni hagamos ostentación de virtudes y bondades que no poseemos. El Papa no viene a canonizarnos. Primero, porque para eso se requiere estar muerto. Después, porque la evidencia de nuestra miseria espiritual es imposible de disimular. Los que nada quieren con esta visita pueden repetir el viejo adagio. “Bien se está el Papa en Roma”. Quienes decimos ser creyentes nos echamos encima el pecado de no reconocer la hora de Dios. Viene el Papa y es Dios quien llama a nuestra puerta. “El que a vosotros recibe, a Mí me recibe, y el que me recibe a Mí, recibe al que me envió”, dice el Señor.

 

 

Mario Noceti Zerega

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