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Lo que no se puede

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Alberto Ortega Jirón
Defensor Regional de O’Higgins

 

 

No se puede restablecer la pena de muerte.
Antes de continuar me permito una reflexión sobre un juego semántico derivado de la diferencia entre lo que “no se puede” y “no se debe” con lo que los profesores nos hacían bulling en el liceo o en la universidad. ¿Puedo conducir ebrio a gran velocidad y matar a una persona por esa causa? Claro que puedo, pero no debo.
El Estado chileno abolió la pena de muerte en el año 2001 y no es posible (no se puede) restablecerla en virtud de los compromisos internacionales del país contraídos en razón de tratados internacionales como la Convención Americana de Derechos Humanos, su protocolo y el Pacto de Derechos Civiles y Políticos de Naciones Unidas. Cualquier intento legislativo, (lo que no ocurrirá) sería después atajado por el Tribunal Constitucional.
Algunos abogados señalan que en Chile al estar vigente la pena muerte en el Código de Justicia Militar se permite una ventana para su restablecimiento al señalar que en el fondo Chile “no ha derogado esa sanción” en su sistema, pero es solo una falacia, por cuanto el país – al momento de ratificar el tratado – se comprometió junto con la derogación, a no restablecerla e hizo la reserva (es decir la excepción), únicamente a casos de guerra. Como se advierte, es un argumento poco serio.
Más allá de lo infructuoso (y fastidioso en redes sociales) del debate de su restablecimiento, lo que sí es interesante es el fenómeno desde otros puntos de vista.
Por ejemplo, sobre la calidad de la pena de muerte como herramienta eficaz en contra de crímenes atroces; sobre el aspecto ético del Estado como homicida institucionalizado; sobre la peligrosidad de matar ciudadanos en un sistema judicial que admite errores y manipulaciones.
Estadísticamente la existencia de la pena de muerte no frena los delitos violentos, en el año 2001 el llamado psicópata de Alto Hospicio habría matado igualmente esas 9 niñas aunque tal pena hubiere estado vigente para ese momento, porque, como dicen los profesores y académicos, los delincuentes no andan con el código penal en el bolsillo para cometer sus fechorías.
La pena de muerte no es disuasiva y no es garantía de nada y eso lo saben los norteamericanos que la practican en algunos Estados como Texas en que sigue teniendo tasas de delitos graves más altos que aquellos Estados que la abolieron.
Además del tema ético, ¿Debe el Estado rebajarse a matar en nombre de la justicia? El tema de la protección a personas inocentes no debe obviarse. En Google basta colocar en el buscador: “persona inocentes condenadas a pena de muerte” y será testigo de cómo, por errores y por manipulación de la prueba (¿no se le hace familiar el concepto?) se dio muerte a hombres y mujeres que no cometieron el delito por el cual se les juzgó.
En el otro lado de la balanza.
El sentimiento de indignación ciudadano es bueno. Es razonable y plausible que el público se manifieste (en forma civilizada y no como el lumpen que hemos visto en Puerto Montt). Porque lo peor que podría ocurrir frente a crímenes atroces sería apreciar a una ciudadanía indolente y anestesiada, como ocurre en otra zonas del continente en donde, entre las noticias políticas y el fútbol, se intercala alguna masacre o algún asesinato masivo de familias completas incluyendo lactantes y ancianos y a nadie le parece llamar mayormente la atención.
Un público indignado es manifestación de una ciudadanía sana que no tolera la crueldad, la injusticia y la corrupción, qué duda cabe y en buena hora.
Por otra parte, el sistema penal chileno es enérgico tratándose de esta clase de delitos, por lo general los crímenes tales como parricidio y homicidios asociados a robo o violación, etc., cometidos con escarnio, llevan aparejadas la pena de cadena perpetua efectiva, la que sí es efectiva y si en el imaginario popular se cree que una condena de cárcel de por vida es una especie de eternas vacaciones costeadas por el Estado, es que no se conoce la realidad carcelaria chilena.

 

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Coronavirus: Mascarillas y calidad

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Cuando ocurren fenómenos mundiales relacionados a infecciones, tanto virales como bacterianas, comienzan voces a exigir medicamentos (y vacunas) e insumos para la población. El problema de estas exigencias es que muchas veces provienen de poca evidencia científica, y en otros casos gatillan lo peor del ser humano: la codicia. Por mecanismos de mercado, ya que el medicamento y los insumos médicos son tratados como tal, aumenta los precios por temas de demanda. Esto no es exclusivo del área sanitaria, no hay que hacer mucha memoria para recordar la exigencia de los chalecos reflectantes para los autos. El problema es que en el caso de salud tenemos otro problema de fondo, especialmente en relación a la calidad de los dispositivos médicos en el país, dentro de los cuales se encuentran las tan demandadas mascarillas.

Más allá de las aprensiones del uso limitado de las mascarillas (en términos de tiempo de uso) para su eficacia, su calidad no necesariamente esta resguardada por el Instituto de Salud Pública (ISP). Hoy solo se encuentran bajo control obligatorio en el ISP los guantes de examinación, guantes quirúrgicos, preservativos, agujas y jeringas hipodérmicas estériles de un solo uso. Esto se está abordando en la Ley de Fármacos 2. Sin embargo, aún no se concreta su discusión parlamentaria, y por lo tanto sigue estando bajo la voluntad del proveedor.

El sistema sanitario chileno tiene muchas cosas buenas, comenzando por los técnicos y profesionales que trabajan en él, pero es imprescindible que avancemos más rápidamente en temas de calidad, tanto de medicamentos, insumos médicos y servicios farmacéuticos en Chile, ya que en un mundo globalizado como el actual este tipo de situaciones como el coronavirus no serán ni la primera ni la última.

Jorge Cienfuegos
Académico Escuela Química y Farmacia U. Andrés Bello

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Antofagasta ocupada por chilenos: 14 de febrero de 1879

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Fue en un día como hoy, el 14 de febrero de 1879, cuando se produjo la ocupación de Antofagasta, para defender los derechos de los centenares de chilenos que trabajaban en industrias de empresas chilenas, en las guaneras y en el salitre. Este mineral había sido descubierto por el chileno José Santos Ossa en 1868, que fundó una empresa, junto con otras que llegaron de Chile, aportando capitales e instalando maquinarias, con trabajadores chilenos.


Por un tratado de 1866, ante las dudas sobre límite fronterizo con Bolivia, se acordó una zona común en la que ambos países se repartirían el producto de la venta del guano, exportación de metales y derechos de aduana.


Bolivia no cumplió lo pactado y en 1874 se firmó un nuevo tratado que terminó con la propiedad común, comprometiéndose Bolivia a no aumentar, durante 25 años, los impuestos a las empresas chilenas. El gobierno boliviano tampoco cumplió y se apoderó de las empresas chilenas, anunciando el remate de ellas para el 14 de febrero.


Justamente en ese día se produjo el desembarco de los chilenos y la ocupación del puerto. Las autoridades bolivianas abandonaron el lugar, que fue ocupado por los chilenos, sin resistencia.
Así comenzó la Guerra del Pacífico. Terminado el conflicto bélico, un nuevo tratado de tregua indefinida, reconoció la ocupación chilena y el compromiso de Chile de establecer franquicias a Bolivia en sus puertos de Antofagasta y Arica.

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Busque la paz y sigala

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“Tú guardarás en completa paz a aquel cuyo pensamiento en ti persevera; porque en ti ha confiado”
Isaías 26:3.


El profeta Isaías era un hombre acostumbrado a tener profundas experiencias con Dios. Le había sido encomendada la difícil misión de anunciar su mensaje en una época muy conflictiva para la nación. Fue criticado, perseguido, amenazado y si pudo estoicamente soportar todo eso, no se debió a sus fuerzas sobrehumanas sino porque Dios, su Creador lo ayudaba. Este servidor fiel, mantenía una relación de tan íntima amistad con Dios, que podía disfrutar de paz aún en medio de las tormentas más intensas de su vida. Es por eso que, con toda certeza y plena convicción, alienta a sus lectores con esta maravillosa promesa. “Tú guardarás en completa paz a aquel cuyo pensamiento en ti persevera; porque en ti ha confiado”.


La confianza de un hombre en el poder de Dios, el meditar de continuo en su fidelidad y llenarse el corazón y la mente con sus promesas, permiten alcanzar la tan anhelada paz.


La sociedad actual está sometiendo a las personas a un nivel de presión cada vez mayor y eso le está haciendo perder la paz y nos está enfermando. Chile ha sido declarado el segundo país a nivel mundial con un altísimo nivel de depresión en su población. Las consultas a centros de atención psicológica, la venta de psicofármacos, han aumentado en los últimos años de un modo alarmante. El insomnio, fobias diversas, ataques de pánico, parecen constituirse en verdaderas endemias. La tranquilidad, la paz se ha perdido ¿Qué hacer frente a esta situación? La Biblia como Palabra de Dios tiene la respuesta, y esta es Jesucristo. En el Evangelio según San Juan Jesucristo hizo esta declaración:


“La paz les dejo; mi paz les doy. Yo no se la doy a ustedes como la da el mundo. No se angustien ni se acobarden” – Juan 14:27.


La paz que Cristo ofrece no es la que nosotros conocemos como paz. Para el ser humano, la paz es únicamente ausencia de guerra, de conflicto y de lucha exterior. Lo podemos ver en las manifestaciones populares en favor de la paz, viene multitudes portando banderas y carteles con la consigna: “Queremos paz”; “No a la guerra”; “No más sangre de inocentes”.


Pero, en medio de esa multitud se puede observar rostros enardecidos, ojos llenos de odio, gente atormentada por conflictos interiores, esposos que abandonaron a sus esposas e hijos, quienes no respetan a sus padres. Pero, quieren paz. ¿Qué tipo de paz, es esa? Esta es la paz que el mundo ofrece: solo ausencia de guerra exterior, y nada más.


La Paz que la Palabra de Dios nos ofrece, por medio de Nuestro Señor Jesucristo, es ausencia de perturbación dentro de nuestra alma, es perfecta armonía reinante dentro de nosotros aun en medio de las adversidades de la vida. Para poder obtener esta paz se requiere de fe.

El Señor Jesucristo procuró la paz para nosotros en la cruz del Calvario, y esta paz se transmite a nuestros corazones y mentes por medio de su Espíritu Santo. La Palabra de Dios en la carta a los Gálatas nos dice: “Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fidelidad.” (Galatas 5:22).


No es posible tener paz entre los hombres, si no hay primero paz con Dios.


Los títulos que el profeta Isaías da a Jesucristo son:»…y se llamará su nombre, admirable, consejero Príncipe de paz» (Isaias 9:6). Busque a Jesús el “Príncipe de paz” y él le dará la paz que sobrepasa todo entendimiento.


Pastor: Alejandro H. Cabrera C.

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