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Juntos, pero no revueltos: ¿Hacia una ciudad cosmopolita?

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No ha cambiado mucho Rancagua en los últimos diez años. Se han remodelado algunas plazas y pasajes, contamos con un Teatro Regional, se reconstruyeron edificios históricos dañados por el 27 F y en pleno centro nos hemos llenado de estacionamientos de automóviles, justo donde antes del horrible desastre telúrico se alzaban enormes caserones de adobe, últimas reliquias arquitectónicas de la época colonial. Esta sería la descripción que podría hacer cualquier rancagüino que sale en su auto desde la periferia, Machalí, por ejemplo, El Manzanal, o Villa Triana y sin bajarse, mira a través de la ventanilla, lo que llamamos “Casco histórico”, mientras se va armando la de Dios es grande a causa del exceso de vehículos de todo tipo que hacen colapsar las estrechas calles de Rancagua. Caótico. Al revés, si partimos desde esa solitaria y casi abandonada Estación de Ferrocarriles donde comprobamos que Hernán Rivera Letelier tenía razón cuando dijo que “los trenes se van al Purgatorio”, pues allí penan las ánimas, y seguimos por una cada día más menoscabada “avenida” Brasil, por supuesto que caminando, empezamos a comprobar que Rancagua se parece mucho a esa Nínive a la cual fue enviado Jonás y de la que, en una primera instancia decidió que había de alejarse cuanto era posible en su época, eludir la misión, yéndose a Tarsis, nada menos que a tres mil kilómetros de la enorme ciudad cuyo recorrido exigía tres días de camino. Entonces, si vamos por la calle Brasil, empezamos a ver los cambios de la urbe que creíamos conocer. A nuestro lado caminan haitianos hablando su creole, que a decir verdad, no se parece en nada al francés. Nos vamos acostumbrando a la presencia de la raza negra. Los más de ellos tienen una actitud evasiva frente al blanco. Hacen como si nosotros no existiéramos. Excepto aquellos que venden algún producto en la calle: “súper ocho” o bebidas. El físico y el modo de hablar acusa a los colombianos, mientras que peruanos y bolivianos se nos confunden no solo por sus facciones, sino porque todos son vendedores de ropa o bisutería. Todo esto solo si transitamos calmadamente por la vereda, respetando los semáforos (como lo hacen todos estos hermanos llegados de afuera) y sin detenernos en las vitrinas. Si lo hacemos, descubrimos otro rostro de esta Babilonia que es Rancagua. En un momento dijimos que las grandes tiendas (esas que llegaron de Santiago) mataron el comercio local. Pero si ahora, en nuestro recorrido solo por la arteria mencionada, en vez de mirar a la gente nos atrevemos a inquirir que hay en las tiendas, veremos que Asia (China e India) ocupan ahora los espacios que antes ocuparon “nuestras” ferreterías, sastrerías, restaurantes, joyerías, lencerías, etc. Rancagua, al menos el centro, ya huele a sushi, hay restaurantes chinos por todos lados, que compiten con los peruanos y en los supermercados es posible adquirir todos los ingredientes que el arte culinario oriental y peruano exigen en sus preparaciones. Años atrás, se alzaron voces contra las máquinas de juego. El eufemismo que impuso el concepto de “juegos de destreza”, no juegos de azar, ganó la batalla. En la calle Brasil hay una proliferación que asusta de estas salas de juego, muchas de ellas manejadas por orientales. Si Ud., tiene tiempo, recorra esos enormes supermercados chinos donde hay de todo: desde un cedazo hasta un ventilador; desde una caja de té verde hasta ollas, sartenes, teteras; desde ropa interior hasta cortinas sábanas y toda una infinita colección de artículos de ornamentación que deslumbran con sus colores (sobre todo rojo y dorado) al chileno cuyas luces en materia de buen gusto son de muy bajo voltaje.
Escuchamos a la gente de la calle. Como poseídos de extraño pavor, nos dicen: ¡Estamos llenos de negros! No es para tanto. Sucede que el color influye en la notoriedad. Cuando Codelco estaba en manos de la Braden Cooper Co., a ningún rancagüino se le ocurría decir: Nos estamos llenando de yanquis. Aquí en Chile es muy cierto aquello del dicho popular: Juntos, pero no revueltos. En buen castellano: Cada oveja con su pareja, Erlend Oye, músico noruego cuando le preguntaron ¿cómo ve a los chilenos? Dijo: “Lo que veo son individuos, mis amigos se comportan de maneras muy distintas. Pero creo que eso va relacionado con la división de clases y de razas, lo que es muy triste. No están realmente mezclados como en otros países latinoamericanos, donde la gente forma una salsa, aquí es como un plato con diferentes cosas una al lado de la otra”. (En “Vida actual”, El Mercurio, 27 de enero 2018.)
¿Fue siempre así? Los historiadores (Thayer Ojeda, Encina, Eyzaguirre) nos dicen que en el siglo XVII, el español engendró en las indias chinchas-chilenas primero y luego en las araucanas cuantos hijos le permitieron sus fuerzas genéticas. La india, habituada a la poligamia, no oponía resistencia, solo miraba como compañeras a sus posibles rivales. Los varones chinchas-chilenos no defendían a sus hembras. Pero, distancia y categoría: las indias eran concubinas y sirvientas. Los araucanos buscaban con avidez a las mujeres españolas y llegada la ocasión de un canje de prisioneros, solo devolvían a las viejas o estériles. Hacia la mitad del siglo XVIII, dice P. Miguel Olivares (Chillán 1672-Italia 1786) en su “Breve Noticia de la Compañía de Jesús en Chile”, dice que la cuarta parte de la población de Arauco era mestiza. (Así las cosas habrá que darle la razón al historiador Sergio Villalobos, para quien esos que hoy “se dicen mapuches no son indígenas, sino mestizos”.) Yendo a los comienzos, en el lejano 1580, cien soldados de Juan Álvarez de Luna juntaron tal cantidad de araucanos que hubo semanas que parieron 60 indias de las que estaban a su servicio. Álvarez de Toledo (Fernando Álvarez de Toledo, finales del s. XVI, capitán y poeta español) cuenta que hubo peninsulares que poseían hasta 30 concubinas indígenas. Francisco de Aguirre (Talavera de la Reina, 1500 ca. – La Serena 1580) capitán, compañero de Valdivia, que repobló La Serena en 1549, fundador de Santiago del Estero, en su larga y trajinada existencia, llegó a reconocer 50 hijos varones, fuera de los no reconocidos y que probablemente superaban esa cifra. Como es de suponer toda esa ingente prole procedía de indias de esta “fértil Provincia y señalada”. No deja de sorprender que a la hora de las estadísticas se nos informe que solo un 52% de los chilenos admita llevar en sus venas sangre indígena.
En medio de todas las algarabías que se produjeron por la escasez de mujeres españolas y por los raptos de que estas fueron objeto en la interminable Guerra de Arauco, el español no tuvo empacho en convertir en español a cualquier mestizo que sobresaliera en algo. Pero remilgos, distancias y segregaciones siempre las hubo. Y no culpemos de ello solo al español, porque el Virrey de Montes Claros (cuando las porfías del jesuita Luis de Valdivia) informaba a su católica Majestad que “la araucana sentía repulsión por el negro y los araucanos odiaban a las negras más que a las españolas y no las admitían en sus admapu”. (Encina) En 1630 había en Santiago más de 2500 esclavos negros. (Angolinos) A fines del siglo XVII había en el Obispado de Santiago (Copiapó al Maule) más negros, mulatos y zambos que indios sujetos a tributo. Y advierta el lector que, como dice Encina, estos (negros, mulatos y zambos) recibían mejor trato que el indio. No obstante los rasgos negroides de la raza chilena son casi imperceptibles y solo los descubren los que han estudiado etnografía o antropología.
Por todo lo expuesto, no nos extrañemos si al pasar el tiempo, surgen en Rancagua barrios o guetos de asiáticos, caribeños o sudamericanos. Y es que nosotros mismos hace siglos que venimos rayando la cancha: aquí los aristócratas, allá los rotos, más allá los huasos o los guachacas. Vivimos juntos, pero no revueltos. Ud., será un burgués y yo un proletario; un siútico o cuico o un ojotudo o flaite. En esto de las clases sociales nuestro castellano-chileno es riquísimo. Es la vida y es la historia. En el siglo XIX y también en el XX llegaron a Chile los bachichas, los franchutes o gabachos, los coños y los turcos. Nuestra “superioridad”, así, entre comillas, no daba para hablar de italianos, franceses, españoles, árabes, sirios. Palestinos, libaneses. (Todos estos cuatro últimos eran sencillamente turcos.) A pesar de que la raza se formó con españoles, (andaluces, castellanos, vascos, catalanes, gallegos, asturianos, etc.) Las guerras de independencia crearon los epítetos despectivos de: maturrangos, godos, sarracenos. Eso sí, al hablar del origen familiar, todos alegan sus ancestros hispanos aunque para completar la facha de indios solo les falten las plumas, pero no somos una sociedad homogénea, al decir de Oye, somos “el plato con diferentes cosas, una al lado de la otra”.

 

Mario Noceti Zerega

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Son el alma de un equipo confuso

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La opinión de Manuel Polgatiz:

Periodista y comentarista deportivo

El abrazo con la hinchada de galería norte, siempre es el más dulce y apasionado en el estadio El Teniente. Allí están los que sufrieron descensos o amargas y humillantes goleadas en casa.

En ese lugar estuvieron los que vibraron bajo la lluvia en esa primera final del club, ante Universidad de Chile el 2012.

Ahí cantaron y expandieron la alegría por el recinto, los 16 que perdieron la vida en Tomé. En ese lugar se lloró la derrota ante Universidad de Concepción, que impidió conseguir la segunda estrella.

Y también por cierto, ahí se despidió el último gran ídolo celeste: Pablo Ignacio Calandria. Arrodillado y sumiso frente a su público, regaló con los ojos humedecidos, su final conquista en la redes nacionales en el partido con Audax Italiano el año pasado.

Y no es casualidad, créanme, que en la noche gélida de este sábado, los dos goles del triunfo fueran en esa zona del campo. Coincidencia o no, ambos son de aquellos guerreros que se disfrazan de futbolista para emocionar hasta al “Flaco Paul”, ya fallecido, que en esta ocasión los vio desde los cielos.

Maximiliano Salas y Juan Fuentes, son el alma de un equipo confuso, que se ve superado por el rival, pero que saca adelante los partidos con empuje, fuerza y el corazón de estos compañeros de profesión.

Ambos resistidos en el inicio, porque no poseen la virtud técnica de los volantes barcelonistas, ni la elegancia de los mediocampistas del Liverpool. Pero quién puede discutirles su tesón, constancia, inteligencia y disciplina para jugar.

Ya vendrán los chaqueteros de siempre para enrostrarme que elevo a jugadores de O’Higgins a lugares que aún no merecen. Pero si no lo hacemos ni los reconocemos nosotros, ¿Quién lo hará? ¿La prensa nacional? o ¿Los representantes, que ya los deben tener en la mira para ubicarlos en mejores instituciones?

Mi consejo es a disfrutarlos y aplaudirlos mientras podamos. No siempre encontramos, como en el caso de Fuentes, a un jugador-hincha. Que no besa el escudo para la foto del reportero, sino más bien, porque ama la camiseta donde se crió, formó y desarrolló.

Los goles que favorecieron el triunfo frente a Everton (muy buen equipo, pero tanto o más desequilibrado que O’Higgins) son el justo premio de una batalla que ellos encabezan y se han ganado en cancha, sin más riqueza que la entrega absoluta para conseguir el objetivo.

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La Gruta de Lourdes de Baquedano.

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            Hace 160 años, en Massabielle, en los roqueríos que bordean el río Gave, la Virgen María se apareció a una humilde pastorcita, María Bernarda Soubirous. Era el 11 de febrero de 1858. La Virgen se apareció a Bernardette dieciocho veces entre febrero y el 16 de julio de ese año. El párroco del lugar pidió a la vidente que preguntara a la celeste aparición cuál era su nombre. En la visión del 25 de marzo, la Virgen le dijo: “Yo soy la Inmaculada Concepción”. Las palabras de María venían a corroborar el dogma que San Pío IX había proclamado solo cuatro años antes. Nació así no solo uno de los más famosos y concurridos santuarios del mundo, (cada año 80 mil enfermos acuden a Lourdes en busca de salud espiritual y corporal) sino también una de las advocaciones marianas más populares del mundo católico.

            En Chile, esta devoción a la Madre de Dios bajo la advocación de Lourdes se debe al Pbro. José Jacinto De la Arriagada, Capellán del Monasterio del Carmen de San Rafael. En 1878, el señor Alejandro Vigoroux (francés) donó el terreno en el cual hoy se alza el Santuario (Gruta y Basílica) más grande después del que se edificó donde Bernardette recibió los mensajes de la Virgen. El  Pbro. De la Arriagada encargó a Francia una imagen de Ntra. Señora de Lourdes, de madera policromada, la misma que fue solemnemente entronizada en el templo construido para ella en 1887. En 1919 (en Quinta Normal) se bendijo la primera piedra de la magnífica basílica estilo bizantino moderno y de la nueva gruta, que imita en lo posible a la de Massabielle. La nueva basílica solo se vino a inaugurar en 1958. (Cf. Miguel Laborde. Templos históricos de Santiago. 1967) La belleza y magnificencia de este templo, añadimos, hizo que desde su inauguración se le diera el tratamiento de Basílica. Fue el cardenal Carlos Oviedo (1990-1997) quien descubrió que nunca se había tramitado ante la Santa Sede el título de Basílica, situación que él se encargó de regularizar. Entre tanto, a lo largo y ancho de Chile fueron muchas las “grutas de Lourdes” que fueron surgiendo, no solo en torno o al costado de los templos, sino también en los patios y antejardines de las casas particulares. En muchos lugares, la fe del pueblo alzó grutas de Lourdes en paisajes rocosos, en algún cerro vecino o en espacios aptos para peregrinar o recogerse a orar.

            No nacía todavía la diócesis de Rancagua cuando se alzó la gruta de Lourdes de Baquedano. Funcionaba allí la Capilla de San Pedro Apóstol, desde 1915, y en la esquina de lo que hoy es Baquedano con Lourdes, el 11 de febrero de 1923, se inauguraba la Gruta de Lourdes que ahora está a punto de caer (usando un gastado lugar común) bajo la picota del progreso. Las generaciones nuevas rancagüinas, ignoran que todo lo que hoy es el Pequeño Cottolengo fue el Seminario Cristo Rey. El 30 de octubre de 1927 se bendijo solemnemente la Primera Piedra del seminario. La construcción se inició el 7 de marzo de 1928. El 30 de octubre de 1933 se bendijo el nuevo edificio y el 7 de mayo de 1934 se iniciaron las clases con 13 alumnos. Fue su primer Rector D. Eduardo Larraín Cordovez, que sería el segundo obispo de Rancagua. El Seminario tuvo primeramente el rango de seminario menor. La viceparroquia de S. Pedro (hoy Parroquia Cristo Rey) y la gruta de Lourdes adjunta, eran parte del seminario, edificado en terrenos que donó la Sra. Adela Errázuriz Salas al arzobispado de Santiago. Al crearse la diócesis, Monseñor Lira reclamó esa propiedad para la iglesia de Rancagua.

            El Seminario, como edificio, prestó sus servicios hasta 1972, año en que el Rector, Mons. Alfredo Salas traslada su domicilio a la casa parroquial de El Sagrario. (Catedral) Para entonces, en el edificio de Baquedano se alojaban 115 niños del Hogar Don Guanella, damnificados por la nevazón del 21 de junio de 1971. El 10 de mayo de 1972, los alumnos de la Universidad Técnica del Estado (Campus Rgua.) se tomaron el Seminario. El tema alcanzó ribetes internacionales porque se consideró que los religiosos y religiosas a cargo de los niños estaban secuestrados puesto que eran todos italianos. Se apeló al Subsecretario de Justicia (José Antonio Viera Gallo) y finalmente los universitarios depusieron la toma. En 1974 se creó la Parroquia Cristo Rey y el domingo 16 de marzo de 1975 se inauguró allí el Pequeño Cottolengo.

            En el pasado reciente, años 70, esta propiedad de la Iglesia que tantos servicios ha prestado a la sociedad rancagüina, fue violentada por las “tomas”. Mal endémico chileno. A la vergonzosa invasión de los universitarios hay que sumar las tomas que los pobladores hicieron por el costado sur de la propiedad. Nunca sabremos quiénes fueron los vándalos que en dos ocasiones consecutivas pusieron fuego al templo; una construcción que constituye todo un historial del arte de edificar en Chile. Gracias  al ahínco y fortaleza del Padre Giácomo Valenza, hoy luce restaurado. No obstante, pesa ahora sobre la ya casi centenaria gruta, la orden de expropiación, la que necesariamente lleva su demolición en todo o en parte. Lamentamos que así sea. Lo lamentamos, no por sentimentalismos nostálgicos, ni por remar contra la corriente. Sucede que, con frecuencia, se recurre a estas remodelaciones, ampliaciones o como quiera que se llamen y para eso se daña severamente el patrimonio. Porque, queramos o no, el ex Seminario Cristo Rey, con su templo y su gruta son un conjunto arquitectónico valioso para la Historia de Rancagua. Auténtico patrimonio, construcciones de la primera mitad del siglo XX de las cuales casi nada es lo que va quedando. Que no pase como en la Estación de Ferrocarriles. Pocas estaciones de provincia tenían un andén tan amplio, extenso y señorial como el de nuestra estación. Se lo intervino bárbaramente para hacer más expedito el paso de los viajeros. Y ahí está ese andén truncado, despilfarrada la primera belleza, inútilmente, porque casi no hay trenes. Lamentable esta expropiación de Baquedano porque además, aunque se construya una gruta nueva, igual o casi igual, (las “reconstrucciones” me hacen temblar) tendrá que pasar un tiempo para eso. Entre tanto ¿dónde irá a parar todo ese cúmulo abigarrado de ex-votos, dónde encenderán los fieles sus velas y adónde volverán sus ojos si ya no está la imagen que los acogía en esa gruta donde la ampelopsis compite por el espacio con esa vieja buganvilia? Es más importante que los vehículos tengan por donde circular. Una vez más el pobre sale perdiendo. El pobre fiel tendrá que esperar una nueva gruta. Los pobres de la calle, que en los bancos de la gruta dormitan sin que nadie los moleste y los pobres que allí se refugian buscando en la oración, en la promesa que se ilumina con una vela ofrecida con simple esperanza o en la flor que efímera muere con el sol de la tarde, todos ellos tendrán que esperar. Quiera Dios que me equivoque, cuando venga la nueva versión, se echará de menos la vieja gruta, con sus viejas enredaderas, con sus acacias apestadas y sus rejas enmohecidas. Porque, lo nuevo será más estrecho, más exiguo y si ahora la contaminación acústica todo lo invade, entonces será peor. Pobre futuro le aguarda a la única gruta de Lourdes (pública) que tenemos en Rancagua. Termino con un recuerdo. Yo no estuve allí. El 14 de noviembre de 1948, el obispo diocesano Mons. Eduardo Larraín C., bendecía la Gruta de Lourdes de Sewell. Eso de gruta de Lourdes, me cuentan, era algo sobremanera extraño para los norteamericanos de Braden. Nunca he ido a Sewell y no sé aún se conserva esa gruta que si Ud., saca la cuenta cumple 70 años. Quizás, ya hay muchos que, imbuidos por las nuevas formas de vida, se pregunten qué cosa será eso de gruta de Lourdes. Puede ser. Hoy, la fe vive su exilio en Babilonia. En 1858, el agua que brotó de la roca y la vela que ardía en las manos de Bernardita renovaron los corazones de muchos. Para todos aquellos que ven como se les cierran las puertas, la gruta de Lourdes (la de aquí, la de Santiago, la de Rengo, de donde sea) es como un remanso de paz. Allí Jesús, por medio de su Madre nos dice: “No temas. Tan solo cree”.

                                                                                  Mario Noceti Zerega       

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FOTO DEL RECUERDO: Camarotes de Sewell

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La imagen corresponde a un camarote de Sewell en construcción en el año 1924. La “ciudad de las escaleras” llegó a albergar a casi diez mil personas con muchos de estos edificios habitacionales en donde vivían por separado solteros y casados como también empleados y obreros. Muchos ex sewelinos recuerdan con nostalgia su vida en el campamento minero.

Puede enviarnos su foto del recuerdo a jefedeinformaciones@elrancaguino.cl

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