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Las infundadas acusaciones contra Jesús y su condena

Hernán Silva
Prof. Derecho Penal
Universidad Andrés Bello

 

 

Teniendo como fuente principalmente la Sagrada Biblia Católica, son dos las infundadas acusaciones o cargos que se le atribuyeron a Jesús de Nazaret y que determinaron su injusta crucifixión.
El proceso judío religioso. La primera acusación ante el llamado que se le imputó de ser blasfemo y ante el juicio civil de sedicioso, lo anterior precedido de una verdadera conspiración. En buen romance, Jesús ya había sido condenado antes de su prendimiento y pseudo-juicio. Todos los evangelistas se refieren a la conspiración: “…y resolvieron prender a Jesús y darle muerte” (Mt. 26. 4); “Los sumos sacerdotes buscaban cómo prenderle con engaño y matarle”. (Mc. 14.1). Inmediato a su detención, esa misma noche, Jesús fue juzgado por el Sanedrín dirigido por Caifás, que era el Sumo Sacerdote, que lo sometió a un interrogatorio ante sus miembros.
Ante la preguntas de Caifás, Jesús callaba pero insistió que contestara: “Te conjuro por el Dios vivo a que me digas si tú eres el Mesías, el Hijo de Dios”. Jesús le respondió: “Tú lo has dicho. Además, les aseguro que de ahora en adelante verán al Hijo del hombre sentarse a la derecha del Todopoderoso y venir sobre las nubes del cielo”. Entonces el Sumo Sacerdote rasgó sus vestiduras, diciendo: “Ha blasfemado. ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Da por terminado el procedimiento, señalándole reo merecedor de la muerte, sentencia que fue pronunciada de inmediato.
El proceso civil. Como el Sanedrín, tribunal religioso supremo de justicia (judío), y de acuerdo con las normas legales vigentes, no tenía potestad para aplicar la pena de muerte por ser Judea una provincia del Imperio Romano, y era imprescindible que la autoridad romana dominante en la época la aprobase para su cumplimiento, y esto conlleva al segundo proceso, o juicio civil o político ante Poncio Pilato, sexto procurador de Roma en Judea, “para transformar la decisión de su muerte en un mandato ejecutivo”. (Iuss gladii).
En este último proceso Jesús de Galilea era acusado de ser un agitador político, o si se quiere, favorecer la rebelión o sedición (Lc. 23.2). Por otra parte, todos los evangelistas lo apuntan como conspirador contra Roma por atribuirse el carácter de Rey de los judíos.

En el interrogatorio de Pilato, le preguntó si era verdad que El era el Rey de los judíos, y aunque la respuesta fue afirmativa, al procurador no le pareció que lo que Jesús aseguraba fuera delito, porque Pilato no encontró responsabilidad penal a Jesús, y así lo hizo presente a la multitud insistiendo en su inocencia reiteradas veces, al extremo de querer dejarlo en libertad absoluta. Como consecuencia de los hechos descritos y analizados precedentemente, no tuvo otra alternativa que condenar a muerte a Jesús. Las Sagradas Escrituras anotan que el pueblo vociferaba fuertemente diciendo que fuera crucificado. Entonces le hizo azotar y lo entregó para que se cumpliese la condena.
Los vicios o causales de nulidad, que se cometieron en su proceso fueron evidentes. El delito de blasfemia era de un contenido muy amplio y no riguroso. Es una acusación religiosa y la segunda (agitador), civil o política con motivaciones o consideraciones distintas; lo que constituye una violación a las normas procesales penales, ya que no se podía cambiar la acusación o cargos una vez que se han formulado en un juicio y menos con la intervención de dos autoridades distintas, ni menos condenarlo a muerte en la cruz, puesto que la pena era la lapidación.

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