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Share the journey, alternativa al «Black mirror» de la migración haitiana

P. Humberto Palma Orellana
Asesor diocesano del Departamento de migrantes
Obispado de Rancagua.

 

 

Cuando Stripe se encuentra por primera vez con ellas, en un escalofriante enfrentamiento cuerpo a cuerpo, lo que ve son criaturas horribles, y no trepidará en apretar el gatillo para abatirlas lo más rápido que pueda. Ese hecho tan trivial para un soldado como él, el contacto físico, que en otras circunstancias sería de seguro un aliciente para el combate, es en este caso un acto en sí mismo repugnante. Las criaturas que persigue tienen forma humanoide, pero en realidad son cucarachas: tan altas y corpulentas como él, pero pestilentes. Al ser abatidas por las balas, de sus entrañas abiertas borbotea una sustancia viscosa parecida a la sangre, aunque negra y mucho más densa. Cuando no mueren de inmediato, algunas se retuercen y chillan, como si fuesen ratas destrozadas por el engranaje de una trampa. Stripe sabe muy bien que no debe escuchar esos gritos que parecen implorar piedad. Pero lo que este soldado ignora es que el gobierno de turno ha implantado en él un chip, en su cerebro. Ese «nanodispositivo» genera el mismo efecto que un sofisticado juego de realidad virtual, solo que de juego hay poco y de virtual nada: su mente experimenta estar en medio de una verdadera guerra, sin tregua ni concesiones. Y una de sus más celosas misiones es defender a la población civil del ataque de las temidas cucarachas. Pero cuando el chip implantado en su cabeza falla, producto de una situación inesperada, Stripe se verá enfrentado a una horrible verdad.

 

Así comienza el capítulo «El hombre contra el fuego», de la serie Netflix «Black Mirror». Lo que Stripe descubrirá es que en realidad no está en una guerra contra criaturas monstruosas, sino que ha sido literalmente programado para ver a ciertos seres humanos como ominosas cucarachas, criaturas protervas, abisales. Inoculado contra los efectos del chip, el soldado ya no ve cucarachas, sino personas igual que él, pero obligadas a huir y refugiarse del poder opresor y asesino de quienes han decidido que ellos son sub-humanos, y además peligrosos para el confort y bienestar de esas sociedades. Los civiles temen que esa raza alienígena y menesterosa aceche sus viviendas en busca de comida, abrigo o medicinas. El solo mencionar la palabra cucaracha provoca pavor en los niños. Sin embargo, para ese sistema de gobierno, tan propio de los mundos distópicos, los civiles no tienen en realidad nada que temer, pues mientras exista una milicia programada para ver en aquella «amenaza humana» los monstruos que el implante cibernético les hace ver, pueden dormir tranquilos: hay una fuerza bien organizada y entrenada para dar cacería a las cucarachas, una especie de cancerbero que resguarda el acceso al mundo paradisíaco que se han construido.

 

 

El espejo de la genialidad: pensar la migración bajo la lupa de Proust

Analizar este capítulo de Black Mirror y no hacer la inmediata conexión con lo que está ocurriendo en nuestras sociedades, en especial con el fenómeno migratorio de haitianos hacia Chile, es no haber entendido nada la fuerte crítica social que instala en él su director. No se trata en exclusiva de un voto de censura contra las fuerzas militares. Es mucho más que eso, aunque también es aquello. Nos encontramos ante la invitación y oportunidad de pensar la migración con genialidad, al modo como lo entiende Marcel Proust en su afamada y monumental novela «En busca del tiempo perdido». Para el escritor francés, la genialidad dista sobremanera de aquella caricatura que la vincula con ambientes exclusivos y lúcidas conversaciones culturales. Consiste más bien en la capacidad de convertirnos en algo semejante a un espejo de la realidad, en donde tiene cabida cualquier tipo de reflejo, sin que importe su calidad intrínseca, pues lo verdaderamente esencial y distintivo del genio es la potencia de reflexión.

 

Es a esta «potencia de reflexión» ciudadana, posible para todos, a la que apelamos en relación a la migración haitiana. La estulticia cotidiana hace lo suyo, y es por naturaleza contraria al genio reflexivo de Proust, pues incita y persuade a tener por verdad erudita cualquier opinión. Así las cosas, podemos seguir aportando información fidedigna que contradice y derriba todos y cada uno de los prejuicios relativos a la migración, que en el último tiempo han hecho de Haití su diana particular, y sin embargo la estulticia parece continuar haciendo lo suyo. Después de todo, y así concluía el mismo Proust, «los hechos no penetran en el mundo donde viven nuestras creencias, y como no les dieron vida no las pueden matar; pueden estar desmintiéndolas constantemente sin debilitarlas». Quizás esto explica que, no obstante todos los esfuerzos por informar y valorar la migración, aún hoy existan compatriotas que vean a los migrantes como seres semejantes a una cucaracha, más todavía si se trata de haitianos. Les perciben como si fuesen una amenaza de la cual defendernos. No obstante aquello, seguiremos insistiendo, pues así como los prejuicios y las acciones arteras parecen no tener límites en la especie humana, tampoco la esperanza los tiene.

 

Share the Journey: pensar la migración bajo la lupa de Francisco

La invitación que hacemos es a dar conscientemente el paso que por accidente da Stripe, esto es, quitarnos el chip que distorsiona nuestra visión y nos hace ver a otros seres humanos como sujetos inferiores, ignominiosos, descartables. Es lo que ha pretendido el Papa Francisco cuando el año pasado lanzó la campaña Share the Journey (compartiendo el viaje). Su pretensión se aleja de las habituales campañas asistencialistas, para proponer un cambio de actitudes en la ciudadanía que trascienda las religiones y las políticas de Estado, pues la migración es un derecho humano fundamental que antecede a ambas. El objetivo de la campaña es visibilizar el viaje de quienes están migrando, y lo seguirán haciendo hoy más que antes en la medida en que el mundo se reconfigura en sus fronteras ideológicas, socio-culturales y geográficas, no solo para regularizar los accesos, sino ante todo para ofrecer auténticas posibilidades de desarrollo a quienes optan por nuestras naciones como oportunidad de un nuevo comienzo. Lo hemos dicho tantas veces, pero insistir en ello no está de más: al migrante no se le tiene lástima, se le tiene fe.

Cuando creemos en una persona abrimos para él un camino insospechado de crecimiento y dignidad. Es lo que experimentamos todos cada vez que se confía en nosotros. La fe en una persona es lo que puede marcar la diferencia entre el avance vertiginoso de ese sujeto hacia su propio «espejo negro» (black mirror), sin futuro posible, condenado a huir y a replegarse en la cloaca de una existencia oscura y sin sentido, como si en verdad fuese una cucaracha, y el caminar erguido, consciente de sí y su dignidad, hacia la construcción de una vida auténticamente humana, conocedora de los límites y avatares propios de nuestra fragilidad, pero en entera y gozosa posesión de sí. En palabras de Pascal: «una caña mecida por el viento, pero una caña que piensa». Gracias a esta insospechada posibilidad que contiene la fe en el otro es que ella, la fe, se convierte en ese acto genial descrito por Proust, es decir, en una potencia de reflexión que no solo nos recupera el tiempo perdido, sino además la humanidad perdida.

 

 

 

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