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La cultura como de eje de desarrollo

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Alejandra Sepúlveda Núñez
Jefe de informaciones

 

El mercado cultural tiene algunas diferencias significativas en comparación al mercado de otros sectores, en primer lugar los productos tienen un valor comercial, pero al mismo tiempo intrínseco que no siempre son similares. Una obra puede significar mucho para una localidad pero no siempre esto es equivalente cuando hablamos de dinero, por ejemplo debido a los materiales que está construida.

De esta forma los valores intrínsecos del mercado cultural pueden estar datos por diversos elementos como la calidad de las obras, innovación, creatividad, conservación, entre otros. Elementos que tienen un impacto de desarrollo cultural como elemento democratizador y experiencial. Aquí tenemos el valor artístico, simbólico, social, histórico y educacional.

Por otra parte, los valores extrínsicos de la economía cultural tienen un impacto socioeconómico mayor que otros sectores más industrializados como la minería, donde la cultura puede ayudar al desarrollo de localidades y la redistribución de los recursos gracias a sus elementos de bienestar, crecimiento y ocupación.

La comercialización de la cultura o el desarrollo económico de ella, puede generar bienestar (al mirarla, disfrutar, participar o generar), crecimiento económico (al desarrollar nuevas ocupaciones en torno a un patrimonio); puede generar mayor cohesión social, identidad, sentido de pertenencia y reequilibrio territorial.

Retomando el ejemplo de la minería podemos decir que el sector extractivo genera recursos económicos para la ciudad donde se realizan estas prácticas, pero al mismo tiempo, genera una segregación entre las personas que trabajan en este sector y las que no, donde no se comparten entre ellas las beneficios de la económicos de producción y se traspasan muchas problemáticas ambientales del sector minero. Por el contrario el mercado cultural produce a través de obras el reflejo y la posible integración de las formas de vida de esas misma ciudad extractiva, puede incluso en su conjunto a través de diversos “mercados culturales” como artesanía, música, patrimonio, gastronomía, “afectar” a otros sectores generando mucho más recursos monetarios que un sector tan importante como el minero.

En los últimos años y a raíz del Creative Economy reports de la Unesco en el 2013, se ha estado poniendo de manifiesto que la cultura o la economía cultural es uno de los sectores con mayores crecimientos demostrados en el PIB de los países, siendo este un sector más dinámico, creativo e innovador.

Entonces la cultura si es transformador y potenciador de desarrollo económico equitativo y redistributivo, que puede llenar los bolsillos pero sobretodo el alma, la convivencia y nuestras raíces. Por lo anterior que la Cultura se debiera convertir en un eje esencial de desarrollo, al igual que la agricultura, minería o turismo. Por otro lado una región sin patrimonio y sin desarrollarlo es una región sin alma, que pierde su identidad.

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OPINION: No es tiempo para individualismos

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Juan Carlos Jobet, ministro de Energía.

Vivimos la peor pandemia en siglos. Vemos en Chile y en tantos otros lugares del mundo cómo una nueva enfermedad, para la que todavía no hemos descubierto vacuna ni tratamiento, se expande a gran velocidad.

Una crisis de esta envergadura demanda esfuerzos de todos. La mayoría del país ha entrado en un ritmo más lento. Hay comunas en cuarentena obligatoria, se recomienda el teletrabajo, hay ciudades y zonas con cordones sanitarios.

Todo esto es necesario para proteger vidas, especialmente de los más frágiles, los mayores y los que sufren de enfermedades que podrían complicarse con el coronavirus.

Tenemos que quedarnos en casa, todos los que podamos hacerlo. Y para quedarnos en casa, necesitamos contar con los servicios básicos. Muchas familias estarán en dificultades para pagarlos. Por eso, el Presidente Sebastián Piñera, junto a ministros sectoriales, anunció un plan de ayuda al que podrán acceder siete millones de habitantes, alrededor del 40% de la población de Chile.

Para el sector eléctrico, este plan dispone que durante el Estado de Catástrofe las empresas no podrán cortar servicios básicos por deudas impagas; esa deuda se prorrateará en doce meses, sin intereses; y quienes tengan el servicio cortado, podrán solicitar su reposición.

Estas medidas –dirigidas a las familias del 40% más vulnerables- también estarán a disposición de personas que, durante el Estado de Catástrofe, demuestren su vulnerabilidad o imposibilidad de pagar servicios debido a las medidas que promueven o exigen el aislamiento social: mayores de sesenta años, personas que han perdido su trabajo, y otros casos excepcionales.

El Gobierno ha conseguido un acuerdo de las compañías y cooperativas del sector, grandes y pequeñas, para impulsar estas medidas sin costo fiscal y los parlamentarios de todos los sectores hicieron sus aportes para su diseño. Juntos debemos poner el cuidado mutuo en el centro.

Cuando hablamos de cuidado no se trata solo de proteger la salud de otros, se trata de buscar una mirada compartida sobre lo que nos está ocurriendo. La solidaridad no implica solo el aislamiento para no afectar a otros, sino también una solidaridad activa.

¿Qué significa esto en el caso de la energía? Que los que puedan pagar, paguen. Eso también es un acto de solidaridad con la marcha general del país. Estamos funcionando con mayor lentitud, pero, en sectores como el de energía que provee un servicio fundamental para la vida en sociedad, no podemos detenernos.

Y para eso es necesario que quienes pueden mantener el pago de sus cuentas, lo hagan. Esos recursos van a pagar los sueldos de los casi 100.000 trabajadores del sector y permiten financiar la operación que sustenta el suministro de electricidad.

Necesitamos esa electricidad para el funcionamiento del transporte, de los hospitales, clínicas y centros médicos, de nuestros electrodomésticos, de las redes que nos permiten seguir comunicados e informados.

Tenemos que mirar hacia el futuro. La crisis del COVID-19 es muy dura, pero pasará; y creo que una gran lección de la crisis será recordarnos la necesidad de la solidaridad mutua para salir adelante. Otro país emergerá de esta crisis, un país más consciente de que cada uno es responsable del bienestar de todos.

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OPINION: A no olvidar las personas mayores en tiempos de Covid-19.

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Finalmente, en Chile sucedió lo que hace unos meses parecía remoto: la propagación de Covid-19, nombre brindado a la enfermedad causada por coronavirus. Tras 10 días de la detección del caso cero en Chile, el Ministerio de Salud anunciaba que los casos confirmados de Covid-19 ascendían a 43 personas. Hasta ese momento existía cierta incredulidad que la Región de O’Higgins no tuviera casos confirmados, pese a que era consabido que esto sería pasajero.


Fue así como el 18 de marzo se informaron los primeros casos confirmados de la región: un hombre de 40 años de la comuna de Machalí y una mujer de 39 años de Requínoa. El Covid-19 ya era una realidad en la VI región e inauguraba su aparición durante la Fase 4 (transmisión sostenida de Covid-19 con capacidad de generar brotes en la comunidad), momento en que se extremó la alerta a grupos vulnerables como los mayores de 60 años, quienes tienen un alto riesgo de presentar un cuadro grave de infección asociado a una alta mortalidad.


En la Región de O’Higgins, el último censo poblacional estimó que el 11% de la población corresponde a mayores de 65 años, lo que hace que más de alguna persona mayor integre nuestro círculo social más íntimo. En consecuencia, es urgente reforzar las medidas preventivas en todo el país, como lavar frecuentemente las manos con agua y jabón y mantener distanciamiento social de al menos un metro entre personas.


Sin embargo, al acatar esta última medida, se puede de manera inconsciente segregar u olvidar a las personas mayores, en especial a quienes viven solas. Por lo mismo es que el esfuerzo y compromiso por cumplir con estas simples medidas serán claves para atenuar una transmisión desbordada de Covid-19 en los próximos meses. Complementar estas medidas con llamadas telefónicas o videollamadas, permitirán aminorar los sentimientos de aislamiento, tristeza e incertidumbre que se viven por estos días; además de ofrecerles nuestra colaboración para comprar lo que necesiten en farmacias o supermercados para evitar una exposición innecesaria de las personas mayores a aglomeraciones.


Juntos podemos superar esta catástrofe sanitaria causada por Covid-19 que ya cuenta con más de 2.000 casos confirmados y ocho fallecidos a nivel nacional, la que también nos exhorta a ser conscientes y solidarios con nuestra sociedad, en especial con quienes ya dieron todo por Chile.


Dr. Hugo Juanillo-Maluenda
Docente Adjunto
Escuela de Salud de la Universidad de O´Higgins

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OPINION: Trabajo a Distancia y Teletrabajo

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La Ley Nº 21.220 sobre trabajo a distancia y teletrabajo se acaba de promulgar. Es una buena noticia que nos pone a tono con la transformación del mercado del trabajo. Sabemos poco sobre estas modalidades, pero el estallido social y sobre todo el COVID-19 ha llevado a las empresas y las instituciones a incorporarlas como alternativa laboral y para seguir funcionando.


El primer reconocimiento legal de estas modalidades de trabajo se hizo en 2001 con la Ley Nº 19.759 que no consiguió facilitar su aplicación ni la debida protección de los trabajadores. Más tarde, en 2011, un proyecto de ley propuso crear el contrato de trabajo a distancia, pero no concitó el apoyo del Parlamento. Con la reforma laboral de 2017 se incorporaron los pactos de adaptabilidad que facultan a los sindicatos para celebrar con el empleador sistemas de jornada que combinen tiempos de trabajo presencial y remoto. Con todo, hasta hace un año, menos del 1% de la fuerza laboral realizaba trabajo a distancia.


En 2018 se propuso abordar nuevamente el tema y la realidad de los últimos meses favoreció que su discusión se activara y culminara en una ley. La legislación aprobada contiene elementos significativamente distintos a los del proyecto original que vale la pena destacar. Primero, la distinción entre trabajo a distancia y teletrabajo, siendo este último los servicios que se prestan y se reportan, desde un lugar distinto al establecimiento de la empresa, mediante el uso de medios tecnológicos. Segundo, no es un nuevo tipo de contrato, más bien crea la posibilidad de pactos sobre esta modalidad laboral sin afectar los derechos individuales y colectivos del trabajador. Tercero, y posiblemente lo más novedoso, introduce el derecho a desconexión digital (al menos 12 horas continuas por cada 24 horas) como una forma efectiva de evitar la ciberdependencia y los riesgos de precarización laboral. Cuarto, porque establece que los equipos y los costos de operación para realizar teletrabajo son de cargo del empleador.


Sobre seguridad y salud laboral, un reglamento del Ministerio del Trabajo será clave para equilibrar el deber de protección del empleador y las obligaciones de los teletrabajadores. Vendrán desafíos para las empresas sobre protección de datos y de como adecuan sus espacios físicos. Hay varias experiencias exitosas en el sector público que servirían para regular el teletrabajo que contribuirían a modernizar la función pública.

Enrique Paris
Decano de la Facultad de Economía y Negocios
Universidad Santo Tomás

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