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Columnas

Higiene ambiental

 

 

La diosa de la salud, en la antigua Grecia se llamó Higieya o Hegia, hija de Esculapio dios de la medicina, o su esposa según otras tradiciones. El léxico higiene nos llega del griego: hugieine < hugies= sano, “La Higiene tiene por sujeto al hombre y por asunto principal las relaciones que a este unen los agentes que le rodean, de modo que conserven, mejoren y favorezcan el organismo, gracias a recíprocas y a veces contínuas influencias” no entraremos en detalles porque el tema, científicamente abordado es de una complejidad enorme. En efecto, cuanto existe en el Universo puede ser útil o perjudicial para el hombre y así se comprende que la Higiene, desde siempre, no solo haya interesado a los médicos, sino también a los filósofos, moralistas y políticos.

 

Nacen las normas sobre higiene con la aparición del hombre. Como es de suponer, en sus comienzos, fue algo puramente instintivo. De ahí muchas prácticas supersticiosas o empíricas, que adquieren un carácter religioso. Cuántas leyes mosaicas del A.T. son consecuencia de una cultura anterior, de experiencias (empíricas) vividas por otras generaciones pero que es preciso aprovechar. En las culturas de Egipto y de la India aparecen, igual que en el pueblo judío, creencias y ritos que consignan preceptos higiénicos como ideas reveladas y obligan a los hombres y mujeres de esas comunidades a observarlas. Sin duda que el código de Moisés (contenido  en Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio) es el culmen del periodo religioso de la Higiene, que Mahoma no dudaría en trasladar a ese verdadero código civil que es el Corán.

 

Con el florecimiento de la cultura greco-romana tenemos un avance significativo. Hipócrates (460-377 a.C.) funda la ciencia médica y en su esfuerzo por darle carácter propio a la Medicina, señala la preponderancia de la Higiene. Tras él vinieron los comentaristas de la Escuela de Cos y hasta filósofos como Plutarco se involucraron en temas higiénicos. Es la época en que se da culto al cuerpo (gimnasios, balnearios) y que los romanos sintetizarían en su “Mens sana in córpore sano”. (Una mente sana en un cuerpo sano.) Los griegos descubrieron que el deporte es vital para una higiene mental. (Organización de las facultades intelectuales.) La natación, los ejercicios físicos, sin el espíritu competitivo y económico (interés pecuniario) que hoy tienen, fueron signos de educación sobresaliente para quienes los ejecutaban. Muchos de los grandes filósofos, dramaturgos griegos, fueron a la vez destacados atletas o soldados de mérito. Los romanos, llevados de su espíritu práctico no solo aceptan el legado griego: baños, gimnasios, torneos, juegos, etc., sino que crean las instituciones para la salubridad pública. Ahí están los ediles y archiatras responsables de la inspección de los suelos y clima en el que se establecerán poblaciones; inician el saneamiento de pantanos y se preocupan de la conducción del agua potable, etc. Ellos acuñan la frase: Hygea hominis alteramater. La higiene es la otra madre del hombre. De Galeno (131-201) a la Edad Media hay un largo camino. La higiene medieval se traduce en acciones prácticas para con los que sufren: hospitales, lazaretos, (para acoger a los apestados) hospicios y los primeros nosocomios. Solo en el s. XVIII, la Higiene adquiere la importancia que merece, en cuanto, como decía Descartes, solo la higiene puede combatir la degeneración del hombre y restituir a la especie humana su noble y excelso tipo. En efecto, cuántas enfermedades han asociado los médicos a la falta de higiene. Y cuántos desórdenes mentales (psicosis, neurosis, depresiones y otros) son el resultado de una nula higiene mental.

 

Sería importante señalar que en nuestro mundo, no basta la higiene personal. Muchas de esas personas que van limpias, bien vestidas, hasta perfumadas, son antihigiénicas en sus conductas, que no trepidan en escupir en el suelo, botar los chicles en la vereda o dejarlos pegados en el asiento del bus, de la consulta médica y hasta en el banco de la iglesia.  Eso a modo de ejemplo. Recorro el centro de Rancagua y, descontados los vehículos, los semáforos, las vitrinas, baldosas y pavimento, queda la sensación de vivir en una ciudad medieval. Es verdad que para la comodidad de la gente el Mercado Municipal queda ya muy a tras mano. Sin embargo, el espectáculo que ofrecen calles como San Martín y Brasil es el de una gran feria, donde se puede comprar de todo: tomates, paltas, plátanos, manzanas, piñas, apio, ajos, pimentones. Es deplorable el estado de esas calles una vez que los comerciantes se retiran. Bolsas de basura, cajas de cartón y todo aquello que no se vendió y que ya no sirve. Quizás ya sería hora de pensar en un buen mercado de verduras y frutas que nos ahorre ese aspecto de ciudad colonial. Nuestras calles han perdido categoría. Hay sitios, como en la proximidad del edificio de Serviu, donde no solo se alimenta a los perros vagos, sino que se les proporcionan cajas de cartón para que pasen la noche. Cero higiene. Y no hablemos del creciente número de indigentes que duermen en las calles (sector de la Pérgola de las Flores, proximidad del Mercado, Alameda con Santa María, etc. La necesidad de frecuentar estos lugares nos hace descubrir que toda esta gente que pide limosna de día, (con el subterfugio del “parche curita”) algunos de los cuales se hacen acompañar de tres o cuatro perros, forman una verdadera cofradía que en nada se diferencian de esos pícaros que nos describió Cervantes en su “Rinconete y Cortadillo”. Nuestras calles y veredas están divorciadas de la higiene. Hemos señalado en otras ocasiones el deprimente estado de los muros de los edificios. Aquellos que se han salvado del salvaje rayado de los grafiteros, muestran una indecente acumulación de pasquines que se han ido pegando uno encima del otro. De los innumerables “letreritos” no se salvan ni los postes del alumbrado, ni los asientos, ni los basureros. Es increíble que en la era de la tecnología todavía se nos ensucie con esos carteles que, por añadidura, cuesta un triunfo despegarlos.

 

Veinte años poco más o menos han cumplido esos quioscos de la Av. Brasil. No solo se ven desperdicios sobre sus techos. Nunca se han vuelto a pintar. Y cada cual hizo las ampliaciones que quiso. Higiene es lo que menos hay desde San Martín hasta Brasil. Con suerte se salvaron algunos arbolitos que entre quiosco y quiosco colocó la I. Municipalidad. De la mugre acumulada en las tazas de esos y otros árboles de la ciudad, más vale no hablar.

 

Los terminales de buses, al igual que los aeropuertos son la tarjeta de presentación de una ciudad. Nuestros terminales son asfixiantes, incómodos, hostiles, bulliciosos y sucios. En Rancagua la contaminación acústica parece no afectar a nadie, pero esa falta de higiene ambiental (bocinazos, gritos, altoparlantes a todo volumen, cantantes callejeros que compiten con sus equipos) es la que ha tornado agresivo al rancagüino. La prepotencia del antiguo minero ha sido cambiada por una agresividad y una desconfianza que deprimen.

 

Párrafo aparte merecen nuestros paseos peatonales. El primero y más antiguo, Paseo Independencia, muestra la urgente necesidad de lavar el piso. La huella de chicles, helados derramados, comida chatarra, y otras inmundicias están formando una capa que llama a gritos por la higiene. Tan lamentable como la ausencia de un aseo real, es el hecho que poco a poco este paseo irá perdiendo su carácter de tal. Cada vez se instalan más vendedores con sus toldos desarmables y toda su parafernalia. Hay días en que la invasión es total. Cuando menos lo pensemos, Independencia será menos transitable que la vereda norte de la Av. Brasil. Pero sobre todo, higiene. Solo hay ojos para la cada vez más espesa capa de esmog que nos está sepultando, pero, entre tanto, a cada paso se nos expone a todo tipo de bacterias, hongos, virus porque no existe ningún control sobre los alimentos que se expenden y hasta se preparan en plena vía pública. ¿Cómo puede ser higiénico encender carbón para anticuchos en plena calle?.

 

El Paseo Estado empieza a juntar sus primeros comerciantes y la puerta lateral de la catedral ya se ha convertido en urinario público. Del Paseo Germán Riesco, especialmente el tramo que queda entre Almarza y Zañartu, mejor no  hablar. Baste decir que está tomado por los adictos a la canabis. ¿Los mismos que todo lo rayan? Pero hay lugares peores. Como en toda ciudad me dirá alguno. Domingo a mediodía; camino hacia el Mercado. El visitante se queda estupefacto ante esa salida del Pasaje Rochet al oriente y espectáculo en la esquina del Mercado donde en un caos de trapos, colchonetas y botellas, duermen tres o cuatro vagabundos. En Talca no se ven estas cosas. Dice alguien a mis espaldas. Claro en ese preciso lugar, se cocina, se come, se duerme. Todo. Y todo en medio de un ambiente que no conoce la palabra higiene. En esto de la higiene, Rancagua todavía vive en la Edad Media. Y esto es solo lo que aparece a simple vista. Parece burla. Brasil esquina Lastarria. El bronce reza: Rancagua a su hijo ilustre. A José Victorino Lastarria le dedica la ciudad ese “homenaje” que recibe los orines de todo los que no conocen la higiene y las  basuras que les sobran. Dije ya una vez. Es una desgracia ser héroe, sobre todo si se le alza una estatua o se le coloca el nombre de una calle. Si no me cree ahí usted: nuestro Diego Portales y la Vicuña Mackenna. Pero los muertos no reclaman, Pía Montealegre, arquitecto, escribía en agosto 2015: “El paisaje demuestra que algunos municipios son incapaces de revertir la inmundicia de sus calles y, quizás también la de sus instituciones corruptas e inoperantes”. Y todo eso se encierra en un concepto vital: Higiene.

 

 

                      Mario Noceti Zerega

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