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Autoridades se comprometen con normalización del Hospital San Fernando

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– Si bien, la construcción de un nuevo recinto asistencial para la capital de Colchagua tomará un par de años, existe la voluntad de las autoridades para concretar esta sentida necesidad para la población que atiende ese centro de salud.

 

Gisella Abarca

 

Una señal potente respecto a la futura normalización del Hospital San Fernando se dio durante la mañana de este viernes en la capital de Colchagua, esto luego que la dirección del centro asistencial convocara a una reunión informativa en la cual se contó con la presencia de autoridades políticas, gubernamentales, el Servicio de Salud O’Higgins, el municipio local, además del equipo directivo, gremios y funcionarios del establecimiento de salud.

En la cita, el Asesor de la Subsecretaría de Redes Asistenciales del Ministerio de Salud, Wladimir Román, dio a conocer los pasos a seguir para el proceso de normalización del hospital, como también algunos proyectos que se han adjudicado y que prontamente se implementarán.

“Surge la petición de la gente de San Fernando y les explicamos con detalles y documentos la realidad respecto a San Fernando que existía una proyección posterior a la de Rengo por la administración anterior la que está en la tabla de priorización de julio de 2017 donde sale Rengo primero y luego San Fernando”, sostuvo Román.

Aquí el representante del Minsal aclaró que “los compromisos que adquirimos son sumamente responsables, concretos y serios. Estamos haciendo un documento formal por parte de la Dirección de Servicio de Salud donde el próximo hospital grande que se va a normalizar es San Fernando, y lo vamos a dejar establecido en un documento formal que se hará entrega en su momento a la comunidad, a la dirección del hospital y a los gremios; por lo tanto, es una priorización real. Esperamos dejar a ese hospital muy adelantado en los estudios preinversionales hospitalarios para que nadie pueda decir empecemos a hacer otro, porque éste ya va a estar avanzado en su etapa de anteproyecto y estudio. Además estamos en preacuerdo con el alcalde y concejales de tener el terreno. La próxima administración que llegue, sea quien sea, va a tener que determinar los fondos para poder construirlo”, explicó Román.

Así, además de trabajar por la futura normalización del Hospital de San Fernando; en corto plazo, se dará respuesta a necesidades inmediatas para la comuna, para que el recinto asistencial continúe entregando digna atención a sus pacientes, donde se verá beneficiado el Policlínico del Dolor, arreglos del sistema eléctrico y llegarán nuevas ambulancias al centro de salud, entre otros proyectos que lo beneficiarán.

“San Fernando tendrá avances en salud y en lo inmediato hemos destinado este año se debiese licitar y empezar con la construcción el próximo año del Cesfam y SAR que ayudará a descongestionar el hospital. Son 7 mil millones de pesos en inversión en ese Cesfam”.

Además de eso, agregó Román que “Ahora estamos terminando el proyecto para pasarlo al CORE en mes de agosto para invertir 700 millones en arreglar el sistema eléctrico del hospital de San Fernando; además de eso, llegan dos ambulancias al hospital de la capital de Colchagua y también se provee que por cerca de 400 millones en equipamiento, en equipos médicos; es decir hay una inversión que se debiese concretar entre este año y el próximo. En forma inmediata son cerca de 10 mil millones de pesos para San Fernando; por lo tanto hay una inversión importante dentro de la comuna”, acotó el representante del Minsal en la región.

En la cita, el Director (s) del Hospital San Fernando, Dr. Héctor Toledo, señaló que “fue una muy buena jornada, porque a pesar de que no hay cosas concretas, si hubo muchas propuestas que se hicieron principalmente a la situación actual del hospital, porque la construcción de uno nuevo da para largo. Como dirección nos interesaba también solucionar de forma inmediata algunos problemas agudos, donde podremos implementar algunas dependencias en la cual se pueda atender -por ejemplo- el Policlínico del Dolor, que es uno de los programas importantes que tenemos. Fue una reunión sumamente importante, sobre todo por la presencia de las autoridades que estuvieron y que en el fondo, los hace comprometerse con nuestro hospital”.

 

RESPALDO
En la cita, el alcalde de San Fernando, Luis Berwart, señaló que “como representantes de nuestra comunidad, hemos estado escuchando los requerimientos de un nuevo hospital (…). Tenemos que conversar como concejo municipal para disponer de unos terrenos aledaños a la universidad (UOH) para ver si logramos un acuerdo con dicha casa de estudio y el Servicio de Salud, y disponer de ese edificio y también, hacer la evaluación técnica del espacio para ver si cumple con las condiciones de poder construir un hospital. Si se reúnen esas normativas, tanto técnicas como administrativas, es viable poder ofrecer esas hectáreas”, apuntó.

Por su parte, el Gobernador de Colchagua, Yamil Ethit, expuso “señalar que en la comuna de San Fernando se van a invertir en el corto plazo, más de ocho mil millones de pesos en infraestructura. El martes recién pasado fueron aprobadas dos ambulancias, sumado al nuevo CESFAM+SAR y al mejoramiento de la red eléctrica y equipamiento del actual hospital. Y hoy, la municipalidad entregó su voluntad de dar la disponibilidad de analizar el suelo para un terreno en los cuales se podría hacer el pre-informe y dejar bien encaminado el futuro hospital”.

Respecto a lo anterior, el Diputado Ramón Barros enfatizó que “Wladimir Román va a poner a disposición documentos formales de la secuencia de eventos que van a ocurrir para la construcción de uno nuevo, emplazado en un lugar distinto al que existe hoy dado la ampliación que requiere en su condición de centro asistencial de cabecera para el resto de Colchagua, Cardenal Caro y parte de Cachapoal”.

Asimismo, la Diputada Virginia Troncoco no quiso quedarse al margen de este compromiso adquirido en la jornada, “lo que más tenemos es voluntad; este es el punto de partida; es fundamental empezar con lo más próximo que es FRIL para poder conseguir ornamentar y alhajar lo que este hospital necesita en estos momentos, como la normalización del policlínico del Dolor, entre otros proyectos de deben ser atendidos de forma inmediata. Y respecto a lo prioritario que tuvo esta reunión, seguiremos trabajando por el futuro hospital; está la voluntad tanto del Servicio de Salud como el municipio y del equipo de parlamentarios que estuvimos presente”.

Mientras que el Diputado Javier Macaya, expresó que “La inversión que se va hacer en la capital de Colchagua y en el hospital es muy importante, y se está trabajando en el mediano plazo en un proyecto de normalización, lo que significa que hay que vislumbrar cuáles son los terrenos donde podría instalarse, las alternativas que se tienen en materia de diseño o proyección y valoramos que sean todos los actores de la comunas que hayan escuchado de primera fuente este proyecto”.

 

https://elrancaguino.cl/ran/2018/08/02/senador-juan-pablo-letelier-aplaudo-que-hospital-de-san-fernando-ahora-este-en-la-retina-de-las-autoridades/

https://elrancaguino.cl/ran/2018/07/06/editorial-el-hospital-de-san-fernando/

https://elrancaguino.cl/ran/2018/07/05/normalizacion-de-hospital-san-fernando-debera-seguir-esperando/

https://elrancaguino.cl/ran/2018/07/03/senador-letelier-pide-explicaciones-de-porque-hospital-de-san-fernando-no-es-considerado-en-plan-de-inversion/

 

https://elrancaguino.cl/ran/2018/07/12/hospital-de-san-fernando-una-demanda-social-real-y-urgente/

 

 

 

 

 

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Lanzan libro con cartas escritas por Óscar Castro a su amor de juventud

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La publicación fue realizada a través de Ediciones UC. El volumen contiene alrededor de 70 misivas, redactadas por el poeta cuando tenía 23 años. Las epístolas datan de 1933.

Marcela Catalán

Este jueves y en dependencias de la Casa de la Cultura de Rancagua, se realizó el lanzamiento del libro ‘Óscar Castro. Cartas Inéditas’. La publicación ve la luz a través de Ediciones UC, en el contexto de un convenio con el municipio local. La obra contiene alrededor de 70 misivas, redactadas por el poeta cuando tenía 23 años y dirigidas a Estela Sepúlveda, de quien estuvo profundamente enamorado. Los textos datan de 1933 y también dan cuenta sobre el literato de aquella época, su diario vivir, entre otros aspectos.

El volumen fue presentado por Luis Agoni, profesor de Castellano y doctor en Estudios Americanos de la Universidad de Santiago de Chile, quien ha investigado sobre el vate. De acuerdo con el experto, el autor quedó prendado de la joven luego de que ella visitara la capital regional en marzo de 1933, con el fin de vacacionar. “Como él era bibliotecario, ella pasaba por fuera, se conocieron e hicieron amigos”.

De tal modo empezaron a intercambiar correspondencia, aunque el especialista comenta que la destinataria de los mensajes jamás dio indicios de sentir lo mismo. “Nunca le dijo que sí o no, pero se escribían (…) Él le pregunta ‘¿qué soy yo para usted?’ Ella siempre le respondía ‘no se lo voy a decir’ (…) En todas las cartas él expresaba su amor. Ella las guardó cuidadosamente, les puso una cinta muy bonita, a pesar de que se casó. Su hermano menor encontró este paquete, lo abrió y se percató de su valor”.

Sobre la importancia de una obra de esta índole, Agoni explica que las misivas de un autor “son por sí mismas muy interesantes, porque iluminan su vida y revelan sus inquietudes, sentimientos, emociones y vicisitudes. En este caso, demuestran que él ya era un poeta, uno que estaba empezando. Se nota en cómo emplea los recursos poéticos para dirigirse a la dama”. En su presentación, el experto agregó que Castro prescindía de referencias eróticas al cuerpo de la mujer, incurriendo en “una idealización extrema de la amada (…) La percibe plena de cualidades espirituales que él valora al máximo”.

El profesor señala que las epístolas dan luces de la relación del autor con Rancagua. “Era una persona muy sensible, que leía mucho y hacía poesía, enviándola a revistas. Aquí se sentía aburrido, falto de espacio vital y cultural. Lo que más deseaba era viajar y salir afuera, pero luego se enfermó y no pudo. Como máximo iba a Santiago o Pichilemu”, relata.

Además de las cartas, el libro contiene un prólogo de Patricio Lizama, profesor de Letras de la Universidad Católica y doctor en Literatura. De acuerdo con María Angélica Zegers, dicha sección “guía al lector en cuanto a cosas en las cuales debería fijarse”.

Respecto a las misivas, detalla que “recorren un año de la vida de Óscar Castro. Lamentablemente no tenemos las respuestas de Estela, porque él pidió quemar su correspondencia no sólo (dirigida) a ella, sino que a diferentes personas (…) Son cartas que hoy a cualquier joven le pueden parecer fuera de lugar, (ya que emplean) un lenguaje que no se usa. Incluso pueden ser consideradas como cursis, pero los invito a leerlas, porque el sentimiento que producen es atemporal”.

A su juicio, las epístolas “ tienen sentimiento, pasión y de verdad enternecen, porque también dan cuenta de la vida en Rancagua a principios del siglo XX. Además el libro posee muchos elementos anecdóticos acerca de la cotidianidad. A pesar de que no fueron hechas para ser publicadas, son una obra literaria. Eso siempre representa una tensión para la familia y el editor. Pero como dijo Luis Agoni, cuando alguien pasa ser a parte del patrimonio cultural del país, uno se da ciertas licencias. Porque es tan bonito, da valor a la cultura del país. Dar a conocer estas cartas, es más importante incluso”.

Horacio Sepúlveda es sobrino de Estela. En sus palabras, la enamorada del poeta le encargó a su padre que las misivas “se fueran a la tumba con ella, pero él prefirió cederlas al municipio (…) No vislumbramos la importancia que podían tener, pero creo que el más visionario fue Roberto Sepúlveda; percibió su relevancia y buscó el modo de donarlas a quien las atesorara por lo que son. Se trata de un aporte valiosísimo, ya que son textos de los cuales los cercanos al poeta no tenían noción”, remata.

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Recuerdos de la vida en un hogar de niños y el reencuentro 35 años después

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Entre 1933 y 1997 funcionó el Hogar de Menores N°1 de Rancagua, que atendió a cerca de 180 pequeños y adolescentes. Pese a sus difíciles orígenes, ex alumnos destacan que allí adquirieron valores y disciplina, logrando doblarle la mano al destino. En 2017 se contactaron a través de redes sociales, luego de más de tres décadas sin verse las caras.

Marcela Catalán

A los 8 años, Eduardo Almuna (58) quedó huérfano de padre y su mamá se convirtió en viuda con tres hijos que alimentar y mantener. Luis (51) apenas tenía 8 meses. “El núcleo familiar se quebró. Sufrimos trágicamente la pérdida de mi papá y por lo mismo ella salió con un niño al lado y los otros dos repartidos en cada brazo, caminando por la calle”, recuerda Eduardo. A todo esto, Leontina sumaba la responsabilidad de ser el principal sostén de hermanos y otros parientes; necesitaba con urgencia encontrar un empleo.

En esas circunstancias ingresó a trabajar al Hogar de Menores N°1 de Rancagua, donde fue manipuladora de alimentos y sus hijos encontraron un techo bajo el cual vivir. Entre 1933 y 1997 funcionó dicha entidad, fundada por la masonería debido a la no existencia de una organización de este tipo en la zona. Su fin fue atender y cobijar a pequeños y adolescentes que se encontraban en situación de vulnerabilidad y/o cuyas familias se hallaban en condición de pobreza. Mientras estaban allí, todos debían estudiar. Por ende, concurrían a clases en recintos educativos cercanos, como el Liceo Óscar Castro, la Escuela Industrial y la extinta N°3, entonces emplazada en las actuales dependencias del Liceo de Adultos Francisco Tello, en Estado.

Cada uno se iba por su lado a su establecimiento. “Teníamos chipe libre, había una gran confianza de parte del director”, señala Eduardo, a lo que Luis agrega que “las rejas del hogar siempre estaban abiertas y nadie era obligado a quedarse. Quien quisiera, fácilmente podía irse”.

Eduardo sostiene que el ingreso de ellos dos y de su hermano José fue diferente al de la mayoría, cuestión que ratifica Óscar Moreno, profesor que dirigió la institución por casi tres décadas. “Es nuestro papá, le guste a quien le guste”, contesta Sergio Cifuentes (53), quien también vivió en el hogar. Al comienzo éste funcionó en el sector de Membrillar y más adelante fue trasladado a Avenida Cachapoal N°220, donde hoy opera el Colegio La República.

El conducto regular para internar a un niño consistía en que su familia contactaba a la entidad, en vista de su difícil panorama económico. Otra gente que conocía de la situación de un pequeño también hacía el nexo, rol que solían cumplir sus profesores, conversando con asistentes sociales que evaluaban las circunstancias. El Juzgado de Menores también intervenía, dice el ex director. El educador residía las 24 horas del día en la construcción, donde alcanzó a vivir con sus padres y esposa.

“Mi casa estaba al centro del patio. El compromiso era que yo me venía con mi familia, lo que significó que fui el más interno de todos. Para mí no había festivos, vacaciones, nada. Siempre andaba con los niños”, comenta tras llegar a El Rancagüino. Eduardo Almuna arriba pronto para acompañarlo.

Otro caso que califican como atípico fue el de un pequeño —su nombre ha sido reservado— que dormía bajo el puente de Cachapoal. Los recuerdos en torno a él son confusos. “Se ponía un apellido, pero no sabemos si en realidad tenía parientes que lo apoyaran. Llegó con Carabineros”, comenta Luis. “La historia es un poco nebulosa, porque fue difícil detectar quién lo encontró. Una familia lo tomó e hizo las gestiones para que ingresara”, relata Moreno.

La institución operaba bajo el patrocinio de la Asociación Protectora de Menores (Apromen). El maestro agrega que en un primer momento el recinto fue financiado sólo por particulares y la masonería, pero en la década del 90 ya recibía subvención del Servicio Nacional de Menores (Sename), según la propia entidad gubernamental.

A CLASES CON COLONIA INGLESA

A las 6:30 de la madrugada despertaban. Quienes tenían clases por la mañana se arreglaban para salir pronto al colegio, partiendo luego a hacer el aseo y a las duchas. “El cálefon se prendía 10 ó 15 minutos, durante un tiempo limitado”. Luego de vestirse, desayunaban juntos en el comedor común.

“Siempre servían leche con arroz, avena o harina tostada. Siempre leche”, agrega Cifuentes. “Por eso somos todos maceteados”, expresa entre risas Eduardo Almuna. Antes de que los primeros se fueran a sus escuelas, hacían una larga fila para que quien estuviera a cargo comprobara que se iban bañados y bien vestidos. “El tío revisaba si andabas con corbata, calcetas, cinturón… Recuerdo un detalle: cuando estabas listo, te echaba colonia inglesa”. Sergio y los hermanos sueltan fuertes carcajadas. “Los portones estaban abiertos y nos íbamos a estudiar por distintos lados. Muchos estaban en el Industrial, por lo que caminaban desde Cachapoal hasta República”, revela el primero.

A media jornada, los que permanecían en el lugar escuchaban la campana que anunciaba la colación. “Traían un plátano, cualquier cosa. Pero también gritaban ‘¡hay que ir a trabajar!’ Debíamos ordenar el patio tres, por ejemplo. En septiembre raspábamos y pintábamos los arbolitos de blanco con cal, las piedras, o sacábamos la maleza”, relata Luis. Su hermano comenta que los más grandes debían lavar su ropa en artesas, hacer pan y ayudar a cocinar.

“Aprendimos de todo. No conozco a alguno de nosotros que no sepa coser un botón”. Terminadas estas tareas y en canchas que en su minuto fueron construidas para ello, el grupo podía jugar fútbol, básquetbol o vóleibol. Los niños aprendían sus técnicas gracias a asociaciones deportivas que les enseñaban su práctica, luego de que Apromen consiguiera lo anterior.

En los tiempos libres también podían correr por el lugar junto a Moreno o realizar otras actividades, como ver la pantalla chica. En Semana Santa miraban películas, el sábado el programa de ‘Don Francisco’, otras veces disfrutaban de espacios deportivos, en el verano cantaban con el Festival de Viña y en otras ocasiones se entretenían con cintas policíacas o de pistoleros, como ‘El llanero solitario’. Eduardo Almuna hace una salvedad: “En esos tiempos no había mucha televisión que ver y no disponíamos de recursos como para tener uno bueno”.

Incluso hubo quienes participaron en competencias de ajedrez, entre hogares de menores.

Los campeonatos deportivos “eran las citas más ansiadas y esperadas por ellos”, garantiza el ex director. Durante su realización en noviembre, vendían bebidas, helados y empanadas en un quiosco que instalaron para sumar dinero, con tal de financiar paseos y vacaciones. También vendían entradas, con el mismo fin. “La galería se repletaba los sábados y domingos”, describe el maestro.

Tras este espacio de distensión, debían estudiar en una estancia común por cerca de dos horas, en mesas de a cuatro o cinco niños. Un adulto pasaba por cada una, vigilando sus avances. Cifuentes asegura que “los materiales necesarios para ir al colegio, la cartulina, los lápices, la regla, si bien no eran los mejores, siempre estaban”. Quienes entendían más, apoyaban al resto.

El almuerzo solía consistir en legumbres y no había espacio para mañosos. “No eran espectaculares, pero siempre teníamos qué comer”, añade Sergio. Por la noche y después de tomar once, se bañaban para luego dormir. Las luces debían estar apagadas a las 22 horas. Aunque la institución fue fundada por la masonería, Luis Almuna dice que se permitía la visita de grupos que pretendían dar orientación religiosa.

VIAJES EN CAMIONES CON COLCHONES

Grupos de familiares y amigos de la masonería apadrinaban a los niños, contribuyendo a que pudieran celebrar diferentes actividades. De este modo se lograba festejar los santos, dividiéndolos en grupos según las fechas en que el calendario destacaba sus nombres. Así se realizaban completadas ansiadas por los chicos. “¡Tomar bebida, uf! ¡Era maravilloso!”, rememora Eduardo, en tanto su hermano recuerda que taxistas del Mercado se organizaban para darles vueltas por la plaza de Rancagua, “cuando todavía se podía transitar en vehículo. Después nos íbamos a Machalí”.

“¡Nos paseaban por dos o tres cuadras y nosotros éramos felices!”, agrega Cifuentes. Trabajadores de la entonces Pullman hacían lo propio.

Cada tres meses también celebraban los cumpleaños de manera grupal, “porque no habían tantos recursos ni tiempo” para festejar de modo individual.

Por otro lado conseguían los medios para llevar a los niños de vacaciones por 15 días, con el fin de entusiasmarlos a permanecer en el hogar y amenizar sus vidas. En las Termas de Cauquenes disfrutaron de onces y baños en piscinas, además de ir a Pichilemu y San Antonio. Algunos conocieran por primera vez la playa. “¡Cargábamos las colchonetas en los camiones y partíamos!”, afirma Eduardo Almuna con alegría. “Para nosotros, era lo último de bueno”. Los viajes iluminaban la existencia de los niños, pero también podían remover sentimientos y complicar las cosas.

En una ocasión uno se negó a retornar a Rancagua: el lugar donde estaban reflotó la imagen de su casa. “Cuando fuimos a Mostazal, hacia Pilay de O’Higgins, recordó su vida en el campo y nos costó una barbaridad regresar con él. Además hubo un enamoramiento que desembocó en matrimonio. “Fui padrino del casamiento, fue una cosa grandiosa”. Óscar Moreno se enternece.

Los almuerzos de los domingos igualmente eran esperados, pues ese día podían comer platos que no eran la regla. “Puré con pollo y bebida… carne”, ríe Luis. “Conversando sobre esto, me acuerdo de tantas cosas. Me emociono con tantas historias y situaciones”, dice Cifuentes.

ROMPER LA BURBUJA”

Cuando se evaluaba que uno de los chicos estaba preparado para salir a solas, los sábados o domingos podían ir a las casas de sus padres o visitar a otros parientes cercanos. “La idea era que no perdieran la comunicación con sus familias, para que los reconocieran al egresar de la institución”, argumenta Moreno.

El ex director afirma que ciertas despedidas impactaban en gran medida a quienes partían. “Algunos eran muy emotivos; otros sencillamente se iban cuando los venían a buscar. Antes hablábamos sobre su caso con el resto de los jóvenes”, para explicarles sobre su ida. Durante el periodo que estuvo a cargo, cree que por el hogar pasaron alrededor de 180 menores de edad.

También ocurría que los parientes solicitaban el retiro de un muchacho de la institución, para que comenzara a trabajar. Conforme con Moreno, debido a sus complejas circunstancias, pocos alcanzaban la enseñanza media.

Una vez que abandonaban el hogar, debían vérselas por sí mismos y las dificultades eran sorteadas de modo desigual, dependiendo de si contaban o no con apoyos externos. La suerte les era disímil. El caso de los hermanos Almuna fue complicado, porque a la temprana pérdida de su padre, sumaron pronto la de su madre: al ser el primero de los tres en salir de la institución, Eduardo no tuvo adultos a los cuales recurrir. “Cuando ella falleció, nosotros quedamos a la deriva y tuvimos que batallar afuera. Se rompió la burbuja. Yo no estudié mucho, entonces tuve que buscar trabajo con menos herramientas”, explica.

No obstante, destaca que pudo salir adelante: “Fue difícil, porque con poca educación hay escasas posibilidades, pero logré ingresar a una empresa donde me dieron oportunidades y pude surgir. Hoy tengo dos hijas universitarias y un hijo con empleo estable. Es mi orgullo, porque de chico me dieron orden (en el hogar), con horas para estudiar y acostarse”, relata.

La familia de Sergio Cifuentes era de Valdivia y a los 13 años fue internado en el recinto. Sus buenos resultados en la Prueba de Aptitud Académica (PAA) le permitieron continuar contando con el respaldo de la masonería e ingresar a Ingeniería Mecánica en La Serena. Desde tercero medio recibía la Beca Presidente de la República. En 1986 y debido a su acceso a la educación superior con otros tres jóvenes del recinto, los cuatro fueron entrevistados y fotografiados por El Rancagüino —en la imagen en blanco y negro, él y otro pupilo rehúyen al lente de la cámara, como se puede ver foto—. Superaron “las dificultades y limitaciones que su situación les imponía”, destacó la bajada de la nota. Respecto a los demás, accedieron a Pedagogía Básica en el Instituto Blas Cañas de Santiago, y a las carreras de Mantención de Equipos Industriales e Ingeniería en Minas en Copiapó. “Del hogar a la universidad”, enfatizaba el titular de la época.

En su caso, tras abandonar la entidad, Cifuentes regresó para demostrar su gratitud por la ayuda recibida. “Cada cual se iba a la vida a aplicar lo aprendido, las pocas o muchas herramientas que teníamos. Yo tuve la fortuna de poder seguir estudiando. Tras titularme devolví la mano siendo tío por un par de años, enseñando a los muchachos distintas cosas”. Aunque Sergio recuerda con alegría su paso por la institución y ríe con las historias, evita referirse acerca de su arribo. También protege a otros compañeros. “Siempre evitaremos dar nombres”, explica.

Sobre el cierre de la entidad, Moreno argumenta que fue producto de los cambios instaurados por el Estado. “Desde Santiago aceptaban la salida de un chico, pero mandaban a otro. En Graneros se creó un sistema de internación, con muchachos con problemas delictivos que empezaron a enviarnos. Llegó un minuto en que ellos no ajustaron su manera de ser y todo fue un fracaso. Surgieron conflictos con el vecindario, porque se arrancaban saltando la reja. Eso no había ocurrido jamás de los jamases”.

El profesor relata que advirtieron de la situación a Sename, pero la respuesta fue que no había marcha atrás. Fruto de ello, los socios del hogar resolvieron que el recinto dejara de operar. Es así como enviaron la petición respectiva al organismo gubernamental, “a través del Tribunal de Menores. Varios meses después nos dieron el sí, aunque el compromiso fue que reubicáramos, dentro de otra institución en la provincia, a los niños sin parientes o cuyos familiares no querían encargarse de ellos. De a poco se fueron… uno o dos por mes. A algunos los fueron a buscar; para otros, debimos pedir amparo a entidades de Rancagua y de afuera”.

LUCHÁNDOLE A LA VIDA”

No recuerdan qué alumno del hogar envió el primer mensaje, pero los contactos fueron retomados en 2017 y gracias a las redes sociales, desde el principio con el fin de hacer algo colectivo. De este modo, después lograron reunirse alrededor de 40 ó 50 de ellos. “Estábamos todos dispersos, por lo que muchos de nosotros no sabíamos qué había sido del resto. Sin embargo, a través del boca a boca se consiguió sumar gente y el encuentro se produjo aproximadamente 35 años después de haber egresado. Ni siquiera pudimos reconocernos. Fue bien emotivo ver a gente que conocimos de niños y sin pensar que quizá volveríamos a estar juntos”, sentencia Eduardo.

Al salir el hogar se fue de Rancagua y vivió 8 años en Los Ángeles. “Me había perdido un poco”, dice sobre el impacto del reencuentro. Aunque la primera reunión fue en el marco de un asado, tanto los hermanos Almuna como Cifuentes coinciden en que lo más importante pasó cuando se reunieron en el ex hogar de menores, el actual Colegio La República, en Avenida Cachapoal N°220.

Hacía frío y Eduardo llegó en colectivo. Desde el auto intentó divisar a antiguos compañeros para reconocer sus rostros. “Me bajé y empecé a mirar… ‘Allá está él, y allá él…”. Lo que siguieron fueron “abrazos de hermanos”. “Quien nos reunió, quizá no dimensionó lo que esto significaba”. “Los muchachos habían envejecido, tenían poco pelo, pero mantenían las facciones”, señala Sergio. Muchos se sorprendieron y lloraron, porque volvían a su casa. “No hay palabras para poder explicar esa experiencia”.

En la ocasión recorrieron todos juntos el lugar y visitaron los dormitorios y diferentes estancias, acompañados por el ex director Óscar Moreno y trabajadores del recinto, “otros tíos”, como los siguen llamando. Esa vez realizaron una ceremonia y recordaron momentos y personas relevantes para los presentes. Al finalizar la tarde, se fotografiaron en grupo.

En junio de 2018 se constituyeron legalmente como la Agrupación de Ex Alumnos del Hogar de Menores N°1 de Rancagua. Su fin es reunir fondos para apoyarse entre ellos, en consideración de las desiguales condiciones en que quedaron y viven hoy. En la actualidad son 17 socios y les interesa que sepan sobre su reunión quienes ignoran el reencuentro.

“Algunos no tienen idea sobre nosotros. Las circunstancias son diversas. Unos barren las calles, trabajan en la minería, al norte, otros son camioneros, pero todos estamos luchándole a la vida”, afirma Cifuentes. Los integrantes de la entidad desean contar con una sede, donde reunirse y coordinar sus planes sin molestar a terceros. Si alguna entidad gubernamental, edilicia y/o privados desea respaldarlos, puede contactarlos al +569 98408920.

La agrupación hoy ayuda a compañeros que atraviesan por problemas. Marcos Lagos sufre de hemofilia y en enero fue a visitar a su hija a la Región del Maule, pero en la playa se cayó y golpeó la cabeza. Quedó con la mitad del cuerpo sin movimiento y vive como allegado con una hermana en Machalí, quien debió dejar de trabajar para poder cuidarlo. Por motivos de movilidad era necesario que estuviera en el primer piso, de ahí que le construyeran una pequeña pieza con recursos propios y donados. Sin embargo, como recibe una mínima pensión, desean auxiliarlo en el pago de sus importantes gastos médicos.

Otro que se crió con ellos fue ‘Papallina’ —su nombre se mantiene bajo reserva, por motivos de privacidad—. “Supimos que estaba de allegado y con aportes nuestros le hicimos una pieza de dos por tres. Es un cuarto pero a él le sirve mucho, porque entre comillas pudo sacar a su familia del mayor hacinamiento en que estaban. Un socio le consiguió trabajo en Agrosuper y gracias a Dios firmó contrato indefinido, por la responsabilidad demostrada en su pega”, destaca Cifuentes.

Como agrupación también desean transmitir sus experiencias a niños que por estos días viven en hogares, en pro de impulsarlos a esforzarse por revertir sus circunstancias. “Queremos abrazarlos y decirles que nosotros estuvimos en las mismas. Tenemos historias duras, sin embargo, si quieren, ellos también pueden superarse. No somos los mejores, pero no cualquiera se para al lado nuestro”.

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Cultura

En Requínoa graban cortometraje de ficción sobre microtráfico

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Detrás de la puerta’ se titula la producción, dirigida por Aldo Massera. Su realización es financiada por el equipo detrás de la idea.

Marcela Catalán

‘Detrás de la puerta’ se titula el cortometraje que por estos días es grabado en Requínoa, idea que trata sobre un hombre envuelto en el microtráfico de drogas. La propuesta es llevada a cabo por la Productora Aldo Massera, quien también es su director, siendo financiada por el equipo ejecutor de la iniciativa.

Juan tiene un trabajo común y corriente, pero vía telefónica es interceptado por la policía, cuenta el realizador. De tal modo se producen altercados y el protagonista es detenido, dejando solo a su primogénito en casa.

La historia es representada por Juan Francisco Caroca en el papel estelar, Héctor López (Compañía de Teatro Tiara) como su padre y Benjamín Massera como el hijo del microtraficante. Marcelo Olivares estuvo a cargo del sonido y la música.

El equipo espera terminar todo el proceso en septiembre, con el fin de lanzar el corto y difundirlo a través de la televisión local y mediante entidades educativas regionales.

El director llama a los realizadores de la zona a reunirse y concretar sus ideas audiovisuales, aunque no cuenten con financiamiento para materializar sus proyectos. Por lo mismo exhorta a sus colegas a laborar de manera conjunta. “A veces no es necesario tener dinero, sino juntarse, poner una cámara, equipo de edición, y trabajar”, argumenta.

Éste es el primer cortometraje de Massera, aunque tiene dos documentales en su filmografía: ‘Historia de la Población Centenario’ e ‘Historia del Parque Koke’. En tal sentido, destaca que le interesa dar cuenta del patrimonio regional.

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