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En recuerdo a Ricardo Muga Muñiz: El gran periodista y hombre excepcional emprendió el último vuelo a la eternidad

– Por donde pasó dejó huella y, hoy, algunos de sus amigos y ex compañeros rescatan algunas de las vivencias compartidas.

 

Flor Vásquez Gómez

 

En una de las últimas conversaciones que tuvimos con Ricardo, dijo que después de haber pensado acerca del tema, él debió haber sido camionero. Porque cuando partía de vacaciones, conducía su auto y gozaba del paisaje, se sentía feliz. Pero habría sido un camionero muy especial. Porque mi amigo Ricardo Muga Muñiz era un intelectual, un gran y entretenido conversador; sabía de tantos temas y siempre atraía el interés por escuchar sus historias e incontables anécdotas.

En sus últimas semanas, a pesar de los dolores de su enfermedad, hacía un esfuerzo y con la voz un poco más débil nos seguía cautivando con los recuerdos de tantas vivencias y aventuras.

Con Ricardo fuimos compañeros de carrera en Periodismo, en la Universidad Católica del Norte, en Antofagasta, en los años 80. Los dos éramos de Rancagua y eso de alguna manera nos unió. Allá no faltó quien relacionara a esta ciudad con el rodeo y los huasos. Y se le ocurrió apodar a Ricardo como el “huaso Muga”. Así fue conocido en la universidad.

También se hizo famoso por su cabellera generosa en rulos, por su ingenio y por ser fundador y uno de los cerebros de La Mafia, un grupo de irreverentes que da para escribir otra historia.

Ya egresados, ambos dejamos el norte y regresamos a Rancagua. Yo empecé a trabajar en El Rancagüino y él como corresponsal en Las Ultimas Noticias. Junto a Ricardo, nos reuníamos diariamente con la periodista María Cristina Prudant y Eduardo Soto para tomar un café y debatir. Exponía sus ideas con pasión y argumentos.

Después se incorporó como jefe de informaciones a El Rancagüino, donde se notó su presencia. Escribía de temas complejos, pero también crónicas salpicadas de humor e ironías. Con los trabajadores de los talleres del diario hizo amistad en los salones de pool y en las canchas de baby fútbol. Así era Ricardo; le gustaba compartir con todos.

De esos años hay muchas anécdotas. Recuerdo cuando un conductor de una radioemisora local le pidió que lo reemplazara durante una semana en un programa de música. Aceptó de inmediato. ¡Y sin cobrar un peso! Iba feliz con su carga de cassettes. Sabía tanto de música y tenía una variedad de temas que después todos pedían que volviera el reemplazante del conductor original del programa.

Años más tarde empezó a trabajar como corresponsal de El Mercurio. Tanto se destacó que se lo llevaron a Santiago. Llegó a ser editor.

Sin embargo, siguió ligado a Rancagua y a sus amigos de esta ciudad. Compró acá una casa y cada vez que podía asistía a los partidos del O’Higgins, aunque todos sabíamos que su corazón estaba en la Católica. En el estadio, cuando lo divisaban, en varias ocasiones los conductores y reporteros de los programas deportivos le pedían un comentario del partido. ¡Qué bien lo hacía!
También mantenía un grado de relación con El Rancagüino y más de alguna vez mencionó la idea de terminar su carrera en este diario.

Lo vimos brillar y triunfar en su profesión de periodista; formar una linda familia con su amada Ana María y su hijo Ignacio. Después nos correspondió acompañarlo en ese tramo difícil de su enfermedad. Sabemos que luchó con todas sus fuerzas, que tenía ganas de vivir, que quedaron tantos proyectos y sueños pendientes, pero que simplemente no pudo resistir más. En estos últimos días, quienes fuimos sus compañeros y amigos nos mantuvimos en vigilia, recordando su vida y buscando en la memoria los recuerdos de tantos momentos compartidos. No queremos olvidarte Ricardo, seguirás junto a nosotros, pero ahora te dejaremos que emprendas el vuelo hacia el descanso y la libertad.

 

 

Rina Cárdenas

“Ahora está en el castillo de sus sueños”

Sus rulos perdidos en un afro castaño que hacía de su cabeza la más grande del curso, es la primera imagen al pensar en este compañero cuyo nombre, a poco andar en la vida universitaria, migró de Ricardo a El Huaso.

Lo recuerdo flaco, desgarbado, de tez blanca, de esas que muy rápido se tiñen de rojo con el sol. También inteligente, con un sentido del humor muy fino y con el grado de irreverencia deseable en un joven que opta por una carrera como el Periodismo.
Si cierro los ojos y pienso en Ricardo escucho “Te encontraré una mañana dentro de mi habitación y prepararás la cama para dos…” Alguna tarde afuera del zócalo, en la Norte querida, lo vi sentado con dos o tres compañeros, siguiendo a Sui Generis con su “Canción para mi muerte”. Ahora, cuando Ricardo emprendió a una nueva y trascendental migración pienso en la letra de esa canción: “Hubo un tiempo que fue hermoso, y fui libre de verdad, guardaba todos mis sueños, en castillos de cristal”. Y creo que el tiempo que compartimos con él fue hermoso. Hoy Ricardo está en el castillo de sus sueños y ahora es libre de verdad”.

 

Sergio Pizarro

“Lo admiré en su lealtad y su fidelidad a toda prueba”

No puedo recordar lo que sigue vivo. Mi amigo Ricardo y su vida pertenecen a mis neuronas, a mi vida. Echar luz sobre algo compartido parece justo para multiplicarlo.

Era tercer año en la Universidad y se vivía un revuelo. Cambio de Rector y el despido de Andrés Sabella y Juan Antonio Pinto de la Escuela de Periodismo. El resultado es que el ingreso a clases se postergó. Ricardo había llegado a la ciudad desde su Rancagua querida para entrar a clases y se encontró con esa situación. El problema práctico era que no había clases, pero tampoco servicio de casino. Alguno de nosotros, alertados, postergamos nuestra llegada a la ciudad. El caso fue que cuando llegué, unos 15 días después, Ricardo ya se había gastado todo el dinero del mes en poder sustentarse. Entonces vivíamos en una pensión en Playa Blanca. Compartíamos una habitación de madera. Era los tiempos de Queen y Rapsodia Bohemia y el Canto Nuevo de cassettes que corrían de mano en mano. Pasábamos los días juntos. No teníamos ni radio ni televisión, así que nuestra única entretención fue leer. Ricardo se había conseguido el libro de nuestro director de Carrera, Mario Cortés, sobre la historia novelada del salitre. Miles de páginas. Despertábamos un par de comentarios y comenzábamos a leer. “Mira Sergio -me decía – lo que escribió el profe” y me leía algunas escenas de sexo relatadas detalladamente. “Como retozaban en sus deseos” y nos reíamos imaginando a don Mario escribiendo esas escenas. Pero Ricardo se burlaba de mí porque yo, sumido en la lectura de “El Lobo Estepario” de Hermann Hesse, aseguraba que yo a las 10 de la mañana le decía “Ricardo, sabes, yo no soy El Lobo Estepario…” y que luego, cuatro horas después, interrumpía su lectura y le decía “Ricardo, sabes, yo soy El Lobo Estepario…” Y se largaba a reír con esa sorna que caracterizaba y su pucho Lucky corto entre sus dedos.

Así pasamos días y días, lo que era de uno era de los dos, así que con mi plata tuvimos que durar hasta que abrieran la Universidad y el casino. Una marraqueta con margarina y jamonada era nuestro almuerzo común. Teníamos hambre. Soñábamos con arroz, con pollos humeantes. Pero más teníamos hambre de aprender y de vivir.

Otra noche, en primer año, fuimos al cine y luego quedamos de reunirnos con Pancho Jara y Andrés. Salimos del cine y nos fuimos caminando. Mientras avanzábamos nos encontramos con algunos amigos y nos miraban sorprendidos. “¿Huaso qué te pasó?… ¿De verdad que te llevaron preso los pacos?… Nosotros más sorprendidos… negábamos todo… Y de nuestros amigos nada sabíamos… Bajamos hasta el Parque Japonés donde encontramos al par (Pancho y Andrés) conversando con una jóvenes… Ahí confesaron que les faltaba dinero para comprar algún copete e inventaron la historia del Huaso para pedir plata para sacarlo de la comisaría… No nos quedó más que reírnos los cuatro… era La Mafia y no había espacio para enojarnos. Bueno, algo sí lo discutimos…

Ricardo fue mi amigo, una persona lúcida, capaz e inteligente, con un enorme corazón y un cerebro reflexivo. Y sin grandes demostraciones era cariñoso y acogedor. Lo admiré en su lealtad y su fidelidad a toda prueba. Su amor a Ana María y su hijo sin dudas… un amor eterno como a la Católica y su gran cariño a O’Higgins, a su madre y sus hermanos…

Y su humor rápido e ingenioso. Cuando la UC fue a jugar a Antofagasta, obvio fue al estadio. Con esa voluminosa cabellera crespa fue blanco de las bromas típicas del estadio. Ahí fue cuando se paró por un casi gol de la Cato y le gritaron “Siéntate cabeza de colchón de pu…”. Ricardo se giró, apuntó a su cabeza y le respondió: “Si, aquí se acostó tu hermana”…

Y esa sonrisa es la que nos queda…

 

 

 

Jenny Navas

“Vivirá en nuestros corazones contándonos
chistes y comentando de la eternidad”

Con Ricardo nacimos el mismo día: un 14 de mayo, y además de ser colegas de signo y celebrar así junto a nuestros compañeros de la U el cumple en un 2×1, también éramos hijos de españoles (su madre por su parte y mi padre por la mía), nos unía nuestra simpatía futbolera por la Cato.

Éramos del mismo grupo, junto al Flaco Pizarro, a Pancho Jara, a Andrés Leyton y a la “chica” De la Cruz. La primera sede para las reuniones, tanto de estudio, como de carrete, era en el departamento de la calle Eduardo Orchard, en Antofagasta. Allí veíamos pasar las noches y las madrugadas echando la talla y escuchando los siempre ingeniosos chistes de Ricardo, “el Huaso”, como lo apodó otro integrante del grupo: Lautaro Assicié, por su origen rancagüino.

 

También escuchando rock, del cual nuestro querido Ricardo, en ese tiempo flaquísimo y de look afro, era fanático, especialmente de Queen y Sui Generis, canciones que cantábamos al unísono, muchas veces hasta el amanecer. Este gusto por la música también lo compartíamos bailando en grupo en una disco que quedaba cerca del parque japonés donde incluso hacíamos coreografías de YMCA, que estaba en pleno apogeo en esos años, principios de los 80.

Como estudiantes que éramos, organizábamos con nuestros respectivos recursos comilonas y otros festejos, y para qué decir, cuándo estudiábamos juntos, especialmente ramos complicados como economía y sociología, nos animábamos con algunos wiskachos o piscolazos para hacer más pasable el “trance”.

 

Ricardo en su ´época de estudiante universitario

Un tiempo nos dio la onda de hacernos “tallas”, casi diariamente, donde Ricardo y Sergio solían ser las cabezas pensantes para hacer de ellas inolvidables.

En un momento Ricardo y los demás compañeros hombres de este grupo apodado “La Mafia” arrendaron un depa en la Torre Pérez Zujovic, creándose entonces mil historias y a su vez muchas fiestas. Con el tiempo se nos unieron otros compañeros queridos como Nazelí Nazar, Ernesto Lagos, José Miguel Infante y el Pepe Alfaro.

Así transcurrieron nuestros tiempos universitarios, al término de los cuales cada cual siguió sus destinos profesionales. Ricardo al “Rancagüino” y después a “El Mercurio” de Santiago. Ahí dejé de decirle huaso y lo empecé a nombrar como Richard, cosa que le provocaba mucha risa.

Como en la universidad, siempre estuvo llano a escuchar, a prestar ayuda, a entregar el mejor consejo. Su sobresaliente inteligencia cubría todos los campos: el intelectual, profesional y el emocional, lo que mantuvo siempre hasta su partida.
En los últimos momentos de su enfermedad, fuimos a verlo, y él, aunque cansado, disfrutaba recordando mil historias y reporteando diferentes cosas, al tiempo que su maravilllosa compañera Ana María y su hijo Ignacio, nos recibían con gran cariño, como también su hermosa madre.

 

Estaba agotado de sentir el paso de esta horrible y maldita enfermedad y decidió entrar a la “etapa de sedación”, no sin antes luchar por su vida a través de varios caminos de medicina paliativa y complementaria. Él era fuerte, luchador y tesonero.
De la última vez que lo vi, hace algunas semanas, guardo el hermoso recuerdo de ver su cara de agrado y alivio cuando Naze le hizo reflexoterapia a sus pies hinchados. Por mi parte, aún guardo en mis manos el gusto de haber masajeado con infinito cariño ese cuello y hombros que mantuvieron de pie por 58 años a ese gran hombre que siempre vivirá en nuestros corazones contándonos chistes y comentando con su inteligente humor los pormenores de la eternidad.

 

 

Julio César Moreira

Píldoras mugovskianas

 

Amigo Ricardo, que el aullido de la puihua, el nostálgico canto del chucao, el abrazo ancho y fresco de los nalcaderos y el susurro de los eternos ríos que me acompañaron en mi niñez, te salgan a saludar en este viaje a la mapu-semilla.

 

LEER GATEANDO
Apenas llegaba del colegio, arrojaba su bolsón hacia cualquier lado y entraba gateando a su casa, casi sin ser visto. Es una costumbre que su familia nunca olvidará, porque más tarde derivaría en su gran pasión: el periodismo.

En esa posición y masticando una jugosa manzana, Ricardo realizaba un recorrido que tardaba hasta 2 horas.
¿Qué hacía Ricardo en tan extraña actitud, a la edad de 10 años?…leía cada una de las hojas de diario que su madre, con tanto esmero, había instalado en el piso recién encerado, recuerda su hermano Manuel.

– “Siempre se interesó en las noticias, la única manera de informarse era con esas hojas que ponían en el piso”-, agrega.

 

SONIDOS EXTRAÑOS
La primera vez que vi a Mugovski- siempre le dije así, por asociación con un personaje ruso ficticio- me asombraron los sonidos que emitía al caminar. Al principio pensé que su corpulencia era la que hacía crujir, de una manera muy rara, el piso de madera del diario.

El enigma lo descifré cuando mi colega, en ese tiempo dotado de una profusa barba y un motudo cabello, abrió su mochila y dejó caer cientos de casetes de música. Mi amigo era un melómano (fanático de la música).

 

CONFIANZA EN EL AMIGO

Era su primer auto. Un escarabajo rojo, con algunos años en el cuerpo y que a veces tendía a toser, como si el humo del cigarrillo de su propietario le afectara.

Ricardo lo adoraba. Era su joya de fines de los 80, y pese a la diferencia de tamaño, dueño y auto congeniaban perfectamente.
-¿Te desafío a que lo saques de donde está estacionado?- me dijo de sopetón, a sabiendas que yo recién aprendía a conducir y que, para mí, lo más cercano a un vehículo eran los tractores.
– Te tengo confianza y sé que lo vas a lograr- remarcó.

Me imaginé lo que eso representaba para él. Estaba poniendo en mis manos su mayor pertenencia material.
Y me atreví. Y le cumplí, porque eso es lo que hay que hacer con los amigos que confían en uno.
La pequeña abolladura causada pasó inadvertida.

 

 

HECHOS QUE ENFURECEN
Sólo dos veces lo vi perder la paciencia.

 

Un día lunes, y poco antes que Mugovski arribara a la redacción, un gracioso colega me incitó a que le preguntara cómo le había ido a la UC.

No lo hice de inmediato y esperé a que el “bueno” de Ricardo colocara la música que a mí me gustaba.
Finalmente decidí, con la más absoluta inocencia- no sabía que le gustaba ese equipo-consultarle.

Creo que la c…dije para mis adentros, porque Mugovski desenchufó el tocacasete, guardó todo en su mochila y salió a tranco largo.

Otra vez, a propósito de una noticia. El boxeador Carlos Monzón había arrojado a su esposa por la ventana. La mujer tenía uno de los apellidos de Ricardo.

-No puedes permitir que te tiren la familia por la ventana- le dije en tono de broma.
No sé quién paró la trifulca, y me evitó unos días con suero a la vena.

 

Mónica “Titi” Rojas, periodista de El Mercurio

Amigos hasta el fin…

“¡Yo no soy machista!”… aseguraba con firmeza. Aunque, la verdad, es que ninguna de las mujeres que trabajaba con él le creía. “Oye… si es cierto”, insistía con una convicción que era tan propia de él. Sin embargo, no hubo justificación que le valiera para convencerlas, menos aún si a la hora de almuerzo emprendía rumbo hacia alguna “picada”, escoltado por su Club de Tobi.
Sin embargo, son esas mismas mujeres la que destacaron siempre en él que velara más por la persona que por el periodista. Humano hasta los huesos; una característica casi extinta en el medio, pero que él cultivaba con la naturalidad del hombre bueno. Olía las noticias… tenía ese olfato periodístico propio de los que saben, de los bien informados, de los que hacen de su profesión un apostolado.

 

Crítico de los lugares comunes y de los eufemismos; lo suyo era lo directo, sin adornos, pero dicho con una ironía elegante que despertaba admiración. Fui testigo de un episodio que se desarrolló en su escritorio. Por ahí un colocolino se atrevió a criticar el juego “tibio” de la Católica, el equipo de sus amores, y él, en menos de un minuto, había expulsado un raudal de datos inimaginables que terminaron por borrar la sonrisa socarrona de su temerario desafiante.

Hace unos años encontré una foto de Ricardo cuando era mechón y escuchaba a Sui Generis y Queen. Lucía una melena de grandes rulos al viento, una chaqueta de jeans que difícilmente se quitaba y un pucho en la boca. Me la arrancó de las manos y partió decidido hasta donde escribían los reporteros de su sección: “ven que era flaco”, les señaló con insistencia, como reafirmado una verdad pretérita, de una época en que todos éramos último modelo.

Admiraba su capacidad para comunicarse con la gente, con sus dirigidos, con los jefes, con don Agustín, con los periodistas de Deportes. Siempre había mucha gente a su alrededor, quizás por eso hoy es tan difícil pasar por la Crónica y no verlo conversando. Su ausencia se tomó ese espacio, pero su recuerdo se levantará inexorable entre los que quedan, porque hombres como Ricardo no pasan por esta vida sin dejar huella.

“Friends will be friends right to the end”, dice una canción de Queen y es mi pequeño homenaje a unos de esos amigos que serán amigos hasta el fin… y aún después.

Hasta que nos volvamos a encontrar.

 

Algunos datos de su vida

Ricardo Muga nació el 14 de mayo de 1960, en Rancagua. Estudió en el Instituto O’Higgins y Periodismo en la Universidad Católica del Norte. Trabajó como corresponsal de Las Ultimas Noticias, jefe de Informaciones en El Rancagüino y corresponsal de El Mercurio. Después fue contratado en El Mercurio de Santiago, donde ocupó los cargos de editor de Regiones, subeditor de Política, editor de Justicia y Seguridad; y –cuando ya estaba enfermo- se desempeñó en Temas Especiales.
Casado con Ana María Urrutia y padre de su único hijo, Ignacio. Su madre, Dolores Muñiz, de nacionalidad española, también lo acompañó en su difícil etapa de la enfermedad que lo afectó, a causa de la cual falleció el martes, un día 14 –como el de su nacimiento- en su casa en Rancagua, rodeado del amor de su familia.

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