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Mural de Dasic Fernández en Nueva York.

Ojo con el arte urbano

Algunos tienen sus raíces en el mundo del graffiti, otros en el muralismo latinoamericano; todos crecieron en Rancagua y comenzaron a pintar en esta ciudad cuando eran pequeños. Hoy, estos artistas llenan de color los muros de la región y, en algunos casos, del extranjero.

Marcela Catalán

Cuando tenía 13 años, Dasic Fernández conoció la cultura hip-hop y ésta cambió su modo de relacionarse con el arte, ya que hasta ese momento simplemente era un niño que dibujaba desde pequeño. Sin embargo, bajo su influjo comenzó salir a la calle para experimentar con el spray y hacer graffitis. Hoy, aplicando herramientas de esa corriente en la realización de pinturas en espacios públicos, es uno de los chilenos más reconocidos del rubro. Sí, ya que este rancagüino acumula obras en diferentes lugares de Estados Unidos; sus creaciones han acaparado la atención de la prensa, debido a la prolijidad y creatividad de sus diseños. En estos es posible ver a coloridos encapuchados, psicodélicas parejas besándose, y un sinfín de imágenes.

Pero el descubrimiento de todo lo relacionado con el rap no fue lo único que hasta estos días impacta en su trabajo. Y es que cuando ingresó a la universidad, comenzó a inclinarse por otros tópicos y de este modo se amplió su horizonte e ingenio. De tal manera, con otro sentido, se atrevió a intervenir muros. “Así me involucré en el muralismo, aunque su definición latinoamericana no corresponde propiamente a lo que hago”, afirma. Según explica, tal concepto alude al relato de una historia. “Lo mío se acerca más al arte en espacio público, a las intervenciones urbanas. No considero que haga graffitis, aunque todo lo aprendí a través suyo: estos se refieren a actos ilegales y consisten en la realización de letras”, argumenta.

Fernández creció entre Rancagua y Graneros, y ha desarrollado la mayoría de sus labores en Estados Unidos. ¿Es distinto dedicarse a ello fuera del país? A su juicio, la diferencia radica en la apreciación del público. Al espectador nacional “le falta bastante más educación en materia de arte general, ya sea en relación a la música, el teatro o la danza. Es otro el impacto y la valoración”, arguye.

Miguel Chacoff suma creaciones en variados países de Europa, además de Brasil, Argentina y Chile. “Acá hay recursos y existen muchos espacios para intervenir, pero la región y el país están muy atrasados a nivel cultural. Debería ser mucho más fácil generar proyectos, pero no; es más complejo conseguir los recursos, también hay personas que te dicen que sí, aunque luego afirman lo contrario o no te responden el celular. Por ende, se hace más complicado vivir del arte”, esgrime.

Este rancagüino empezó a hacer murales de la mano del graffiti, modo de expresión que descubrió durante un viaje que realizó a Estados Unidos. Tenía diez años cuando tomó el metro y vio una serie de letras pintadas en su túnel de Washington. “Estaban súper bien hechas, pero eso ocurrió hace 20 años atrás, quizá ahora me parecerían feas. Me sentí maravillado”, comenta. De regreso a la capital regional, compró latas de spray y experimentó en murallas. También destaca la influencia de cómics y videojuegos.

Más tarde ingresó a estudiar Arquitectura, carrera que vinculó al graffiti “al hacer obras convertidas en material de revestimiento” que hacía pensar. A partir de su tercer año en la universidad, sus propios docentes le ofrecieron trabajos. En 2006 se fue a vivir a España, donde estuvo durante siete años. “Allá desarrollé mucho mi visión como artista, también debido a la existencia de más posibilidades, ya que la gente te ve como un extranjero con deseos de hacer cosas. Los mismos artistas me apoyaron mucho: hice muy buenas amistades, quienes me invitaron a iniciativas increíbles”.

A sus ojos, “en Chile es muy difícil (crecer en este ámbito): debes ser muy constante y tener fe”. De ahí que se refiera a los ocho silos que junto a Philippe Carrera pintó en el Parque Koke de Rancagua, propuesta donde aluden a la flora y fauna de la Reserva Nacional Río Los Cipreses. “Empecé a desarrollar esa idea en 2012 y de a poco la fuimos moldeando”, asegura.

Tanto Fernández como Chacoff creen que éste es un buen momento para realizar arte visual en espacios públicos. “Yo no estoy muy ligado con la realidad nacional, ya que me he enfocado más en Estados Unidos. Pero en general, por lo menos en el extranjero, en las principales escenas artísticas como Estados Unidos y Europa, hay un boom gigantesco en el ámbito del muralismo y arte urbano. Las galerías también tienen mucho interés en quienes pintan en la calle, ellos se metieron allí con mucha fuerza”, opina Dasic. Se trata un panorama del cual es parte, y que visualiza en Chile. “Quizá acá sucede a otra escala, sin embargo, está repercutiendo”, observa.

Chacoff igualmente cree que cada vez son más las vitrinas internacionales con creadores provenientes del graffiti, agregando que aquello está ocurriendo con el street art santiagüino. “Chile pasa por un muy buen momento en esto, pero es súper importante que los creadores sean disciplinados y tengan poder de gestión. Porque si su idea es buena y la presentan, generarán credibilidad en sus proyectos”. Él piensa que las empresas saben que pueden conseguir resultados positivos al vincular propuestas artísticas con sus productos, acercando estos últimos a la gente. “Eso me parece súper bien, pues los muralistas consiguen trabajo con las marcas”, arguye.

No obstante lo esgrimido, trabajos de ambos han sufrido rayados. “Me pasaba cuando era más joven. Como ahora pinto en altura, no es fácil atacar un muro de un edificio. Tendrías que conseguir grúas y andamios”, asevera Fernández. Sin embargo, en 2016 en Estados Unidos, él y otros artistas resultaron afectados cuando el dueño de un edificio, un centro donde se acostumbra hacer propuestas de arte urbano, borró sus creaciones. “Ganamos la demanda con indemnización incluida. Probablemente una situación así no tendría la misma respuesta según la ley chilena; pero fue un caso emblemático que, al tener lugar en Nueva York, termina educando dentro de otros países, ya que esa ciudad influye en el mundo entero”, sostiene.

En el caso de Chacoff, en el sector del Metro Universidad Católica de Santiago, participó en la realización de un mural colectivo que aparentemente fue rayado por graffiteros. “En 2015, varios artistas hicimos una intervención muy linda. Pero la hicimos en un lugar que era utilizado por graffiteros, por lo que nosotros borramos lo que había ahí y ellos rayaron luego de una semana; dijeron que nos habíamos apoderado de su territorio. Fue un error de parte de la organización, pero teníamos fotos (de lo hecho), así que tampoco fue tan doloroso; la pena fue para la comunidad. Por tanto, cuando uno planifica un proyecto, debe saber dónde lo hará. Hay que ser súper inteligente al momento de gestionar”, recalca.

CUANDO ELLAS PINTAN EN LA CALLE

“En el ámbito del graffiti siempre hubo menos mujeres, por lo menos en regiones. En el muralismo participan más, probablemente porque es más cercano a los movimientos políticos, las revoluciones. El graffiti funciona al revés: empiezas haciendo bombas, tags, lo que significa andar en las calles, pintar con hombres, escuchar rap. Hubo niñas, pero al poco tiempo se retiraron. Por lo menos en Rancagua, yo recuerdo a muy pocas”, opina Bárbara Prudant. Ella comenzó a pintar en las calles cuando tenía alrededor de 15 años. La también periodista ingresó al mundo del graffiti de la mano de su amigo y mentor ‘OMS’, quien la bautizó con su nombre para dedicarse a esta labor: ‘BPRO’.

“Siempre pedí todos los muros, porque al ser mujer, me costaba más que en mi casa me permitieran salir a pintar y comprar mis materiales. Por tanto, no me iba a arriesgar a hacer uno sin contar con el permiso para que después me llevaran presa. Me daba el trabajo de solicitar la pared a su propietaria, que por lo general era una abuelita con quien terminaba de amiga y me daba once”, cuenta entre risas.

Respecto a las féminas que pintan en lugares abiertos y hasta hoy están activas en O’Higgins, si bien reconoce que son escasas, piensa que ello podría deberse a factores locales. “Luna Calquín pinta harto, también se está armando otro colectivo de chicas que quiere salir a pintar. Quizá se trata de algo propio de cada región y no todos debemos hacer lo mismo, porque esto igual responde a las condiciones que te rodean. Pero hay que tomarse este terreno. Quizá se relaciona con que no es tan cómodo para las mujeres: yo por ejemplo no pinto en invierno, porque me hace mal para la salud. Lo entendí así y está bien; otras fueron mamás y está bien decidir. Tal vez las demás se encontraron con situaciones más machistas, pero en la región, no podría hablar de algo así”, afirma.

“No podría decir que me he sentido rara, por ser una de las pocas mujeres en esto; para nada, tuve muchos muros y pronto los renovaré. No tiene tanto que ver con un asunto de género, hay otras cosas que prevalecen, como el respeto. Sin embargo, ese sentimiento (de seguridad y respeto) debe estar presente en todas. Ya está bueno que seamos tan pocas. Las mujeres siempre nos hemos apropiado de todo, no obstante, cuando no hay otras que nos acompañen… Algunas necesitan un empujoncito”.

Respecto a sus inicios pintando en espacios abiertos, recuerda que ella y otros chicos, influenciados por la cultura hip-hop, anhelaban “encajar en el graffiti y hacer letras, muy al estilo de Nueva York. Pero te estancabas… y a mí siempre me gustó dibujar. Después de mucho tiempo, empecé a hacer otras cosas. Se trataba de personajes más relacionados con la ilustración. También me encontré con creadores de otras partes del país e incluso de Brasil, quienes tenían un estilo mucho más orgánico y relacionado con su territorio, mientras que el rap o lo gringo marcaban demasiado a los chilenos. Así decanté en el muralismo”, comenta, agregando que esto ocurrió cuando tenía cerca de 23 ó 24 años.

A su modo de ver, la mayoría de los muralistas de su generación vienen del ámbito del graffiti. “Varios se conectaron consigo mismos a través del muralismo, mientras que otros siguieron por ese camino” anterior, añade.

Bárbara opina que el género del pintor no tiene mayor relación con su técnica o con las temáticas de su interés. “Es muy transversal. Da lo mismo si quien crea es hombre o mujer, aunque (como persona) cada cual tiene su estilo y trabaja en base a éste. Por ejemplo, Luna tiene uno muy particular. Tú miras sus obras y puedes decir que son de su autoría”, apunta.

Prudant cuenta que actualmente conforma una crew junto a su pareja. ‘Mano de obra’ se llama este grupo o dueto de trabajo, el cual fundaron hace siete años. “Un componente importante de mi quehacer, se vincula con la naturaleza y los personajes. Por lo general hay uno presente. También hay elementos un poco más místicos, quizá porque me encuentro en un momento más místico de mi vida”. En cuanto a sus referentes y técnicas, creció entre los óleos del taller de su madrina María Victoria.

“Siempre me ha gustado aprender y de modo constante me pongo a prueba: el aerosol es una técnica, pero además descubrí que pintar con una mancha te da mucha más libertad para otras cosas. Para mí, esto ha significado salirme un poco del ámbito del graffiti y empezar a utilizar pincel, brocha y rodillo; son herramientas que están ahí, al servicio del creador. Por tanto, no me cierro a nada. Uno aprende mucho en la calle y de los mismos creadores”, comenta.

Luna Calquín debutó en la realización de un mural cuando tenía siete años, lo que ocurrió junto a sus padres, en un hogar de niños de Don Guanella. Ella se aproximó al tema desde el muralismo más tradicional. “Me gustan clásicos muralistas, como los mexicanos Siqueiros y Diego Rivera. También me gusta mi papá (Roberto Calquín) y (Alejandro) ‘Mono’ González de la Brigada Ramona Parra. Me agrada cómo él resuelve todo y su trabajo en murales colaborativos, al expresar una idea que quizá es de contenido político. Me gusta el mural con contenido”, asegura.

“De mi padre me gusta todo. Lo admiro mucho y me ha enseñado demasiado: es el gran maestro que he tenido, mi referente máximo. Igualmente me gusta la obra de mi tío León Calquín”, añade.

En esa línea, Luna recalca que se siente cómoda trabajando en murales colaborativos. “Por eso mis diseños son súper sencillos, de ribete grueso, colores planos. Nunca he hecho uno sola, sino que me agrada realizarlos con niños, adultos, gente de toda edad para que pinte. Si mis gatos pudieran, también haría uno con ellos”.

La artista también piensa que pocas mujeres hacen murales en la región. “Me encantaría que fuéramos muchas más, aunque están brotando en distintos lugares. Casi todas mis amigas pintan, algunas son profes o tienen un emprendimiento, pero es difícil vivir del arte en este lado del país. Hay que andar inventando proyectos, aunque debes ser valiente para hacerlo. Quizá por eso no hay más, porque no hay tiempo para enfocarse en el tema”, opina.

En ese sentido, resalta que el panorama es opuesto en Santiago. “Es increíble cómo, a una hora de Rancagua, pasan otras cosas. Hace tres años asistí allá a un encuentro de pintoras callejeras, y fueron muchas. Por ejemplo, está ‘Cami Na’. Ella es líder en este ámbito y propone temas potentes, como la situación de la machi (Francisca) Linconao. Admiro mucho su constancia”.

A su juicio, ella misma y sus congéneres tienen un modo particular de aproximarse a esta forma de expresión. “La sensibilidad (es diferente): uno quiere ponerle cariño, incluir personajes, quizá (destacar) cosas ocultas, tal vez se debe a nuestro romanticismo o al hecho de que nos atrevemos a usar colores que todavía son tema en el ámbito del machismo. Tenemos más libertad”, sentencia. En cuanto a técnica, considera que no hay distancias respecto a los hombres. “Sí me ha pasado que he llegado a un lugar a hacer cosas, hay muchos hombres y se preguntan quién soy. Después ven que pinto, pero creo que les duele un poquito lo que sucede con el feminismo. Están aprendiendo”, desliza.

No obstante lo dicho, a la hora de ejecutar proyectos, subraya que el artista local Raúl Cancino es un constante compañero suyo. “Nos llevamos muy bien trabajando, somos amigos y colegas, y tenemos el mismo lenguaje”, remata.

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