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Don Mateo de Toro y Zambrano, un hombre clave en un momento clave de nuestra historia.

 

Parafraseando una vieja tonada folclórica, y a propósito del personaje cuya importancia tenemos interés en destacar, podemos asegurar que el chileno, ante las efemérides nacionales que se celebran con días festivos, no tiene ningún interés en saber qué se celebra, a quién se celebra o por qué se celebra. Lo importante es celebrar:

“Cuando hay que celebrar, celebramos…”

El 18 de septiembre de 1810, se celebró la Primera Junta Nacional de Gobierno, que de ninguna manera corresponde a la fecha de nuestra independencia. Esta Junta, Cabildo o como se la quiera llamar, obedecía a la invasión napoleónica de España y el reemplazo del monarca Fernando VII, por el hermano del emperador, José Bonaparte, al cual los españoles dieron el apodo del Pepe Botella. (1808-1814) Es falso que José fuera un borracho empedernido, bebía como cualquier francés; más bien era un sátiro que tuvo en todas partes una colección de amantes que daba miedo, pero estos chismes no son parte de nuestro tema. Tampoco endilgaré un discurso explicando en qué consistió la Primera Junta y qué objetivo tenía tal asamblea. Mi intención es mostrar que Don Mateo de Toro y Zambrano, contrariamente a lo que muchísimos creen, no era español, sino chileno. El Conde de la Conquista, ese era su título nobiliario, nació en Santiago el 20 de septiembre de 1727, fue bautizado dos días después de su llegada a este mundo por su tío, que fue también su padrino, el Pbro. D. José de Toro y Zambrano. (Futuro17º obispo de Concepción: 1746-1760) D. Mateo era tataranieto de Tomás de Toro, (español, nacido en Jerez de los Caballeros en 1575) primero de esta familia avecindada en Chile en 1597. Combatió en Arauco durante catorce años, llevaba veinte dedicado a la agricultura cuando fallece su mujer Baltazara de Astorga. (1630) De su matrimonio nacieron: Alonso (que casó dos veces) y María Mayor de Ribera. Tomás de Toro luego de enviudar ingresó a la Orden de San Francisco. Los padres de D. Mateo fueron D. Carlos de Toro y Zambrano y Doña Jerónima Ureta y Prado. De esta unión nacieron: Nicolasa, José, Mateo (nuestro futuro Conde) y Andrés.

 

Cuando D. José Manso de Velasco fundó la Villa de San José de Logroño (Melipilla) en 1749, concedió a D. Carlos de Toro en la nueva población y le hizo Regidor de la misma. Tres años más tarde era Alcalde del Nuevo Cabildo. No fueron familia de fortunas los Toro-Zambrano Ureta, pero sí de buen nombre y mejor fama que valían mucho en la sociedad y jerárquica de la época. Por ambos lados: Toros y Uretas eran brillantes y prestigiados. Los hijos varones de este matrimonio (Toro-Zambrano y Ureta y Prado) a saber: José, Mateo y Andrés no tendrán que buscar méritos empuñando la espada (la Guerra de Arauco languidecía) sino soñar con horizontes nuevos y acariciar nuevas ambiciones. Quiso su tío D. José, por fin obispo de Concepción, (sus líos con el gobernador Cano de Aponte y la lerda burocracia de la Corte demoraron demasiado la llegada de la mitra) que su sobrino preferido, D. Mateo ingresara a la vida sacerdotal. Hábilmente se escurrió el jovencito y el 3 de mayo de 1571 contraía matrimonio con una mujer “socorrida de bienes espirituales y materiales”, doña Nicolasa Valdés y Carrera de cuyos pergaminos de rancia y selecta aristocracia sería largo y complejo disertar. Entre tanto, D. Mateo ganó crédito en el comercio y fue bien apreciado por la sociedad santiaguina que admiraba sus dotes de buen administrador, su discreción, y su espíritu de servicio. En 1754 había entrado al Cabildo de Santiago de Regidor y Alcalde de Aguas. Suplió por más de dos meses al Alcalde ordinario con el beneplácito general y cuando solo tenía 27 años de edad.

 

No ignoraba D. José de Toro, el anciano obispo de Concepción la fama y buen nombre de su sobrino y viéndose ya achacoso y “con el pie en el estribo” no solo daba gracias a Dios por “haber tenido tan buena mano de sacarte de la pila” (bautizarle y apadrinarle) sino que le hizo su único heredero. Si mucho había tardado en llegarle la mitra, mucho más demoró la instancia para que se aceptara su renuncia al obispado y así el 1 de mayo de 1760 fallecía D. José. (Barros Arana da como fecha el 31 de mayo.) Como el difunto padrino, tío y obispo sentía horror por los testamentos, D. Mateo que veía acrecentarse su caudal económico hubo de pasar por un largo y tedioso juicio, hasta que en 1763, el rey Carlos III dirimió el asunto: dineros, esclavos y muebles debían entregarse a D. Mateo. Alhajas y ornamentos serían para el Cabildo Eclesiástico de Concepción. Pero, la verdad sea dicha, D. Mateo entre herencias y compras era hacia el 1780 un terrateniente próspero y su fortuna era una de las más sólidas del Reino. Tome en cuenta el amable lector que en 1767 se había expulsado a los jesuitas. La Real Hacienda creyó y se equivocó, que los remates de los bienes de la Orden expulsada aumentarían los caudales de las arcas reales. Eyzaguirre nos dice que no había fortunas privadas capaces de adquirir esas propiedades inmensas y que los escrúpulos religiosos retraían a los pocos que acaso quisieran comprar o rematar algo de esos bienes usurpados. La sola estancia de Rancagua, (La Compañía) se tasó en 72.865 pesos. La primera postura la hizo el señor Miguel Rian que era el arrendatario desde la expulsión de los hijos de San Ignacio. Don Mateo ofreció 80 mil pesos pagaderos en un año. Por su lado el Sr. Rian presionó ofreciendo 90 mil pesos en anualidades de diez mil. Se suspendió la subasta para el día 16 de octubre de 1771 (la primera había sido el día 11) y se impuso D. Mateo al ofrecer 90 mil pesos pagaderos al cabo de nueve años. El 24 de octubre, la Real Hacienda le adjudicaba La Compañía. (8.775 cuadras, que incluía 38 esclavos negros, 7.600 cabezas de ganado vacuno, 4.913 ovejas, 525 caballos, 540 mulas y 104 burros.)
Como todo hombre pudiente, aristócrata y culto de la época, D. Mateo amaba los honores y se inclinaba insensiblemente hacia la actividad pública. Así alcanzó el título de Gobernador de La Serena (1750) y luego el cargo de Gobernador de Chiloé. Se pagaba por estas “mercedes”, pero D. Mateo renunció a estos títulos y cedió el dinero invertido a la Real Hacienda. (1766-1761).

 

Durante el gobierno de Amat y Junient se desempeñó como Alcalde de Moradores, Corregidor y Justicia Mayor de Santiago, Lugarteniente de Capitán General y Teniente de Alcalde Mayor de Minas. Eyzaguirre dice que “supo cumplir sus deberes con desvelos y generosidad sin descuidar en medio de tantos afanes ni siquiera las nimiedades protocolares a que era tan inclinado el vecindario”. Pocos chilenos conocen el elogio que D. José Perfecto de Salas expresó en 1762 al referirse a D. Mateo: “Honra del criollismo, pocas palabras, mucho juicio; gran caudal, muy hombre de bien”. (Amunátegui Domingo. Anales de la U. de Chile. Citado por Eyzaguirre.) El mentado D. José Perfecto de Salas fue Asesor del Virrey Amat y Junient, que primero había sido Gobernador de Chile como ya queda dicho. Mucho debiéramos extendernos si quisiéramos consignar las múltiples actividades que desempeñó D. Mateo y mucho más aún si intentáramos mostrar el celo, responsabilidad, capacidad de mando, creatividad e ingenio que como hombre público puso en evidencia a lo largo de su vida. Como Corregidor, “la justicia anduvo puntual y seria”. Las obras públicas avanzaron bajo su súper vigilancia: cuatro cuadras ganó la construcción de los Tajamares del Mapocho proporcionando para ello plata de su propio bolsillo; (19 mil pesos, pues el Cabildo estaba con las arcas agotadas) se prosiguió con el Puente de Cal y Canto y, como buen cristiano, costeó de su caudal los sueldos de los obreros que repararon el templo de San Lázaro y proporcionó los dineros requeridos para que las solemnidades religiosas no se suspendieran por falta de fondos. (V. gr. Procesión del Cristo de Burgos en la Semana de Pasión del 1770.).

 

En varias ocasiones, D. Mateo dimitió de sus cargos, pero virreyes y gobernadores le hacían ver que sus servicios eran indispensables. D. Mateo debía seguir en ejercicio de sus cargos “por convenir así al servicio de ambas majestades”. (La del cielo y la Madrid) Las autoridades informaban a la Corte de sus méritos y junto con detallar al rey los servicios prestados terminaron pidiendo a su Majestad “le premiase, concediéndole merced de hábito de alguna de las órdenes militares”. Pero D. Mateo aspiraba a un título nobiliario de Castilla (conde, duque, marqués) y tenía en la Corte nada menos que a su hermano José, cuya influencia determinó que, por Real Cédula, expendida en Aranjuez el 6 de marzo de 1770, Carlos III concediera a D. Mateo y a sus herederos y sucesores el título de Conde de la Conquista. El la persona de D. Mateo, el rey premiaba a una pléyade de hombres que habían luchado por construir y mantener el Reino de Chile: desde el guerrero Tomás de Toro, pasando por Cristóbal y Alonso Escobar, Juan de Cuevas, Andrés Jiménez, Juan Bautista Pastene, Francisco de Ureta, Diego Martínez de Prado, etc. “Un árbol genealógico que hundía sus raíces en la gloriosa epopeya de América”. Los Toro Zambrano podían exhibir linajes, por los cuatro costados, “de buena e hidalga cepa y de honrosas actuaciones”. Los predecesores de D. Mateo, pasaron holgada y limpiamente las detalladas investigaciones que la Orden de Santiago hiciera de la genealogía y nobleza de D. Mateo, que el 14 de agosto de 1778 obtenía el hábito de Caballero.

 

Tampoco descuidó Don Mateo sus deberes de esposo y padre. Eso sin dejar de hacer hincapié en la ortodoxia y fidelidad del mayorazgo, excluyendo, así lo dispuso, de todo derecho a quien incurriera en herejía o crimen de lesa majestad. De su unión con Nicolasa Valdés nacieron José María (1764-1779); fallecido prematuramente a los 26 años; José Gregorio (heredero del título condal por muerte de José María, pasó a España donde en 1763 obtiene el hábito de Santiago.); Eusebio Joaquín. (Tercer hijo, nació en Stgo. en 1762) También pasó a Madrid, siguiendo la carrera naval. No obstante, para 1798 estaba de regreso a Chile donde contrae matrimonio con María del Carmen de Andía Yrarrázabal, perteneciente a la aristocracia vasca, emparentado con Francisco de Yrarrázabal, compañero de Ercilla en la expedición de Hurtado de Mendoza. Domingo José de Toro, el cuarto (nacido en 1770) se dio también a la carrera de las armas y perteneció a la Orden de Alcántara, casó en 1801 con doña María de Guzmán cuyo padre era padre era Catedrático y Rector de la Universidad de S. Felipe y Oidor de la Audiencia de Bogotá. Las hijas del Conde: Josefa, María Mercedes, Mariana y María Inés casaron bien y sin angustias de dotes ni cosa parecida.

 

Sin duda, que cuando se trató de convocar a un Cabildo abierto y elegir una Junta de Gobierno, se puso en la encrucijada a una hombre lleno de méritos pero cargado de años y fácil de caer en la influencia de los que lo rodeaban. Así y todo, D. Mateo elegido Presidente de esa Primera Junta del 18 de septiembre de 1810, dio pruebas de ser un hombre íntegro. El 26 de febrero de 1811, incapaz de sobrellevar el dolor que le causó la muerte de su esposa Nicolasa, entregó su alma a Dios el Conde de la Conquista Don Mateo de Toro y Zambrano. Solemnes funerales se celebraron en el templo de la Merced, donde fue sepultado. El 15 de marzo de 1811 se ofició una Misa de Réquiem en memoria de su alma y Fray Miguel Ovalle pronunció una brillante Oración Fúnebre en honor de D. Mateo en el mismo templo. “Pacífico, bondadoso, prudente y dócil a los consejos de los sabios… afable, franco y llano…” Para orgullo de Chile, cuando la Patria era solo un anhelo, una frágil llama, un sueño, Dios nos deparó un hombre cabal, extraordinariamente equilibrado, honesto y fiel a los valores cristianos. Un hombre clave, en un momento clave de nuestra Historia.

 

Mario Noceti Zerega

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