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Recuerdos regionales acerca de la epopeya del No

 

Marcela Catalán

 

 

El cinco de octubre, se cumplieron 30 años del plebiscito de 1988 que permitió más tarde el regreso de la democracia a Chile, en una contienda en la cual votaron más de 7 millones de personas. Se trata de una jornada inolvidable para todos los compatriotas que, independiente de sus posturas, vivieron la intensidad del referéndum.

 

“Abracé a mi esposa, hijos y familia, lloré y pensé que para nuestros hermanos se terminaban los asesinatos”, recuerda Eugenio López, ex dirigente demócrata cristiano del cobre, mientras que el entonces reportero de este diario, Julio Moreira, apunta a que “fue un día para periodistas prudentes y con nervios de acero. Para mí, la jornada estuvo cruzada por expectativas e incertezas, como para la mayoría de los rancagüinos y rancagüinas”.

 

A continuación, revise testimonios acerca de cómo se vivió el referéndum en la Región de O’Higgins.

 

 “En esa época teníamos ideales”
Patricia Vásquez, apoderada del No en el Colegio Moisés Mussa de Rancagua.

 

En ese entonces yo tenía 22 años y no militaba en un partido político, pero participé en el plebiscito a través de la DC. Este proceso representaba algo nuevo e histórico, y quería aportar de algún modo. Yo cursaba Derecho en la Universidad Católica de Valparaíso y la directiva de la federación de estudiantes me dio el documento para ser apoderada. Como alumna de Derecho, no me hicieron muchas advertencias respecto a ello, pero sí nos motivaron a estar atentos y defender los votos.

 

Llegué muy temprano al local, como a las 7:30 de la mañana. Estaba muy emocionada, sentía que era un momento muy importante para nuestro país y eso era muy motivador. Al igual que muchos, temía que hubiera un fraude, pero al mismo tiempo creía que ésa era la oportunidad de volver a una democracia que nunca conocí, porque era muy niña en 1973. Pensaba que lo mejor para Chile era tener la libertad de decidir quién debía gobernar. Mi esperanza era que ganara el No y consideraba muy relevante expresarlo mediante el plebiscito.

 

Ese día completo, significó una gran experiencia para mí. Destaco la civilidad que mostraron todos, desde quienes estaban a cargo del recinto, los distintos apoderados, hasta quienes estaban por el Sí o por el No; todos mostraron respeto y la discusión por los votos ocurrió dentro de un marco de mucho respeto. Chile estuvo a la altura y me sentí orgullosa de eso. Logramos lo que queríamos: una convivencia respetuosa entre los diferentes sectores políticos. En el transcurso, cada uno tenía altas expectativas. La gente sufragaba y se iba a su casa. Había un clima especial, sabíamos que se trataba de un momento histórico y eso flotaba en el aire.

 

Me quedé en el local hasta que se cerró el recuento de votos de la última mesa y ya se sabía la tendencia. Sin embargo, no tenía noticias de otros recintos. Al terminar la jornada, me fui a mi casa a ver la televisión y escuchar la Radio Cooperativa, aguardando junto a mi familia, y confiada en que ganaría el No y su triunfo sería reconocido, pero la espera fue tensa. Cuando finalmente esto ocurrió, fue un instante mágico y de mucha alegría.

 

Creo que en esa época teníamos ideales y pensábamos que ése era el mejor camino para nuestro país. En mi universidad teníamos dos delegados, uno representando a cada sector, y se hicieron apuestas que después debieron ser pagadas. Todos cuidamos el país y asumimos con gran responsabilidad lo que venía después: primaba la nación y esa mística se ha perdido entre los políticos actuales, quienes se mueven por intereses personales o partidistas. Sin embargo, lo anterior no ensombrece el hito de aquel 5 de octubre de 1988. Fue un gran día, que permitió vivir en la democracia de hoy.

 

Ojalá el recuerdo de esa fecha sirva para reflexionar acerca de lo frágil de la democracia y que todos somos responsables de cuidarla. Todas las posturas son trascendentales y enriquecen la discusión; debemos aprender a respetar opiniones distintas y buscar entre todos lo mejor para Chile. En tiempos de tanto desprestigio de las instituciones, debemos volver a los ideales que las fundamentan y pensar en el bien común.

 

 

“El Rancagüino y sus reporteros nos sentíamos protagonistas de un momento crucial”
Julio Moreira, periodista de El Rancagüino en 1988.

 

Ni siquiera mi guagua de dos meses pudo abstraerse del nerviosismo y tensión: vomitó a la amable vocal de mesa que la tomó en sus brazos, mientras mi esposa emitía su sufragio en el Colegio República Argentina.

 

Yo trabajaba para este diario. Los días previos al cinco de octubre, estuvieron marcados por enfrentamientos verbales y físicos entre los partidarios del Sí y del No. Yo manejaba información de uno y otro sector. Unos tenían certeza de que ganaban, y los segundos informaban que se desconocería su triunfo. Nada era oficial, pero se trataba de temores que invadían a la gente.

 

Nosotros permanecíamos expectantes. El Rancagüino y sus reporteros nos sentíamos protagonistas de un momento crucial. Todos cubríamos todo, a mí me encargaron el Sí, sabiendo que yo no era bien recibido entre algunos partidarios de éste. A raíz de lo mismo, un colega me bautizó como “Lomo Vetado”. Por lo mismo, para mí, ese día estaba cruzado por expectativas e incertezas, como sucedía con la mayoría de los rancagüinos y rancagüinas.

 

Excepto los más cercanos, muy pocos eran capaces de hacer saber sus opiniones. Diría que, pese a todo, reinó la razón. Quedaron en el ámbito privado las emociones, los sentimientos y preferencias por uno u otro bando. No obstante, más que cautela, creo que había temor y desconfianza.

 

La procesión, entre quienes registramos este acto republicano, iba por dentro. Todos teníamos algo que perder o ganar. Nos habíamos acostumbrado a vivir siempre en la vereda de enfrente. Nos costaba acercarnos. Por eso estábamos ansiosos y nerviosos. Pero a la vez, como “escribidores” de un hecho de esta magnitud, nos sentíamos importantes y responsables de manejar objetivamente el proceso. Los dirigentes políticos también estuvieron a la altura de las circunstancias.

 

Aunque los resultados locales no fueron conocidos de inmediato, en un momento ya se sabía la noticia del triunfo del No, pero nadie la comentaba en voz alta, a la espera de lo que sucediera en Santiago. Fue un día familiar, porque la gente volvió a sus hogares en cuanto sufragó. La tensión estuvo siempre, no obstante, el silencio y la prudencia también. Nadie quería decir lo que realmente pensaba.

 

Al final de la jornada, regresamos a nuestros hogares con imprecisiones y certezas. Sabíamos de los resultados, sin embargo, no teníamos seguridad sobre cuáles serían las reacciones. Fue un día para periodistas prudentes y con nervios de acero. Y nosotros estuvimos ahí. En el interior de los hogares, hubo puños en alto y celebraciones ahogadas. En otros, sorpresa e incredulidad.

 

 

 Al otro día “la calle era distinta, la nación había cambiado en una noche, como si fuera un problema de tiempo”.

Juan Ramón Núñez, presidente provincial de la DC y presidente regional del comando del No en 1988.

Trabajamos mucho tiempo para volver a tener una democracia, hasta que se anunció el plebiscito, pero fue el resultado de un proceso largo, de organizarnos y volver a generar confianzas entre quienes habíamos tenido posiciones opuestas. También debimos conseguir que la gente se inscribiera para votar, porque nuestra convicción era que la mayoría de los chilenos estaba en contra de Pinochet y que, si todos sufragaban, podíamos volver a la democracia. La duda era que, si ganábamos, nos reconocerían o no el triunfo.

 

Cinco días antes del plebiscito, como conglomerado, hicimos jurar a los apoderados que controlarían la votación, ya que habíamos estado muchos años sin elecciones. Primero juramos como DC: nosotros hacíamos la parte más fuerte, porque teníamos la mejor organización, mientras que el PS estaba dividido en varias facciones y el PR era más pequeño, los otros partidos también aportaron, pero la DC tenía una mayor solidez interna. Acordamos que ese día no se bebería alcohol, ya que si bien las horas más importantes eran las del sufragio, las más peligrosas eran las de los recuentos. Por ente, había que estar sobrios. Entonces instruimos a la gente a votar, pero a tener paciencia con las filas, porque imaginamos que habrían muchas y hacía tiempo que las personas no sufragaban. También recalcamos que todos debían estar tranquilos en la noche, porque en ese momento se vería que habíamos ganado. Sabíamos que debíamos ver la reacción de la gente del No, pero además de la del Gobierno.

 

Los días antes, viajamos por todas partes y pusimos como apoderados a gente más o menos conocida, con mucha experiencia. Realizamos un control de los resultados, creo que nunca supieron cómo los obteníamos. Teníamos un jefe por cada diez mesas, quien entregaba esos datos a una persona que iba en bicicleta a una casa. Por cada local, teníamos dos casas de seguridad, y en una tercera recopilábamos los datos que transmitían unos funcionarios de El Teniente por fax.

 

El día del plebiscito, como a las 10 de la mañana, le presentamos nuestro abogado Luis Dintrans al intendente (el brigadier general Miguel Espinoza). Al final, le dije “queda un punto pendiente: el permiso para que mañana podamos celebrar”. Sorprendido, me dijo “sí, sí, no se preocupe”. Salimos riendo: ellos ya se sentían derrotados.

 

En el transcurso del día, nos avisaron que había mucha gente en las mesas, sobre todo en las de mujeres. Fuimos a sus filas a pedirles que tuvieran paciencia, porque habíamos esperado 17 años para eso. Una fila era tan larga que cruzaba O’Carrol. La gente votaba y se iba para la casa. Cuando a uno lo conocían, le hacían gestos, dedos hacia arriba, una sonrisa, pero sólo eso. Estaban contentos por poder votar, pero había tensión. Todos pensaban que la noche sería complicada.

 

Después me fui a almorzar a la casa y dormí siesta. Me había comprado un terno nuevo para votar, porque era un acontecimiento muy importante. Además mi esposa estaba embarazada y Daniela, mi hija, estaba por nacer. Como a las 16 o 17 horas me fui al comando, en Cuevas con San Martín. Los otros dirigentes estaban enojados porque dormí, pero yo decía que la noche sería complicada y debíamos estar serenos para enfrentarla, ya que el Gobierno dilataría la entrega de los resultados. Me fui a esperarlos a Olivar, para ver cómo iba la situación en el campo. Ganamos por poquito, eso generaba una buena sensación.

 

En un programa de Canal 13, durante la noche, apareció en un debate Patricio Aylwin con Sergio Onofre Jarpa. Allí, la gente de derecha expresó que iba ganando el No. Después ocurrió algo increíble: los canales pasaban películas de dibujos animados, como si fuéramos un país de niños chicos, hasta que dieron los resultados oficiales a eso de las 3 de la mañana. Ahora, al leer la historia, uno se da cuenta de que hubo una posibilidad de un nuevo golpe.

 

El No tal vez tuvo trabajando a la gente más inteligente. Los sociólogos habían detectado que en las comunas más grandes del país, había mesas representativas de sus ciudades o de Chile. Para definirlas, se fijaron en el nivel de ingreso de los votantes, su educación, cultura, lugar donde vivían, entre otras cosas. La mesa 57 de hombres, del Liceo Comercial Diego Portales, era representativa de Rancagua. Allí ganó la oposición, por lo que de nuevo teníamos una buena sensación y a medida que continuaban dando los resultados, teníamos la convicción de que íbamos ganando.

 

Como sabemos, finalmente el Gobierno reconoció el triunfo del No. Por mi edad, he participado en dos situaciones que han sido emocionantes y tremendamente motivadoras en mi vida: la (marcha) de la Patria Joven, cuando salió Frei Montalva, y la epopeya del No. Esta última representó algo muy fuerte, porque no teníamos recursos (para hacer la campaña). El lunes, El Rancagüino nos entrevistó y salimos a las calles, fuimos a la Intendencia y nos abrazamos con los carabineros. La calle era distinta, la nación había cambiado en una noche. La gente también los abrazaba y el trato era diferente, como si fuera un problema de tiempo. Ernesto Romero era del PS y, gracias a contactos, se consiguió la visita de Quilapayún para festejar en la Alameda. Fue una cosa apoteósica. El martes El Rancagüino publicó una entrevista al intendente Miguel Espinoza, donde él reconocía que habíamos ganado porque éramos más organizados y teníamos más mística. Él, un militar, sabía que estábamos organizados, con gente llevando información en bicicleta; era un sistema arcaico que funcionó perfectamente. Aún con pocos recursos, teníamos la convicción de que ganaríamos.

 

Yo estaba convencido de que reconocerían el triunfo del No. En una entrevista que antes me hizo Ricardo Muga para El Rancagüino, le expresé que las Fuerzas Armadas no se revelarían, que habrían discusiones, pero no desconocerían algo con lo cual estuvieron de acuerdo. De lo contrario, hubiese sido impresentable. Todo el país estaba convencido de ello, porque seguramente había contactos que así lo hicieron saber y transmitieron esa sensación de seguridad. Además, el oficialismo tenía la presión global y todo el mundo estaba pendiente de Chile. Sí, había cierto temor de que Pinochet hiciera algo, pero yo creía que se impondría el criterio de las Fuerzas Armadas como institución, la idea de no mandarse un numerito, el orden… Si es que no, les cerrarían las puertas de todo el mundo.

Para la jornada siguiente, fuimos convocados a estar a las 9 en el comando, para hacer un recuento formal y a las 10 de la mañana dar una conferencia. Eran días difíciles para dormir, eran muchas las emociones. Esa noche del plebiscito, me acosté como a las 3 de la mañana. Dormí un rato, porque después mi señora debía ir al hospital. Seis días después nació mi hija.

 

Alejandro González, actual director de El Rancagüino. Jefe de redacción de este periódico regional en 1988: 

Sabíamos que quienes apoyaban el No, habían montado una red paralela para contar votos, aunque era un secreto. Acá en Rancagua manejaban tres centros de acopio de información, con computadores, y desde ahí transmitían vía telefónica a Santiago, donde harían el cómputo general. Nosotros supimos todo esto, aunque nos comprometimos a mantener el secreto y nos sirvió de referencia para contrastar los datos oficiales. La idea era hacernos un panorama de lo que iba pasando a lo largo de la jornada y en todas las comunas, pero en especial en Rancagua, haciendo contacto con las autoridades y el jefe de plaza militar, intentando cubrir la mayor cantidad posible de mesas. Igualmente hablamos con algunas radios para contrastar.

 

Partimos trabajando tipo 7 de la mañana, aunque de antes sabíamos lo que debíamos hacer. Reporteamos todos y nos ayudaron los vendedores, los de diseño… todos los trabajadores del diario, después de votar, debían contarnos qué sucedía en su escuela. Así supimos como a mediodía que habían filas largas, yendo a sufragar más gente de lo que se esperaba. Por ejemplo, en el entonces Liceo de Niñas, las colas de mujeres llegaban a la plaza. Había muchos militares, pero no hubo incidentes. Iba todo lento y las personas se preguntaban si iban a alcanzar todos a votar, porque había una hora de cierre.

 

Todos sufragaban y se iban a sus casas. No había otra opción, porque estaban prohibidos los grupos callejeros, portar insignias, o cualquier cosa que identificara a las personas con algo. Si uno andaba con una insignia del (Club Deportivo) O’Higgins, el militar que estaba en la puerta exigía que uno se la sacara. La ciudadanía tampoco se quedaba por ahí, porque los de la Concertación habían instruido evitar los conflictos e irse a las casas, así que las calles estaban casi vacías y en los locales casi no había gente mirando el conteo; sólo estaban los apoderados, los políticos y nosotros.

 

Los vocales de mesa habían sido designados por el Gobierno, por lo que muchos eran proclives a él. Por eso el comando del No, tenía apoderados propios en todos lados. Nosotros acompañamos a recorrer los locales a muchos de los políticos contrarios al Gobierno, donde el acceso era restringido. Por ejemplo, a los de mujeres no podían entrar hombres. Nuestros periodistas podían, pero les ponían problemas, debían mostrar sus credenciales, identificarse.

 

A eso del mediodía, todos se sentían ganadores. Como a las 16 o 17 horas, comenzó la tensión. Tipo 18 horas nos comenzaron a llegar resultados de la red paralela del No. Ganaba la oposición y eso era sorprendente. Es decir, pensábamos que era lo más seguro, pero igual había una dosis de incertidumbre muchos de quienes se inclinaron por el No, nunca dijeron que votarían así. Al expresarse, todos se cuidaban mucho.

 

En esa época, la Intendencia y las gobernaciones provinciales se comunicaban por equipos de radio y nosotros manejábamos un receptor. Así escuchábamos esa frecuencia y logramos oír una conversación entre el Gobernador, y subalternos de Cardenal Caro y el de Colchagua. Ellos le decían “la cosa está mal, vamos perdiendo”, le preguntaban qué hacer y él les respondía que esperaran. Lo último que les dijo, muy enrabiado, fue “hagan lo que quieran, den los resultados, pero al revés”.

 

Teníamos muchas fuentes informativas, nuestra idea era cerrar el diario lo más temprano posible, porque debíamos imprimir acá y sacarlo a la calle, considerando la posibilidad de que se produjeran desmanes al otro día del plebiscito. Sin embargo, los resultados oficiales se comenzaron a atrasar y empezamos a depender de la televisión; sólo eran válidos los resultados otorgados por el gobierno y el subsecretario (del Interior) Alberto Cardemil, quien los fue dando de a poquito. Se había oscurecido y no había nadie en Rancagua. Nosotros estábamos aquí, encerrados escribiendo, mientras que la gente afín a la oposición se juntó en sus locales. Todo ocurría de manera reservada, comunicándose por teléfono e invitándose. Más tarde pudimos procesar resultados, hasta que el Gobierno los dio después de la medianoche. Entregamos todo al taller para que imprimiera, y nos quedamos mirando entre los periodistas. Nos fuimos donde sabíamos que se reunía la gente del No, para saber qué sucedía. Cuando llegamos, casi no quedaban personas. Los presentes estaban contentos y se abrazaban. Nos dieron champaña tibia en un vaso de plástico.

 

A la mañana siguiente tampoco hubo celebraciones. La ciudadanía se empezó a mover como a mediodía, por el temor a los desmanes. En los días siguientes, el Gobierno continuó tal cual. No es que partió la democracia de inmediato, sino que hubo un proceso largo. No obstante, tuvimos más opciones para conversar y entrevistar gente. Empezaron a venir políticos al diario o hablábamos con ellos en sus casas, ya que antes existía el temor de que nos estaban vigilando. De hecho, muchas veces sabíamos que nuestros teléfonos estaban intervenidos. Levantábamos el auricular, marcábamos un número, hablábamos, escuchábamos que el otro colgaba y, dos segundos después, colgaban de nuevo. Nos oían, por lo que teníamos códigos para conversar con otros y entre nosotros. Aprovechábamos todas las instancias de hacer educación cívica en democracia, pero dentro de lo posible, porque debíamos sobrevivir y eso era lo principal.

 

 

Algunos “olvidan que la lucha fue iniciada por los trabajadores en las calles, con las barricadas y protestas”

Eugenio López, ex dirigente del cobre. Demócrata cristiano.

Entre 1981 y 1987, fui dirigente del Sindicato Industrial Sewell y Mina, y de la Zonal El Teniente. El 17 de junio de 1983, por mandato del Congreso de la Confederación de Trabajadores del Cobre (actual Federación de Trabajadores del Cobre), ante la detención y secuestro de nuestro presidente Rodolfo Seguel Molina, y el requerimiento del consejo nacional de la CTC por la ley de Seguridad Interior del Estado, los presidentes zonales, de Andina, El Salvador y El Teniente, debimos llamar a paro nacional a los sindicatos de la gran minería del cobre, restándose Chuquicamata. Hubo una adhesión de más de 90 por ciento de los trabajadores. Esto originó las represalias de Codelco, exonerando a más de 1.900 trabajadores y 23 dirigentes a nivel nacional.
Hasta 1987 seguí siendo dirigente sindical; pero sin poder ejercer la representación de los trabajadores ante la empresa, por encontrarnos en juicio laboral. Nuestra participación fue siempre activa, me correspondió dirigir las protestas locales y formamos el Comando de Trabajadores de Cachapoal, con la participación de los gremios de la locomoción colectiva, representantes juveniles de las distintas tendencias políticas, trabajadores de la construcción, profesores y estudiantes secundarios. Se convocó a todos los estamentos sociales que estaban en contra de la Dictadura.

 

El 5 de octubre de 1988, fui presidente de mesa escrutadora en el Liceo Óscar Castro de Rancagua. Soy de los militantes de la DC que hasta último día no nos registramos como tales, porque no estábamos de acuerdo con aceptar una imposición de Pinochet para legalizar el partido y someternos a sus reglas. Después de esta diferencia interna, trabajamos fuertemente por sacar a Pinochet. Fuimos muchos los militantes de partidos que estábamos convencidos de que él no reconocería los resultados.

 

Los trabajadores de El Teniente y de la gran minería del cobre, estábamos convencidos de que, con un dictador, el país no podía avanzar en derechos y libertad. Es por ello que en el congreso de la Confederación de Trabajadores del Cobre, en 1982 en Punta de Tralca, se acordó que el problema no era una ley más o una ley menos, sino que cambiar el sistema político. Ésa fue nuestra frase de lucha.

 

El 11 de mayo de 1983, fue el primer paro en protesta contra la Dictadura. Lo anterior comenzó a prepararse con la convocatoria de la Confederación de Trabajadores del Cobre (CTC), en su congreso del 21 de abril de 1983. El paro se amplió y nacionalizó, transformándose en la primera protesta nacional y que movilizó a millones de personas contra la Dictadura.

 

Los días previos al plebiscito, los viví en la calle, conversando con pobladores, dirigentes sociales, trabajadores, haciendo puerta a puerta, en las caravanas de automóviles, entre otras cosas. La jornada de votación fue muy tensa, pero estábamos convencidos de que eramos más quienes estábamos por el No. Sin duda que su franja política, emitida por televisión, generó un ambiente de mucha alegría; fue muy conciliadora y emotiva.

 

Esperé los resultados entre la casa de la DC y la del doctor Nicolás Díaz Sánchez, lugar donde se instaló una mesa general y paralela a la oficial, la que debía recoger la información de todas las mesas de Rancagua. Los datos eran entregados por los apoderados de mesa y/o integrantes de las mesas escrutadoras. Cuando me enteré de los resultados, abracé a mi esposa, hijos y familia, lloré y pensé que para nuestros hermanos se terminaban los asesinatos, secuestros, exoneraciones, relegaciones y exilios.

 

Hoy puedo decir que me siento orgulloso de mi pasado, porque lo mejor para nuestro pueblo fue luchar para conseguir la democracia. Me duele que hoy, para juntarnos a la celebración del plebiscito, salgan algunos “cara de raja” y digan que no asistirán, porque está el Partido Comunista. Olvidan que la lucha fue iniciada por los trabajadores en las calles, con las barricadas y protestas. Así se expresó el pueblo, convergiendo todas las tendencias políticas. No recuerdo haber visto políticos profesionales en la barricadas.

 

Estoy orgulloso de mi pasado, pero avergonzado y apesadumbrado por el presente. Los señores políticos deberían considerar, al celebrar el plebiscito, la sacrificada lucha del pueblo en 1983. Me siento avergonzado de las muertes en el Servicio Nacional de Menores (Sename), de la venta de nuestro cobre a las transnacionales, las leyes brujas que siguen sin sus modificaciones, los negocios del litio, la desvergüenza de las colusiones sin castigo, entre otras cosas.

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