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Los Poemas olvidados de Oscar Castro (parte 2)

Un joven Oscar Casto en 1929 publica por primera vez un texto con su nombre llamado “Poema de tu Ausencia”, pero estos versos no fueron su obra inicial, sino que la con que asume su identidad poética, ya que hace varios años anteriores escribía en nuestro medio “La Semana” periódico antecesor de El Rancagüino.

El siguiente proyecto llamado “Los Poemas olvidados de Oscar Castro”, busca rescatar y republicar los poemas del insigne rancagüino con el fin de que las nuevas generaciones puedan conocer los inicios del poeta y sus primeras palabras.

La iniciativa es financiada por el Fondo de Medios de la Región de O`Higgins 2018 del Ministerio Secretaría General de Gobierno de Chile y del Consejo Regional.

 

 A continuación se publicará un texto del Historiador Héctor González,  periodista y director de Diario El Rancagüino realizadas en los años 90 que describen el contexto de tres de los poemas de Oscar Castro publicados en nuestro medio de comunicación.

 

Abril de 1929

El joven poeta continuó llevando sus versos al periodista Miguel González, quién se convirtió en su amigo y consejero y siguió dándole espacios en el periódico.

En algún momento, Oscar Castro adoptó un seudónimo, que abandonó poco más de un año más tarde. La gente ignoraba y aún sus propios amigos ignoraron por mucho tiempo quién era ese Raúl Gris, que tam­bién colaboraba en el mismo diario. Algunas veces, en una misma pági­na aparecieron dos poesías, una firmada por Raúl Gris y otra por Oscar Castro. Hubo algunos que llegaron a sostener que uno de esos poetas era mejor que el otro.

Quizás si Oscar quiso provocar opiniones. Quiso que sus amigos opina­ran libremente sobre la calidad de los versos de Raúl Gris. Nunca expli­có claramente la razón de su anonimato que permitía darle a sus poe­sías un estilo diferente.

En Abril de 1929, aparece Raúl Gris, con un verso titulado «Campesi­na», del que citaré sólo una estrofa:

 

«Me ha perseguido el recuerdo

de tus pupilas obscuras.

¡Cómo quisiera alumbrarlas

con mi lámpara de luna!…

En Mayo del mismo año 29, surge el nombre de una persona en la poesía de Castro, un nombre de mujer, Livia, a quién dedica una de los más hermosos poemas de su adolescencia. ¿Quién era Livia?… El poeta no nos da una respuesta, salvo el doloroso mensaje poético que tituló:

 

 

 

POEMA DE LIVIA

Será una tarde clara. Yo estaré moribundo.

Cantará primavera sobre los campos verdes.

Serán floridos todos los rosales del mundo.

Mi alma tendrá el destello de una luz que se pierde.

 

De pronto, tu recuerdo se encenderá en mi pecho.

Te crearé un camino con mis cinco sentidos

y veré como llegas al borde de mi lecho

con el suave silencio de los astros dormidos.

 

Besarás con ternura mi frente atormentada

para calmar mi fiebre con tu boca sedante,

y sentirán mis venas un temblor de alborada

que rasgará la sombra de aquel supremo instante.

 

Se quebrará mi vida, como se quiebra un vaso,

y plegando mis alas ¡pobre pájaro herido!

me dormiré en la almohada tibia de tu regazo,

tembloroso de amor y borracho de olvido.

 

 

 

 

 

4 de Mayo 1929

¿Quién fue Livia?… ¿Tendría algo que ver con la misma ausente de su primer poema o con aquella a quién le dedicó su poesía, «Leja­na», con leves reminiscencias de los poemas de amor de Neruda:

 

«Te seguirá llorando mi corazón por entre

la música sin eco de ¡os astros dormidos.

Continuará mi espíritu, trémulo de armonía

dibujando caminos para tus pies de lirio»…

 

 

 

Por aquellos mismos días tal vez un amor imposible le inspiró el poe­ma

 

«FATALIDAD»

«Fatal destino nuestro, de amar lo que no existe,

vendimiar los racimos que nunca maduraron…

Vamos por esta vida taciturnos y tristes,

buscando inútilmente lo que otros no encontraron»…

 

Sin duda es el amor el que tortura el alma del joven. Como a todos nos ha ocurrido en un momento de nuestra juventud. Esa tortura lo lleva, también como Gabriela, a escribir una oración, titulada «Rue­go», que termina con este desgarrado clamor:

 

«Sé que amor es tortura, y sin embargo quiero

que me des un cariño para poder sufrir.

¡Dame el dolor inmenso de un amor verdadero

para que no me mate la pena de vivir!…

 

El muchacho, aferrado a la vehemencia de sus 18 y 19 años, escribía versos afanosamente. Así fueron desfilando, entre muchos otros, en aquella época, los titulados: «Canción de las cosas humildes», «Vieja casa sin niños», «Hora trémula», «Aventurero», «Juventud», «El agua dice», «Serenidad», «Lluvia», «Ventana», «Canción de primavera», «Soledad», «Diafanidad», etc.

 

Copiar citas de cada uno alargaría mucho estas reminiscencias. Creo que la muestra de los primeros de los versos publicados por Castro, que no recogió después en ninguno de sus libros y que tuvimos la satisfacción de haber podido recolectar, cumple con el primer objetivo que nos hemos señalado.

 

1933

EL CANTOR DE REINAS

 

Veamos ahora brevemente, otra de las facetas juveniles de Osear Castro, la que le sirvió para que los rancagüinos conocieran su figura y su rostro. Se trata del joven poeta laureado en sucesivas Fiestas de la Primavera por sus Cantos a distintas Reinas.

 

Fue en 1930, Castro tenía 20 años de edad, cuando por primera vez su nombre surgió como ganador del Concurso de Canto a la Reina Primaveral.

 

Al año siguiente volvió a ganar un concurso semejante y lo mismo ocurrió en noviembre de 1933, cuando el poeta tenía 23 años.

 

Vamos a tomar esta última poesía, como un ejemplo de la inspira­ción primaveral del joven poeta laureado que, recibía una modestísima suma de dinero, y más que nada, el honor de recitar su poema en el Teatro de Rancagua, acompañar dándole su brazo a la Reina hasta su trono y colocarle solemnemente sobre su ca­beza, la corona característica.

 

(En las fiestas primaverales 1933, Noviembre, fue premiado Osear Castro, quién coronó a la Reina María Angela García).

 

ELOGIO A LA REINA

La voz de la princesa vuela sobre mi canto

como el perfume de las noches emigradas.

Florece para ella el árbol de los planetas

y el barco de la luna nueva suelta sus anclas.

 

Reina de los almendros y de las mariposas,

dueña de los aromas y el viaje de las alas,

sobre su corazón se atardece la música

del verso galopado de vientos y campanas.

 

Alza sus ojos y en la tarde transparente

se curva en un vuelo de humo sus pestañas

y en sus pupilas hondas se ven pasar los sueños

perdidos en azules y lentas cabalgatas.

 

Bajo la mano suya, sembradora del día,

toma la creación el ritmo de una danza

y hacia su nombre, lleno de sol, la primavera

viene como empujada por un rumor de flautas.

 

Fruta, ofrenda, canción, Reina de la armonía,

el espíritu, en ella, maravillado canta,

y el elogio, en la voz de los poetas tiene

la pura sencillez de un aro de la infancia.

 

Reina, desde tu mano, leche de luna y lirios,

ruede la fiesta alegre, como una flor de llamas,

y como si se abrieran los panales del mundo,

zumben los corazones en ágiles bandadas.

 

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