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Cuando la primavera enlutó Rancagua

Betsabé Carrasco tenía 17 años el 14 de noviembre de 1946. Junto a sus compañeras del Liceo de Niñas conformaba una ronda en la Plaza de Los Héroes, momento en que Juan Guillermo Meza lanzó un fósforo encendido a su falda de hawaiana. Para la familia de la joven, nada fue como antes.

 

Por: Marcela Catalán

 

El 14 de noviembre de 1946 y mientras Rancagua celebraba la Fiesta de la Primavera en la Plaza de Los Héroes, catorce alumnas del Liceo de Niñas de Rancagua conformaban una ronda y bailaban a la usanza de las hawaianas. Las adolescentes llevaban collares de flores y lucían faldas de cáñamo, en un ambiente de júbilo y alegría. Vecinos se volcaron en torno al espectáculo, en medio de los cuales estaba un joven desconocido, quien se acercó y lanzó un fósforo encendido a las prendas de una de ellas. Envuelta en llamas, la chica corrió para alcanzar la pileta de agua que todavía residía allí, pero lo impidió la gente estática alrededor suyo, mirándola arder. Después de tres días en el Hospital Regional, su muerte enlutó a la comuna.

Su nombre era Betsabé Carrasco, alumna de 17 años de quinto de humanidades, la candidata a reina de su curso. Así lo recuerda Anita, su hermana menor, de cinco años entonces. “Mi papá siempre repetía que no había repetido ningún curso. Era muy bonita, con los rasgos de su cara, sus ojos grandes, muy lindos. Era blanquita, alta y delgada, su pelo era ondulado y castaño. También era muy amorosa, quería ser asistente social, ya que le gustaba ayudar al prójimo, a la gente que la rodeaba. No podía ver a alguien en mala situación o pidiendo. Tenía un alma muy bondadosa”.

“Me quería mucho, jugábamos juntas. Si iba al centro, me llevaba con ella, sosteniendo mi mano para cuidarme. Incluso íbamos a misa las dos. Yo le decía ‘cuando sea grande, quiero ser igual a ti’”.

 

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La familia Carrasco Araya vivía en Campos con Gamero. Antes de partir ese 14 de noviembre a la Plaza de Los Héroes, Betsabé se reunió con sus compañeras en su domicilio, para así arreglarse todas juntas. En eso estaban, pues cada curso debía disfrazarse para competir en un concurso. Alguien de los presentes propuso echar parafina sin olor a los flequillos de las faldas, con el fin de darles más brillo.

“Mi papá no quería que fuera a la fiesta, pero desgraciadamente ella dijo ‘¡No! Déjenme ir, quiero participar”, lamenta Anita. “Se preparó desde la mañana hasta la tarde. Al irse, le dije ‘te ves bonita’”. Ya lista, la joven se fue con sus compañeras a la celebración. En el hogar permaneció su madre con su hermana, ya que la primera estaba enferma. El padre regresó más tarde de Codelco, para cuidar a su esposa. “Nunca la dejaron andar sola. Era la primera vez”.

“Un abogado le decía a mi papá que si alguien se incendia, los que están cerca deben reaccionar. ¿Por qué nadie lo hizo? A mi papá le dolía eso”. Una enfermera les avisó acerca de lo sucedido, tras pasar por la plaza y acercarse a ver. Caminaba con sus hijas y se aproximó a observar, porque le generó curiosidad el gran tumulto de gente. Fue la única que procuró hacer algo, al ver a Betsabé dando vueltas mientras ardía. Por eso se sacó su tapado celeste, para intentar apagarla. “El forro quedó quemado, ya era tarde”, explica la hermana de la adolescente. Una compañera suya igualmente fue alcanzada por el fuego, en tanto arrancaba de la situación. De acuerdo con la Revista Vea, dicha alumna, Nelly Espinoza, resultó herida de gravedad. Anita agrega que ella sí sobrevivió.

 

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Betsabé fue trasladada al Hospital Regional. Su rostro resultó sólo con ampollas a la altura del mentón, pero su cuerpo no tuvo la misma suerte. “Estaba todo quemado, no existían los adelantos de ahora. Me llevaron a visitarla, porque el día anterior me estuvo llamando. Cuando llegué, se dio vuelta, me miró largo rato, y se volvió otra vez. Estaba mal, muy mal”. La estudiante falleció tres días después del hecho, el 17 de noviembre de ese año. En el entretanto, la familia recibió cartas desde Argentina e incluso hubo quienes enviaron aportes económicos desde Suiza y Estados Unidos, para contribuir al tratamiento de la joven.

El culpable del hecho fue Juan Guillermo Meza Suazo, de 20 años. “El Cabro Meza tenía un nutrido prontuario policial”, se lee en una edición de la Revista Vea de ese año, en cuyas páginas añaden que el hombre “era cogotero” y que confesó su crimen. “Lo hice por divertirme”, habría dicho, en tanto que “sus mismos compinches le echaron al agua”. No obstante, más tarde negó toda responsabilidad ante el juez Carlos Letelier. Juan arriesgaba tres años de pena máxima, según el Artículo 490 del Código Penal de ese periodo, pues “no habría existido intención de matar. No hubo dolo, el tipo no midió las consecuencias”.

El sujeto habría estado detenido, aunque después consiguió la libertad. “Me contaron que era medio gañán y que, ayudando a cargar un camión, fue atropellado. Murió”, sentencia Anita. Su hijo Felipe Valenzuela, sobrino de Betsabé, agrega: “ años después, recibió el peso del karma”.

Después de la tragedia, las compañeras de la joven ingresaron al Liceo de Niñas para hacer un montón con los trajes de hawaianas y así quemarlos en el patio del recinto. Acto seguido habrían guardado un minuto de silencio, desatándose las lágrimas.

El funeral de la alumna se realizó el 19 de ese mes. Durante la jornada, el comercio y la industria paralizó sus actividades. Más de 15 mil personas habrían asistido a la despedida de la adolescente, según la prensa de entonces. Las coronas de flores sumaban tal cantidad, que los cocheros de la ciudad ofrecieron sus victorias para transportarlas. Por su lado, el Comité de las Fiestas Primaverales habría financiado los gastos de la ceremonia. En su transcurso, ya en el Cementerio N°1 de Rancagua y fruto de la impresión, una pupila del Liceo de Niñas se desmayó, debiendo ser asistida por la Cruz Roja.

 

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En la familia de Betsabé, la tragedia generó múltiples consecuencias. Una de éstas fue que sus padres terminaron por rechazar todo lo relacionado con Rancagua. Antes, ellos vivieron en Antofagasta. “Mi papá se pasaba llorando, mi mamá también. Un día, él dijo: ‘¿por qué vinimos a ver morir a mi hija?’”, explica Anita. La pareja guardaba cada registro acerca del hecho, hasta que su madre quemó todos los diarios. “No quería recordar”.

Pero siguió recordando. Todos los años, ambos colocaban flores el primero de noviembre. En paralelo, la gente de la comuna comenzó a poner velas en el mausoleo de Betsabé. La llamaban “La milagrosa”.

Sus progenitores también se volvieron aprehensivos en extremo, por lo que su madre acompañaba a Anita a todas partes, no dejándola salir a solas. Es así como no pudo asistir a fiestas durante su adolescencia, transcurriendo su vida entre el colegio y el hogar. Incluso estando casada, la llamaba para preguntarle a qué hora regresaría a su domicilio. “Vivía encerrada”, recuerda. Su padre tampoco quiso que ingresara al Liceo de Niñas, por lo que la matriculó en el Colegio Sagrado Corazón. Ella y su hijo Felipe agregan que en el Liceo de Niñas también sintieron la presencia de Betsabé, corriendo por el pasillo y sentada en su pupitre, el último del aula. Así lo habría señalado la directora de aquel entonces, Ana López.

Felipe Valenzuela nombró a su hija en honor a su tía abuela fallecida. “Todos sufrimos, porque esa aprehensión que experimentó mi madre, después la sufrimos nosotros con ella; siempre se preocupaba de que no saliéramos, nos llamaba constantemente, o nos iban a buscar en auto, donde fuera que estuviéramos. Asimismo, yo quise que mi hija estudiara en el Sagrado Corazón, después ingresó a la universidad, en Santiago, y yo pensaba en ella todo el tiempo, la llamaba para saber dónde se encontraba y no quería que asistiera mucho a celebraciones”, afirma.

 

Anita recuerda que cuando su madre agonizaba en su habitación, durante sus últimos minutos observó el retrato de Betsabé. “Chito Faró le dedicó la canción ‘Virgencita de Rancagua’. A mi papá le regalaron el disco, pero él lo rompió, o no sé qué diablos. Era un tema muy lindo, aunque muy penoso”, se queda pensando, dejando un hilo de voz suspendido en el aire.

“Los dolores eran muy grandes, se le pegaban las vendas al cuerpo. Quizá con los adelantos de hoy, mi hermana habría sobrevivido. Mi papá decía que no le importaba cómo hubiese quedado, quería que viviera. La gente le respondía que tal vez a ella no le hubiese gustado quedar con marcas… Ella se preocupaba de su persona, era coqueta, como toda chiquilla”.

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