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Héctor “Charro” Cortés: Los recuerdos del jefe de los mineros

El 10 de agosto de 2015, en un suplemento especial por el Día del Minero, la periodista Flor Vasquez entrevistó a Héctor Cortés. En una larga conversación, él repasó sus vivencias en la mina y en la presidencia de Club Deportivo O’Higgins. Hoy, como un pequeño homenaje, volvemos a publicar esa nota.


En la historia de El Teniente es casi una leyenda. Que fue el primer jefe chileno cuando estaban los gringos, que no había nadie como él que conociera la mina, que era rudo, pero buen jefe. Héctor Cortés Rodríguez, más conocido como el charro Cortés, fue superintendente de la Mina, donde se imponía no sólo por su físico y vozarrón, sino que por sus cualidades de líder e indiscutible don de mando.


Por su característico bigote se ganó el apodo de charro, aunque los mineros sólo lo llamaban así a sus espaldas.


Nació en el año 1928 en el norte, en las salitreras, en la oficina Candelaria y la inscripción de su nacimiento se realizó en Pampa Unión.
Estudio técnico en minería y después ingeniería de ejecución en minas. En la década del 50 ingresó a El Teniente, en esa época bajo la administración de la empresa norteamericana Braden Copper Company.
“Fui el primer jefe chileno –cuenta-. Trabajé con los gringos, con la Braden. Llegué como jefe de nivel, después me subieron a subjefe general de mina y luego a jefe general de la mina. Cuando se fueron los gringos (por la nacionalización de los yacimientos de la gran minería) quedé como superintendente de la mina. Los gringos me quisieron llevar a Estados Unidos, me ofrecieron pega. Un grupo de viejos me dijo ‘no se vaya poh jefe, si es el único hombre que conocemos aquí que sabe roncar, que sabe mandar y que es humano’. Y me quedé”.


Como jefe reconoce que “era aniñado. Me conocían como el charro Cortés, me llamaban así cuando no estaba. Sabía que me decían charro. Yo sabía mandar, pero fui un jefe sencillo, que sabía entender a mi gente. Por eso me querían los viejos; todavía me vienen a ver”.


Con el tema de seguridad era estricto. “La mayoría de los accidentes ocurren por errores, por no estar atentos, por no respetar los reglamentos. En ocasiones encontré viejos preparando los cartuchos de dinamista para disparar y estaban fumando. Los cortaba, pa’ fuera”.
Agrega: “Una vez se cayó un viejo a un pique de más de 60 metros, estaba arreglando una buitra y se va para abajo; el tablón en que estaba parado cayó y se afirmó en el cerro y el viejo cayó sentado arriba, gritaba que lo sacaran. Bajamos con cable, lo amarramos y lo sacamos”.

“CONOCIA TODA LA MINA”
Sus recuerdos de minero se cruzan con los de sus años en la presidencia del club deportivo O’Higgins, cargo que ejerció en forma paralela a sus obligaciones en El Teniente. “Cuando llegué a O’Higgins me encontré con que el 70 por ciento de los gastos no eran del fútbol, eran de otras cosas raras. Pegué un par de golpes en la mesa y dije ‘se terminó la sinvergüenzura aquí’. Debíamos a cada santo una vela, el campo de Baquedano estaba embargado. En El Teniente logramos conseguir una ayuda y aumentamos los socios. De los trabajadores, unos 180 eran socios. Llegamos a 1.900 socios en el primer semestre y conseguimos llegar tres veces a la Copa Libertadores, la primera vez en 1978”.


Vuelve a evocar sus años en la mina, donde trabajó hasta el año 1987. “La conocía entera, llegaba a partes que no entraba nadie. Recorría los sectores que habían sido explotados en los años 20, en los 30 y en los 40. Siempre andaba con mi lámpara de carburo”.


Asegura que cuando se acordaba una huelga le avisaban. “Las huelgas eran por temas sindicales. Una de las cosas que hacíamos era cerrar los polvorines, por precaución, ya que allí estaban los explosivos”.
También, afirma que fue uno de los impulsores de permitir el ingreso de mujeres a la mina. “Existía la creencia que las mujeres no debían visitar la mina porque ésta se ponía celosa y podían ocurrir accidentes.

Conversamos con el gerente general y se autorizaron las visitas. Al principio nos criticaron harto, pero después se aceptó la presencia de la mujer”.

Añade que otra costumbre de los mineros es cuidar los guarenes que existan en la mina. “Los cuidan, les dejan alimento; ante el peligro estos guarenes arrancan y de esa forma advierten de algún peligro”.


“La mina también avisa, uno aprende a reconocer los ruidos. Y en las fortificaciones se usa madera, no se quiebra de un viaje, sino que de a poco, especialmente la luma, que es una madera muy dura, y el pino araucaria”.


Para Héctor Cortés, el verdadero minero es el que trabaja en un pique. “A todos se les llama mineros porque trabajan en la mina, pero adentro hay enmaderadores, enfierradores, concretistas. Para mí los auténticos mineros son los que trabajan perforando, barrenando y disparando los tiros”.


Tampoco olvida las ceremonias de premiación por años de servicios. Ahí, el Charro Cortés felicitaba a los mineros premiados con sonoros palmoteos. “Dependiendo de los años de servicios era la cantidad de palmetazos (se ríe). Recuerdo que una vez sacamos al mejor trabajador minero de Chile, se llamaba Elmo Ruz, era enmaderador”.


También recuerda la caverna de los cristales, lugar obligado para visitar. “La descubrimos, en Teniente 4. Estábamos haciendo un túnel para ventilación y encontramos estos cristales, carbonato de calcio cristalizado de un metro de diámetro y unos 15 metros de largo; era maravilloso. Se forma porque el agua que trae sales, al encontrar un huerco y llenarlo empieza a depositar las sales”.


Hace dos años tuvo la oportunidad de volver a la mina(en 2013, la entrevista original fue realizada en 2015). Fue para la tradicional misa de San Lorenzo, un 10 de agosto. “Fue emocionante”, señala.


Así pone fin a sus evocaciones, mientras mira con un dejo de nostalgia las fotografías de esos años y su casco de minero.

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