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OPINION: Sobre el Concepto Constitución

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Como ciudadano de la República, como docente universitario de derecho público, como abogado y especialmente, como padre de un talentoso joven (a quien le deseo un futuro excepcional en este país) me he permitido redactar estas palabras a propósito de los difíciles momentos que vive nuestra sociedad, respecto de la cual, sinceramente, confió y creo que resultara, en el breve plazo, mejorada, ya que se ha empapado y destacado dos grandes principios universales: el respeto y el reconocimiento de la dignidad como ser humano de sus semejantes, de nuestros compatriotas y de todos aquellos que, de buena fe, habitamos este territorio.


Me atrevo también a felicitar y aplaudir a todos esos valientes chilenos y extranjeros, mujeres, hombres, estudiantes, jóvenes o de otras edades, que ejerciendo pacíficamente su derecho fundamental de libre expresión y opinión política han inundado con buenos augurios y deseos las calles, plazas y avenidas de todas nuestras comunas.


Con la misma firmeza y de modo categórico condeno y rechazo la violencia y la destrucción, provenga del sector que provenga y con mayor énfasis, si emana de los agentes del Estado, por cuanto estos últimos están dotados constitucionalmente del monopolio de la fuerza, de las armas y su mandato superior es, precisamente, velar y respetar los derechos fundamentales de todas las personas que habitamos la República. En ambos casos, los ampara la presunción de inocencia, pero el Estado, a través de sus legítimos órganos de persecución debe agotar todos los medios lícitos, para investigar y obtener la respectiva condena de aquellos que han actuado de modo ilegal, afectando la vida, la integridad psíquica y la propiedad de sus congéneres, sin justa causa.
Dicho lo anterior, y centrándonos en el tema que nos convoca, mucho se ha hablado, escrito y vociferado estas últimas tres semanas sobre el concepto o idea de “Constitución”, “Norma Fundamental”, “Carta Magna” o “Ley Superior”.


Desde hace varias décadas los destacados profesores y doctores de derecho constitucional Humberto Nogueira A. (chileno), Raúl Gustavo Ferreyra (argentino) y Diego Valadés (mexicano) nos han enseñado que la “Constitución”, es un instrumento cultural del hombre, del cual se ha dotado, para el control y limite del Poder, es decir, pone el derecho al servicio de este fin. Y esta limitación del Poder del Estado y de sus agentes, tiene por objeto asegurar y proteger los derechos fundamentales de las personas y de las sociedades intermedias y evitar así la arbitrariedad bajo la forma de abuso o desviación de poder.


La Constitución como producto cultural, nos dicen estos autores, es dinámica y corresponde a las generaciones vivas, que se sirven de ella para un efectivo control de sus autoridades, para que, precisamente, la sociedad pueda vivir en paz.


Ahora si usted, se da la molestia de leer la actual Constitución vigente (sea la de Pinochet de 1980 o sea la de Lagos del año 2005) se dará cuenta que sólo una vez, utiliza la expresión “paz”.
Estos conceptos son mucho más amplios y complejos que los provistos por Hans Kelsen (principal positivista), que hace 100 años conceptualizaba la “Constitución”, en un sentido formal, como cierto documento solemne, un conjunto de normas jurídicas que solo pueden ser modificadas mediante la observancia de prescripciones especiales, cuyo objeto es dificultar la modificación de tales normas, y en un sentido material, para el jurista alemán, señalo que la Norma Fundamental estaba constituida por los preceptos que regulan la creación de normas jurídicas generales y, especialmente, la creación de leyes.

Otros autores dirán que la Ley Suprema, es el texto jurídico que regula la Nación, establece la separación de poderes, el procedimiento de la creación de normas, siguiendo la antigua y clásica Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789, que señaló «Toda sociedad en la cual la garantía de los derechos no está asegurada, ni la separación de poderes determinada, no tiene Constitución».

Para terminar, y reconociendo que existe muchísima literatura sociológica, económica y jurídica que versa sobre este interesante tópico, es necesario recordar que el iusfilosofo italiano Luigi Ferrajoli, sostiene que la “Constitución”, es el instrumento normativo, que no solo permite el control del Estado frente a los ciudadanos, sino que también es plenamente aplicable para limitar y encausar a los privados, y en especial a los “poderes salvajes” que representan, entre otros, las entidades financieras transnacionales, y que, al decir del politólogo rumano Edward Luttwak, dicha actividad desbocada y sin coto, se transforma en un “turbocapitalismo”.

A modo de reflexión final, en esta nueva fase en la que se encuentra la sociedad, adportas de un verdadero y genuino proceso constituyente, ya tendremos oportunidad de aportar a la discusión y análisis públicos, ideas, referencias, ejemplos que nos permitan dotarnos, por primera vez, en nuestra historia, de una Nueva Constitución, democrática y participativa.

MARCO ANTONIO PONTIGO DONOSO
Instituto Chileno de Administración y Derecho Público.

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OPINION: Simios somos todos

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Convengamos en que el título de esta columna es provocativo. Pero si Usted se indigna y le hierve la sangre al leerlo, al considerar que el autor está relativizando las acciones de todo tipo de violentistas, cumple justamente con la premisa que está detrás del enunciado: la comunicación política, sobre todo en tiempos de crisis, es altamente emocional y se rige por comportamientos más instintivos que racionales. ¡Qué mejor ejemplo que el Chile de hoy para comprobarlo!.


Es que los seres humanos no dejamos de ser primates solo parcialmente racionales. Lo cierto es que vivimos en celo permanente durante más de 50 años y nuestro comportamiento se ve influido en forma constante por un variopinto cóctel de hormonas y reacciones químicas.


Ahora bien, efectivamente poseemos la razón y con ello el don de generar códigos como el lenguaje. Eso es lo que nos identifica y diferencia de otras especies. Pero esa virtud no siempre opera como tal. El biólogo Humberto Maturana sostiene que en muchos casos el lenguaje, las ideologías y las teorías se utilizan como subterfugios para justificar las emociones, incluso las peores. ¿Cómo se explican si no las guerras religiosas?.


La irracionalidad humana está por lo demás detrás de todo conflicto bélico, incluyendo las guerras civiles, una amenaza de la cual nuestro país no está liberado. El gran cantautor argentino, Facundo Cabral, ironizaba al respecto, señalando que “no me importa si alguien es negro, blanco o amarillo. Lo que me importa es que es un ser humano. Peor cosa no podría ser”.


Pero, también excepcionalmente, ha habido momentos en que se han impuesto visiones políticas y mensajes virtuosos, que han salvado a miles y miles de vidas humanas del exterminio. Liderazgos como los de Gandhi o Mandela son ejemplo de ello. Quizás, entonces, no todo esté perdido para esta humanidad y para este país, por mucho que nos sintamos en un callejón sin salida.


Jorge Gillies, académico de la Facultad de Humanidades y Tecnología de Comunicación social, UTEM

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OPINION: «Rechazar para reformar»

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El “Acuerdo por la Paz y por la Nueva Constitución” suscrito por las fuerzas políticas democráticas fue un hito muy relevante en el curso de esta crisis social. A través de él se pretendió dar curso institucional al conflicto, aislando a los violentos y generando concesiones mutuas entre aquellos llamados a conducir políticamente el país.


Habiendo transcurrido varios días desde ese momento, solo nos queda concluir que la oposición no ha estado a la altura y no ha cumplido su palabra de buena fe. ¿Cómo se puede contribuir a reestablecer el orden público, si catorce días después de suscrito el acuerdo se acusa constitucionalmente al Presidente en ejercicio? ¿Cómo se argumenta que se está de buena fe, si la inmensa mayoría de la oposición votó a favor de esa acusación, manifiestamente infundada? ¿Se cumple con el acuerdo cuando se le ponen todas las trabas posibles a la legislación que busca endurecer las penas para los desordenes públicos, con pedida de disculpas por parte de los diputados del Frente Amplio entremedio? ¿Cómo interpretamos el que ayer Revolución Democrática se querelle por delitos de lesa humanidad contra varias autoridades, sabiendo que hasta el Informe de la Alta Comisionada de la ONU (es decir, Michelle Bachelet) rechazó el carácter de “sistemático” de las posibles violaciones a los derechos humanos? Cualquier análisis desapasionado nos lleva a la conclusión de que la izquierda chilena tiene una actitud vacilante y de doble estándar con el combate a la violencia.


Lo anterior es muy relevante pensando en el plebiscito del 26 de abril. ¿Cómo se asegura una razonada reflexión constitucional en ese cuadro? ¿Cómo se garantiza un clima de diálogo y un proceso electoral plebiscitario, cuando ni siquiera es factible desarrollar partidos de fútbol o pruebas de selección universitaria? Sabiendo que el Gobierno es minoría en la Cámara de Diputados y el Senado, ¿está colaborando la oposición? ¿O más bien se complace obstruyendo y complicando al Gobierno, sin darse cuenta del autogol que eso significa? Que la izquierda no se queje después: son cómplices activos de la sensación de desorden que se ha ido normalizando en el país.
Muchos votaremos rechazo porque creemos que no hay interés real de construir una “casa común”, sino más bien imponer un modelo de sociedad por la fuerza de la presión y el matonaje. Se busca la refundación de Chile, por una vía alternativa a las elecciones de autoridades (siempre esquivas para la izquierda extrema).Y junto con rechazar, presentaremos un proyecto de reforma constitucional, donde hagamos los cambios que permitan mejorar el Chile que se ha construido. No creemos que haya que botar a la basura los últimos 30 años. Hay que hacer correcciones, pero no demoler el edificio como quieren los sectores extremos. Eso es rechazar para reformar: una tercera vía moderada entre el inmovilismo de no hacer nada, y la revolución refundacional de la hoja en blanco.

Diego Schalper, Diputado Distrito 15.

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Femicidios en 2019: un desafío intersectorial

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En nuestra legislación, un femicidio es el asesinato de una mujer realizado por quien es o ha sido su esposo o conviviente, y se encuentra asociado a los delitos de parricidio.


El principal abordaje (y el más desarrollado) ha sido el jurídico, implicando un avance en el establecimiento de límites claros a los delitos. Sin embargo, la discusión acerca del fenómeno y su relación de continuidad con el resto de las manifestaciones de violencia contra las mujeres en nuestra cultura, va más lento y requiere de otras acciones, ya no sólo jurídicas.


El femicidio es la forma más extrema de violencia contra las mujeres. En 2019, el Ministerio de la Mujer y la Equidad de Género registró 46 femicidios consumados en Chile y ya existe un caso concretado en lo que va de 2020. La cifra se encuentra en el promedio de los crímenes de esta naturaleza que se cuentan cada año, a excepción de 2016, año en que descienden los femicidios ejecutados, pero se elevan considerablemente las cifras de delitos frustrados.


La acción política de los gobiernos de Chile para detener y prevenir la violencia contra las mujeres ha prosperado, aunque de manera oscilante. Si bien se ha avanzado considerablemente en la desnormalización de fenómenos como el acoso callejero y otros tipos de violencia sexual, y existen dispositivos de prevención y abordaje de las violencias que se viven en las relaciones de pareja, el trabajo del Estado – sin embargo- sigue llegando tarde, sigue siendo parcial y sigue requiriendo mayor articulación intersectorial.


Las violencias abordadas de manera fragmentada y con organismos que no pueden dar abasto con los elevados niveles de vulneración de los derechos, se encuentran en la ruta de muchas mujeres hacia la muerte. El femicidio, como sabemos, es la crónica de una muerte anunciada.
Debemos avanzar hacia un abordaje institucional del femicidio, eficazmente preventivo de toda violencia hacia las mujeres, el cual requerirá anclarse en una política intersectorial orientada a la construcción de una cultura que haga posibles verdaderas relaciones de respeto mutuo entre las personas.

Mg. María Ester Buzzoni G.
Psicóloga Clínica y docente U. San Sebastián

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