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Terremoto destruyó Chillan y otras ciudades de Chile: 1939

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Entre una de las más grandes catástrofes telúricas que se recuerdan en Chile figura el horrible terremoto que destruyó Chillan y otras ciudades de nuestro país, en 1939. Incontables miles de muertos y heridos quedaron entre las ruinas de casas y edificios. Nunca se supo exactamente el número de fallecidos, pero se informó de más de diez mil muertos en Chillan y otros tantos en toda la Zona Centro-Sur del país.


Entre las ciudades y provincias más afectadas estuvieron Concepción, Talcahuano, Parral, Cauquenes, San Carlos, Linares, Bulnes, Quirihue, Yungay, Tomé, Talca, Maule, Ñuble y varias más.
Los daños en destrucción de caminos y puentes, fueron cuantiosos. Igualmente en las vías férreas.
En Rancagua, donde el movimiento sísmico fue más débil se produjeron daños menores.
El terremoto ocurrió poco antes de la media noche del día 24 de Enero de 1939.


El corte de las comunicaciones telefónicas y telegráficas impidió que los resultados fueran conocidos hasta avanzado el día siguiente.


Las primeras noticias se obtuvieron desde barcos que se encontraban en Talcahuano y decían que observaban grandes resplandores y llamaradas de incendios en Concepción.


Cuando se restableció el servicio de ferrocarriles se pudo trasladar a Santiago a miles de damnificados que perdieron sus viviendas. Algunos cientos fueron ubicados, provisoriamente en Rancagua y otras ciudades.


La catástrofe ocurrió en el comienzo del Gobierno del Presidente don Pedro Aguirre Cerdo, quien creó la Corporación de Fomento y Reconstrucción, ordenando el comienzo inmediato de sus tareas.

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O’Higgins elegido Director Supremo

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RECORDANDO… Por Héctor González V.


El 16 de febrero de 1817, de un cálido verano, a pocos días de la gloriosa batalla de Chacabuco. En el ambiente se respiraba la euforia del triunfo conseguido tras el temerario pero valiente ataque de la división al mando de Bernardo O’Higgins, convertida en ese momento, improvisadamente, en vanguardia del Ejército Libertador de los Andes comandado por San Martín La avasalladora carga de O’Higgins, obligó a los realistas a retroceder. Fue apoyada por la división del brigadier Soler que, descendiendo de los cerros, atacó por el costado a los desconcertados españoles. ¡EL TRIUFO DE LAS ARMAS PATRIOTAS FUE DECISIVO!… Santiago quedó despejado de enemigos armados.


Llegó el momento de elegir a un Director Supremo para que organizara la recuperada República. Muchos pensaron en el General San Martín, pero éste no aceptó, reafirmando su anhelo de seguir en la lucha por la libertad de América y pidiendo que se designara como Director al general Bernardo O’Higgins.


La gente aceptó con entusiasmo y todos salieron de la sala del Cabildo en donde se efectuaba la reunión para trasladarse a la casa de don Mateo de Toro y Zambrano, que era donde moraba provisoriamente O’Higgins.


Llevado por la multitud que lo avivaba, llegó hasta el Cabildo, en donde fue solemnemente consagrado como Director Supremo, prestando el juramento de rigor, aceptando el cargo: “¡Por Dios, nuestro Señor, sus Santos Evangelios y mi palabra de honor!”.


Se inició así la difícil tarea de reconstruir el Estado, declarar formalmente la Independencia de Chile, crear e impulsar la creación de la primera Escuadra Nacional y el Ejército Libertador del Perú, realizar una admirable labor de progreso y dejar al país libre de las fuerzas hispanas que lo dominaron durante tres siglos.

A través de seis años, se dedicó intensamente a reconstruir la Patria libre y soberana, hasta el día en que, en 1923, abdicó del mando y decidió marcharse al Perú, en donde vivió el resto de su vida.

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La “Aurora de Chile” y el Derecho de los Pueblos

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El jueves 13 de febrero de 1812, en un día como hoy, apareció el primer número de la “Aurora de Chile”, el primer periódico nacional. En la actualidad, la fecha está consagrada como el “Día de la Prensa Nacional” y como tal se conmemora en todo el país.


A continuación, reproducimos parte del primer editorial, escrito por Frai Camilo Henríquez González, que fue el Director de la publicación.

NOCIONES FUNDAMENTALES SOBRE
LOS DERECHOS DE LOS PUEBLOS

“Todos los hombres nacen con un principio de sociabilidad, que tarde o temprano se desenvuelve. La debilidad y larga duración de su infancia, la perfectibilidad de su espíritu, el amor maternal, el agradecimiento y la ternura que de él nacen, la facultad de la palabra, los acontecimientos naturales, que pueden acercar y reunir de mil modos a los hombres errantes y libres, todo prueba que el hombre está destinado por la naturaleza, a la sociedad.

El fuera infeliz en este nuevo estado, si viviese sin reglas, sin sujeción y sin leyes, que conservasen el orden. ¿Pero quién podía dar y establecer esas leyes, cuando todos eran iguales? Sin duda el cuerpo de los asociados, que formaban un pacto entre sí de sujetarse a ciertas reglas establecidas por ellos mismos para conservar la tranquilidad interior y la permanencia del nuevo cuerpo que formaban.

Así pues, el instinto y la necesidad, que los conducía al estado social, debía dirigir necesariamente todas las leyes morales y políticas al resultado del orden, de la seguridad y de una existencia más larga y más feliz para cada uno de los individuos y para todo el cuerpo social. Todos los hombres, decía Aristóteles, inclinados por su naturaleza a desear su comodidad, solicitaron, en consecuencia de esta inclinación, una situación nueva, un nuevo estado de cosas, que pudiese procurarles los mayores bienes: tal fue el origen de la sociedad.


El orden y la libertad no pueden conservarse sin un gobierno y por ésto la misma esperanza de vivir tranquilos y dichosos, protegidos de la violencia en lo interior y de los insultos hostiles, compelió a los hombres ya reunidos, a depender, por un consentimiento libre, de una autoridad pública. En virtud de este consentimiento se erigió la Potestad Suprema, y su ejercicio se confió a uno o a muchos individuos del mismo cuerpo social.


En este gran cuerpo hay siempre una fuerza central, constituida por la voluntad de la nación, para conservar la seguridad, la felicidad y la conservación de todos y prevenir los grandes inconvenientes que nacerían de las pasiones; y se observa también una fuerza centrífuga, que proviene de los esfuerzos, injusticias y violencias de los pueblos vecinos, por las cuales obran unos sobre otros para extenderse y agrandarse a costa del más débil, a menos que cada uno se haga respetar por la fuerza. Por este principio la historia nos presenta a cada paso la esclavitud, los estragos, la atrocidad, la miseria y el exterminio de la especie humana. De aquí es que no se encuentra algún pueblo que no haya sufrido la tiranía, la violencia de otro más fuerte.


Este estado de los pueblos es el origen m de la monarquía, porque en la guerra necesitaron de un caudillo que los conduzca a la victoria. En los antiguos tiempos, dice Aristóteles, el valor, la pericia y la felicidad en los combates, elevaron a los capitanes por el reconocimiento y la utilidad pública, a la potestad real.


No tuvo otro origen la monarquía española. Los Reyes Godos ¿qué fueron en su principio sino capitanes de un pueblo conquistador? ¿Y de qué le hubiera servido al Infante Don Pelayo descender de los Reyes Godos, si los españoles no hubiesen conocido en él, los talentos y virtudes necesarias para restaurar la nación y reconquistar su libertad?


Establezcamos pues, como un principio, que la autoridad suprema trae su origen del libre consentimiento de los pueblos, que podemos llamar pacto o alianza social. En todo pacto intervienen condiciones y las del pacto social no se distinguen de los fines de la asociación.


Los contratantes son el pueblo y la autoridad ejecutiva. En la monarquía son el pueblo y el rey.


El rey se obliga a garantir y conservar la seguridad, la propiedad, la libertad y el orden. En esta garantía se comprenden todos los deberes del monarca. El pueblo se obliga a la obediencia y a proporcionar al rey todos los medios necesarios para defenderle y conservar el orden interior. Este es el principio de los deberes del pueblo.


El pacto social exige, por su naturaleza, que se determine el modo con que ha de ejercerse la autoridad pública; en qué casos y en qué tiempo se hace oír el pueblo; cuándo se le ha de dar cuenta de las operaciones del Gobierno; qué medidas han de tomarse para evitar la arbitrariedad; en fin, hasta donde se extienden las facultades del Príncipe.


Se necesita, pues, un reglamento fundamental, y este reglamento es la Constitución del Estado. Este reglamento es más en el fondo que en el modo y orden con que el cuerpo político ha de lograr los fines de su asociación”.

(Hasta aquí la primera parte del extenso editorial, que ocupa toda la primera página de la “Aurora”. Continúa en la segunda página y termina en la tercera que, por el momento, no es fundamental seguir copiando, ya que lo más importante es esta primera parte, referente al derecho de los pueblos y que determina la necesidad de su independencia y soberanía).

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El sensacional “Prospecto” anunciando “La Aurora de Chile”

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El 12 de febrero de 1813, en un día como hoy, prácticamente ya todo Santiago conocía el sensacional “Prospecto”, escrito por Fray Camilo Henríquez, anunciando la aparición del primer periódico nacional: “La Aurora de Chile”. En esos tiempos era muy poca la gente que sabía leer en este país colonial. Pero, los que recibieron el Prospecto, tal como lo hicieron al día siguiente con el periódico, lo leían en voz alta en las puertas de las casas, en la plaza, en las calles y esquinas.
En la columna de ayer reproduje algunas partes del Prospecto. Agrego hoy algunos otros párrafos de ese extenso documento histórico:


“Venid, sabios de Chile, venid, ayudad, sostened con vuestras luces, meditaciones, libros y papeles, nuestros débiles esfuerzos y trabajos. La Patria os invoca. Toda la América espera algo bueno de nosotros. Procuremos honrar la Patria, que nos ha sostenido. Dejemos a la posteridad algún vestigio de nuestra existencia. Todo se reúne para excitar nuestro celo patriótico. La sublime idea de la libertad civil, los esfuerzos de una administración bienhechora, la sabiduría de sus miras, la presencia de la Imprenta, esa fiel conservadora del pensamiento, cuántas circunstancias nos rodean, deben excitarnos al trabajo, encender la imaginación y dar un nuevo tono a nuestra literatura”.


Tras otras largas consideraciones, el “Prospecto” finalizaba con estas palabras escritas por el entusiasta fraile franciscano:


“En medio de tantos bienes, en medio de este aparato consolador de grandes cosas y dulces esperanzas se echaba de menos un periódico que las anunciasen y difundiese, que generalice las ideas liberales, consolidase la opinión y comunicase a todas las provincias las noticias del día, nunca más interesantes que en un tiempo en que el antiguo mundo muda de aspecto y la América cobra su dignidad, se ilustra, se engrandece, se regenera”.

Al día siguiente, 13 de febrero de 1812,l a alegría se desataba incontenible, con la aparición de la “Aurora de Chile”, cuyo aniversario, “Día de la Prensa Nacional”, se conmemorará mañana.

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