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27F en Pichilemu 10 años después: “Yo sabía que iba a haber un tsunami”.

“Por unas emisoras argentinas de la frecuencia AM escuchamos que había sido un gran terremoto lo de Chile. 8.8, con epicentro en la zona de Concepción. Poco a poco comenzaron a transmitir radios chilenas, las que entraron en cadena como la ADN y sus filiales. Ahí supimos que no había alerta de tsunami, lo que nos parecía insólito. El tiempo avanzaba tan lento que el amanecer no llegaba nunca. Llantos, gritos desesperados, conjeturas, fake news, .Los más increíbles sentimientos se apoderaron de quienes estábamos en ese cerro”.

Por Tania del Pilar Arce Saavedra

“Cuando decidí vivir en Pichilemu alguien me dijo que su gente era muy especial. Durante el año todos eran amigos, compartían y se sabía casi todo de todos. Pero que en verano con suerte se saludaban. Era una vorágine indescriptible, donde la ciudad se transformaba, y de un ambiente de pueblo costero en que compartían pescadores, trabajadores del comercio, surfistas, y muchos, muchos extranjeros, pasaba a una especie de gran ciudad en las que sus calles y veredas se hacían pequeñas, y donde llegaban vendedores, emprendedores, circos, juegos, teatro, inmigrantes, cantantes callejeros y un cuanto hay; al puro estilo del realismo mágico de García Márquez.
Yo me movía entre dar las noticias en la radio y el corretaje de casas de veraneo. El día para mí partía muy temprano ya que había innovado con una publicidad en internet al estilo Aribnb por lo que el teléfono no paraba de sonar. Por lo mismo esperaba el día domingo que se fueran un poco de veraneantes para hacer mis quehaceres personales como almorzar con mis hijos, ir al supermercado o algo tan simple como echar combustible.


Pero la noche de ese viernes 26 todo fue diferente. Fui a dejar a una señora que me ayudaba y que había trabajado hasta tarde ese día, y cuando vi la Copec vacía aproveché y llené el estanque que ya estaba casi con la luz encendida. Regresé a mi casa y con una prima vimos a Ricardo Arjona.
En nuestra casa había invitados del campo de la zona de Copequén. Eran unos amigos de nuestra familia que habían ido unos días a pasar el final del verano.


Terminó el Festival de Viña y con mi prima nos demoramos en dormir, pues estábamos planeando hacer un viaje a la semana siguiente a la costa del Maule. Por lo mismo había comprado muchos víveres (algo que hacía normalmente los domingos). Como nunca, no cargué mi celular. ¡Estaba rendida!


Entre sueños sentía a mi hijo Rodrigo que en ese tiempo tenía 14 años. Estaba abajo viendo la película Titanic cuando comenzó a temblar.


De los cuatro años que viví en Pichilemu, jamás sentí un temblor. Fue aterrador. Apenas nos podíamos sostener. El señor que estaba en la pieza contigua (los invitados) sacaron a su nieta y a mi hija que habían hecho una pijamada. Casi les cae un televisor encima. Él lo alcanzó a sostener. Yo estaba en shock.


De inmediato y cuando aún no paraba de temblar, busqué las llaves de mi auto, y sin abrigo ni zapatos con mi prima tomamos a mis hijos, y salimos en busca de una zona segura. Yo sabía que iba a haber un tsunami. Mi teléfono sonaba y sonaba. Una amiga de Viña quería que averiguara cómo estaba su hija, y el administrador de la radio quería saber de mí. Intenté llamar a mi madre pero fue imposible. A mí apenas me quedaba carga en la batería de mi teléfono.


Fui la primera en llegar a la cumbre del cerro, junto a las antenas. Poco a poco comenzó a llenarse de vehículos. Parecía una de esas películas de suspenso donde todo sale mal. Mientras yo intentaba comunicarme con El Rancagüino para informar lo que pasaba en Pichilemu, un hombre vestido con una especie de traje de campaña, filmaba todo lo que sucedía.


Había luna llena, por lo que la oscuridad no era plena. Muchos hombres y mujeres comenzaron a gritar a sus hijos. Recuerdo una madre que corrió hacia la playa de Infiernillo a buscar al suyo pues debo aclarar que al final del verano en Pichilemu se juntan cientos de jóvenes a tomar y hacer fogatas en la zona del barco. La mujer que gritaba quiso bajar a la playa pero su marido la frenó y le dijo que nada sacaba con bajar. Que su hijo iba a volver solo. No recuerdo si los bomberos dieron o no alerta de tsunami, pero sí que la gente decía que ya había habido una ola grande.


Yo descalza en el cerro no calmaba a nadie. Al contrario, a mí me debieron calmar. Luego recordé mi rol de comunicadora y decidí ponerme a ayudar con lo que sé hacer. Por las radios locales comenzamos a dar la alerta de que debían subir a sectores altos. Esto porque una cosa era Pichilemu, la gran ciudad en la que se transformaba en verano, pero otra eran esos pequeños pueblos como Cahuil, Bucalemu, Boyeruca, Llico y tantos otros, donde nosotros sabíamos que la radio era estratégica.


Por unas emisoras argentinas de la frecuencia AM escuchamos que había sido un gran terremoto lo de Chile. 8.8, con epicentro en la zona de Concepción. Poco a poco comenzaron a transmitir radios chilenas, las que entraron en cadena como la ADN y sus filiales. Ahí supimos que no había alerta de tsunami, lo que nos parecía insólito. El tiempo avanzaba tan lento que el amanecer no llegaba nunca. Llantos, gritos desesperados, conjeturas, fake news, .Los más increíbles sentimientos se apoderaron de quienes estábamos en ese cerro.


Mis hijos se durmieron en el auto junto a mi prima, por lo que aproveché de salir a recorrer un poco y ver a mis tíos que también estaban en Pichilemu. Ya había amanecido.


Trataba de llamar a mi madre pero nada, sin embargo sobre la misma me entró una llamada de mi mejor amiga que se había ido hacía una semana a vivir a Iquique. También mi tía preocupada por mi prima, mis vecinos del campo, y del diario con quienes al fin pude comunicarme y dar una especie de reporte de lo que sucedía.


Cuando subimos el cerro en pleno terremoto yo quise tomar un camino, pero mi hijo me dijo “no mamá, ese es peligroso. Subamos por este otro lado que nos llevará directo a las antenas”. Le hice caso. Cuando amaneció, descubrimos horrorizados que la patrulla de carabineros estaba volcada en el camino que mi hijo evitó que tomara.


Ya cubierta con una manta prestada por la familia que se estacionó a mi lado comencé a pensar, “qué iba a ser de mí”. Elegí Pichilemu para reinventar mi vida y aprovechar de vivir del turismo que lo veía como el oro del futuro. El panorama se veía negro, no solo para mí. Para toda esa gente que compartía en invierno y apenas se saludaba en verano.


Al fin me llamó mi mamá. Estaban en Santiago de visita en la casa de mi hermana menor. Mi hijo mayor, estaba con mi papá en el campo en Coinco y también se reportaron sin mayores problemas.
En las noticias hablaban de una familia que en la zona de Tanumé había perdido a sus dos hijos bebés con el tsunami. Que las carreteras estaban cortadas, que las autopistas se habían caído y que el tsunami había arrasado con todo en el Maule y Bio bio. Ya se hablaba oficialmente de Tsunami.
Al fin encontré a la hija de mi amiga de Viña, y logré avisarle por mensaje de texto que estaba bien. Un grupo de jóvenes había quedado atrapado en una discoteque pero lograron salir, aunque todos magullados y en estado de shock.


Como a las 9.00 de la mañana me hice la valiente y fui a ver mi casa que había quedado abierta, y hasta con el computador sobre la mesa de centro. Pero antes hice un pequeño recorrido por la ciudad. Las motos de la costanera estaban por cualquier lado. Toda la zona cercana a la Gobernación Provincial había sido inundada. Llegueé a la casa saqué un cooler y llevé todo lo que pude al cerro. Con mi prima repartimos leche con chocolate, fruta y galletas a los niños que estaban cerca.
Mientras, seguía temblando. Fue ahí cuando pensé en que tenía que tomar una decisión. Volver a Rancagua. En las condiciones que fueran y por el tiempo que fuera necesario. El sueño de vivir en un lugar sin horarios y donde el tiempo se detenía cada invierno se terminaba.


Volví a la casa y justo vino la segunda ola. Debieron ser como las 11 de la mañana. No lo recuerdo bien. Hacía mucho frío y estaba lloviznando.


Sacamos ropa, artículos importantes y comenzamos nuestro viaje. La salida de Pichilemu estaba bloqueada porque el sector de Puente Negro estaba en la zona inundable. Sin embargo dejaron pasar por unos minutos y nosotros aprovechamos la oportunidad.


Derrumbes en los cerros, árboles caídos. El panorama se veía apocalíptico. Tuvimos que desviarnos muchas veces. Cuando pasamos por Pichidegua fue terrorífico. Postes en el suelo y decenas de casas derrumbadas, incluyendo un hogar de ancianos.


San Vicente no fue muy diferente. Al fin llegamos por Pelequén a la ruta cinco. Era una verdadera diáspora. Miles de personas que estaban de vacaciones intentado volver a sus casas. Mi madre no podía regresar de Santiago porque el paso nivel Hospital estaba en el suelo.


Al fin llegamos y en casa de mis padres todo bien. La misma casa donde pasé el terremoto del 85, y no tenía ni un rasguño. La primera noche dormí en el auto. No soportaba las réplicas.


Decidí no volver a vivir a Pichilemu aunque eso significara cambiar mi estilo de vida.


Pero ésta dio un vuelco y el destino me tenía grandes sorpresas. Conocí gente maravillosa con la que aún comparto mi vida; trabajé dos años en el diario donde hice muchos reportajes relacionados con el 27F; mis hijos estudiaron, entraron a la universidad los dos mayores, y ahora la menor también. Y junto a mi pareja, a quien conocí ese año, creamos un emprendimiento del área de las comunicaciones. Nuestro fuerte es el tema del turismo y por esas casualidades de la vida fuimos llamados a trabajar en la reactivación del destino Iquique después del terremoto de 2014, así como también en Atacama después de los aluviones. Ha sido una experiencia alucinante.


Me costó volver a Pichilemu. Pero cada verano voy por más días. De hecho regresé hace una semana y en un acto casi simbólico, mi hijo Rodrigo, mi hija Paula y yo salimos a dar una vuelta al centro. Como en aquellos tiempos, 10 años después”.

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