La Fundación de la Villa Santa Cruz de Triana,  La Villa que precedió a la ciudad de Rancagua

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  • Texto es un resumen de libro “Rancagua en la Historia” de Héctor González

 

El día 5 de octubre de 1743, se llevó a efecto la solemne ceremonia de la fundación de la nueva villa, por el Gobernador Capitán General y Presidente de la Real Audiencia don José Antonio Manso de Velasco –  por ello existe un monumento de Manso Velasco a un costado de la municipalidad de Rancagua en plena plaza de Los Héroes-. Estaba junto a él, el Dr. Don Martín de Jaugueri y Ollo, a quién el Gobernador había encomendado los trámites finales de la fundación, con todas las facultades necesarias para ello.

Don Martín era Fiscal de la Real Audiencia, había nacido en la ciudad de Sevilla, en España y fue designado por Manso de Velasco “Protector de la Villa” facultándosele para hacer el reparto de los solares y de tierras.

Igualmente presente estuvo el Corregidor del valle de Rancagua, General don Pedro Vicente de Espexo y el Cura don Francisco de Aguilera, quién había pedido reiteradamente la fundación del pueblo. Dando por terminado su trabajo, estaba el Juez Agrimensor General don Juan Francisco de Arrechea y otras personas importantes que se nombran quienes firmaron el documento.

Después de cumplirse con una serie de formalidades, don José Antonio Manso de Velasco tomó en sus manos el Estandarte de la Compañía de Jesús y lo colocó en el centro, en señal de que tomaba posesión del pueblo, en nombre del Rey. Habló luego a la gente reunida, anunciando que la villa quedaba bautizada con el nombre de Santa Cruz de Triana, palabras que fueron recibidas “con mucho aplauso de los circunstantes”. No lo dice el documento, y tampoco firmaron el mismo, porque lo más probable es que no supieran firmar, pero tienen que haber estado presentes los caciques principales de Rancagua Juan Miguel Mauro y probablemente el viejo cacique Tomás Guaglen de las Estrellas o su hijo.

No aparecen en el acto, no los menciona como asistentes al acto, el Gobernador en el informe que envió al Rey de España dando cuenta de la fundación de Santa Cruz de Triana. Pero allí, a pocas cuadras de la flamante villa española quedaban reducidos a las últimas tierras cuya propiedad les reconocieron, quienes fueran dueños libres y absolutos del valle de Rancagua, de sus tierras y de las aguas cristalinas del loco río Cachapoal.

 

 

La elección de los terrenos para la fundación

A medida que pasaba el tiempo, se iba viendo cuan necesaria era la fundación de algunos pueblos, que reunieran a los habitantes dispersos en los campos, o que ratificara oficialmente la espontánea reunión de caseríos en algunos lugares del Reino de Chile. Una Real Cédula de 1695, ordenaba especialmente la fundación de pueblos. Conocedor de tales órdenes e instrucciones, don José Antonio Manso de Velasco, tuvo como principal preocupación la de estudiar y ordenar la fundación de nuevas Villas. Para el efecto, realizó personalmente un viaje hasta Concepción, siguiendo el “camino Real”, para ver por sus ojos la configuración de los terrenos y disponer fundaciones de villas “a distancias proporcionadas unas de otras, para que puedan sostenerse en mutuo socorro”. Fue en el otoño de 1842 cuando el Gobernador tuvo primeras conversaciones con la gente más importante de estos contornos del valle de Rancagua y, especialmente, con el Cacique del Pueblo de Indios, don Tomás Guaglén de las Estrellas.

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El Gobernador Manso ya había fundado San Fernando a orillas del Tinguiririca, y pensó que era apropiado que se creara un nuevo pueblo en la ribera norte del Cachapoal, más o menos a igual distancia del ya mencionado y de la capital del Reyno. El sitio lo juzgó apropiado, el lugar era hermoso y fértil. El río Cachapoal traía en abundancia el agua fresca y cristalina de la Cordillera. Hasta aquí podían llegar con facilidad las piedras con oro desde Alhué y de los cerros vecinos, para dar trabajo a los trapiches que se estaban levantando. El caserío indígena denominado Rancagua ayudaría a darle vida a la villa hispana que anhelaba hacer nacer. De ello ya han pasado 277 años.

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