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La historia tras el hombre que irrumpió en la municipalidad de Rancagua con “arma de fuego”.

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El viernes pasado, un hombre de 73 años paralizó la Municipalidad de Rancagua. Con un arma de aire comprimido y palos de madera adosados a su cuerpo, que aseguró eran dinamita, llegó hasta el despacho del alcalde para mostrar su desesperación ante los problemas de salud que lo aquejan y una eventual pérdida de visión. Esta no es la primera vez que ocupa una técnica similar. Aquí, su historia. 

 

Por Patricio Miranda Humeres / Fotos: Marco Lara

 

Es sábado y Roberto Paz, de 73 años, está sentado en el comedor de su casa. Vive solo y las cajas de remedios y mascarillas usadas se acumulan en uno de los muebles del living. Frente a eso, herramientas y papeles se juntan sobre una repisa grande de madera. “Ese mesón lo hice para amasar pan, le puse unas bisagras para poder levantarlo”, explica.

Le ha sonado el teléfono varias veces durante la mañana. Lo han llamado para preguntarle cómo está y si necesita algo. También le comentan que hay gente que está dispuesta a ayudarlo. Incluso personal de salud municipal llegó a su casa.

Ya pasadas la 1 de la tarde, responde con calma, agradecido, pero también con cierto cansancio. “Sí, estoy bien”, contesta, algo aburrido por tener que repetir la frase más de una vez.

Y es que a la misma hora del día anterior, Roberto fue el protagonista de un hecho que paralizó a la Municipalidad de Rancagua, cuando ocupó lo que fue, hasta ese momento, su último recurso: entrar con un arma de aire comprimido, sin municiones, y elementos adosados a su cuerpo que hizo creer eran dinamita, para hablar con el alcalde Eduardo Soto y exponer su desesperada situación: problemas de salud que arrastra hace años, que le apliquen la Ley 16.744 sobre Accidentes de Trabajo y conseguir una operación urgente para evitar perder la vista.

 

La espalda, el diafragma y el arsénico

 

“Nací en Caletones, pero me crie en la población Esperanza, en Rancagua. Mi vida siempre ha sido puro trabajo, desde niño. Sin padres presentes, una infancia terrible, aunque eso no viene el caso”, comenta Paz.
Y es que si hay algo que el hombre de 73 años quiere dejar en claro es que no busca inspirar lástima. “No quiero quedar de ‘pobrecito’”, dice.

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Heladerías, panaderías, excavaciones y construcción son algunos de los rubros en los que ha trabajado. Acomodador de cine, soldador, albañil y la minería también engrosan la lista.

Precisamente en esta última fue que tuvo el primer accidente con secuelas que lo aproblema hasta hoy.

“Fue en el año ’84 u ‘85 que tuve un golpe muy fuerte en la espalda. En la minería antigua, el minero que trabajaba con máquinas que perforaban la roca siempre se caía”, afirma Paz. “Y un día yo caí muy mal y eso me afectó la columna y el diafragma. De forma irreversible, dijo el doctor”.

Allí fue cuando comenzaron sus dificultades para respirar: “Me ahogo por cualquier cosa, no puedo hacer fuerza. Todo me cansa, me duele la espalda”.

A raíz de ello, dice, enfrentó las primeras barreras de un sistema que califica como abusivo y poderoso. “Tuve que hacer una denuncia a la Superintendencia de Seguridad Social para que la Mutual reconociera mi problema a la columna. Y lo hicieron, pero no lo del diafragma”, reclama.

De ahí que cuando, casi veinte años después, cuando otra situación laboral afectó su salud, tuviera cierta desconfianza con la institución.

“En el año 2002 trabajé sacando arsénico en Caletones, manualmente. Fueron como 100 días. Me empecé a sentir mal, con diarrea, malestar en mi cabeza y quemaduras”, recuerda. “Me subía a unos tubos que estaban colgando, se les hacía un boquete arriba y tenía que meterse uno a sacar el arsénico. Trabajábamos dos arriba y uno abajo recibía los baldes”.

Luego, señala sus piernas y rodillas: “A uno le ponen un traje blanco que no sirve de nada, porque se me desprendía toda la piel de aquí. Es muy fuerte el arsénico”.

En otra ocasión, relata Roberto, el tóxico elemento estaba un poco húmedo y al picarlo, le saltó a la cara: “Yo tenía lentes y todo, pero me salpicó. No fue un dolor fuerte, pero era constante. No sé cuánto tiempo estuve con eso, pero ahora no puedo leer porque tengo un hoyito al medio del ojo”.

Como no quedó conforme con la atención de la Mutual, decidió ir al Instituto de Salud Pública (ISP). Los resultados de los exámenes fueron contundentes. Un documento timbrado por el ISP fechado el 10 de julio de 2002 postula que la cantidad de arsénico en el pelo no debe superar los 0,1 mg cada 100 gramos de pelo. Roberto Paz tenía 7,03 mg. 70 veces más que el máximo estipulado.

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“Yo salía mal de ese trabajo. Entraba a unos, llamémosle silos. Altos, de fierro, y uno adentro tenía que vaciar para que cayera el arsénico. Todo eso llegaba a la cara, uno estaba con mascarilla pero igual entraba por acá (señala su pecho), porque cuando uno le hace así (se inclina hacia adelante), se produce un fuelle (en el overol) y chupa el aire”, afirma.

“De todo mi cuerpo empezó a desprenderse la piel, igual que las culebras. Incluso ahora yo meto las manos al agua y la siento muy caliente. A mí se me fue una capa de la piel, la tengo muy sensible”, relata.

Pero esas no fueron las únicas consecuencias que Paz alega le trajo la exposición al arsénico. Unas molestias que sintió derivaron en una operación a la próstata, pero los dolores continuaron. “He recorrido no sé cuántos doctores en Rancagua, en Santiago. He ido a la Chile, a la Católica, he pedido préstamos, he gastado mucha plata repitiendo los mismos exámenes”, postula.

“Cuando usted ingiere veneno, le perjudica todo el organismo. Empecé a perder fuerza. Yo era musculoso, me gustaba el deporte. Hacía de todo, correr, natación. Y uno se empieza como a secar”, lamenta.

 

El primer llamado

 

A Roberto se le hacía cada vez más difícil trabajar y los años le comenzaron a pesar. Así fue como decidió jubilarse, trámite que se convirtió en otro obstáculo.

“Es difícil pensionarse, porque a uno le buscan problemas por todos lados, o le hacen creer, por la ignorancia del común de nosotros los trabajadores, que todavía no se puede. Entonces dije ‘voy a asustar a estos hueones‘. Pero asustar nomás, porque nunca le he hecho daño a nadie. Y menos pegarle a una persona”, dice.

No recuerda exactamente la fecha, pero cree que fue hace unos diez o doce años atrás cuando probó, por primera vez, la idea de adosar falsos cartuchos de dinamita, hechos de palo, a su cuerpo. Fueron cerca de 20 “cartuchos” los que tenía debajo de su camisa y que mostró al irrumpir en una oficina de la AFP.

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“Fui a la gerencia en Santiago, en un sexto piso. Era tal mi impotencia, yo me sentía enfermo, tenía el diafragma y la columna mala, me duele todos los días (…). Tengo como una laguna y no recuerdo bien qué me contestó la persona que me atendió, pero me rogó ‘por favor, váyase y yo mismo le aviso, yo lo llamo’. Y a los diez días me llamaron y me dijeron ‘no se preocupe, está lista su pensión’. Si no hubiera hecho eso, no me habría pensionado”, afirma convencido. “De ahí saqué yo eso, como para abrir puertas nada más. Porque qué iba a hacer ahí con palos. Se me ocurrió nomás”.

 

Una blanca pared

A Paz le cuesta ver con claridad. Cuando escribe, lo hace con letras grandes, casi todas mayúsculas.

“Tengo una mancha en el ojo, veo un 20%. Tengo un desprendimiento de retina que tiene que ser operado urgente y pasado unos días, uno pierde la vista. Esa es mi desesperación”, cuenta.

Según su relato, una fallida intervención médica por cataratas sería la causante de su situación.
“Previo a la operación yo no le escuchaba bien al doctor, porque tengo también un 30% de sordera. Y él se enojó tanto, que me empezó a gritar ¿Y qué le iba a contestar yo a una persona que al día siguiente me iba a someter a una operación?”, cuestiona Paz.

Pero ese episodio no fue el único problema que habría tenido con el profesional de la salud.

Mientras estaba en pabellón siendo operado, Roberto Paz asegura que el médico conversaba con su ayudante “y en un momento se asustó, no sé por qué. Yo escuché su exclamación”. Pese a ello, la operación concluyó y él se fue a su casa. A los quince días intervinieron su otro ojo. “Al día siguiente, quiero mirar y veo una tela blanca, me había dejado sin vista. Esto fue hace como tres años. Quedé con cero visión, tuve que andar detrás del doctor y quizás no fui pasivamente. Mi tono de voz, a lo mejor, estaba un poquito aumentado, pero porque fui con los ojos en blanco”, reconoce.

Pasaron tres años y Paz seguía “picado”, como dice, con el médico, por lo que, cuenta, acudió al Consejo de Defensa del Estado.

Una vez iniciados los trámites, el hombre asegura que presentó su caso sin un abogado, mientras que la contraparte llegó con al menos dos. “Antes que leyeran el fallo, le dije para qué va a leer, si ya sé que va a decir. Ellos eran tres abogados y yo un simple obrero… ellos ganaron”, lamenta. “Yo estaba reclamando porque este doctor me había gritado y dejado con fallas en el ojo, por una negligencia médica que había cometido un doctor porque no veo nada. Es como ver una pared blanca”.

“Yo quería que me escucharan”

 

En una hoja afirmada en la puerta de su casa, Paz tiene escrita la dirección del Hospital El Carmen de Maipú. “El lunes tengo que ir urgente, sí o sí”, dice, a la vez que explica que lo derivaron para que un especialista examine sus ojos. “Tengo el temor de que pasen muchos días y no me operen y perder mi visión. Porque ahora veo luz y todo nublado”.

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De ahí que, asegura, irrumpir el viernes pasado en la Municipalidad de Rancagua fue un grito desesperado por hacerse escuchar. “Lo hice para llamar la atención, porque me pregunto por qué no se me aplicó la Ley 16.744. Yo pienso que acá se esconde mucho misterio y muchas muertes”, asevera.

En esa línea, lo que Paz busca también son respuestas: “¿Cuánta gente ha fallecido a causa del arsénico, que ataca varias partes del cuerpo? Yo quería que me escucharan y que se aplicara la ley. Me gustaría saber qué les ha pasado a esos otros trabajadores, qué secuelas han tenido, porque aquí hay mucha impunidad”.

Con todo, el hombre se empeña en dejar en claro una cosa: “Nunca se me pasaría por la cabeza ir a hacer un daño. Le pedí disculpas al viejito que no me quiso abrir la puerta (de la oficina del alcalde), que tiene que haberse asustado, porque cuando vi venir otros dos hombres más, le mostré la pistola. Me disculpé, pero ya estaba todo hecho ya”.

 

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