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Renovado equipo con foco en el deporte atiende hoy a niños y niñas de la exresidencia Catalina Kentenich.

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Por Patricio Miranda Humeres / Fotos: Marco Lara

 

 

En un extenso patio, una niña y dos niños juegan a la pelota con Juan Luis Lizama (29), quien los va guiando entre pases y dinámicas para sortear unos aros de plástico colocados estratégicamente en el pasto.

A ratos hay cierta resistencia, pero con el pasar de los minutos las sonrisas de los niños afloran y se suman a los hábiles movimientos que Lizama realiza con el balón. Y es que ya son dos meses en que el profesor de educación física se ha ido ganando su confianza.

Los tres menores vienen de haber sido vulnerados en más de una ocasión por otros adultos. Hace solo unos meses, acapararon portadas de diarios y titulares en televisión, luego de que se evidenciaran las negligencias ocurridas en el hogar Catalina Kentenich, administrado por la Fundación María Ayuda en Rancagua, lo que sumado a los constantes escapes y peligros a los que se vieron expuestos, como cuando pasaron prácticamente todo un día arriba del techo de la casa ubicada en calle Chorrillos, dieron paso al término anticipado del convenio que Sename mantenía con la ONG.

Hoy, es la Fundación Integrando Niños y Adolescentes quien se encarga de la tutela presencial de dos niños y una niña, además de mantener la tutela y supervisión de otros 11 que están con sus familias.

“Hace unos cuatro años hacíamos actividades con Sename, siempre a base de trabajar la salud mental a través del deporte”, cuenta Pilar Zamora Mora, directora de la fundación. “Con una pelota fue la mejor manera en que pudimos llegar a los niños y niñas. Así ellos mismos empezaron a contarnos sus historias y empezamos a ver cómo armar una residencia, que siempre había sido nuestro anhelo”.

Por ello, cuando la contactaron desde el servicio luego de la crisis ocurrida en la residencia Catalina Kentenich, no dudó en reunir al directorio de la fundación, donde también está su hermano, y centrar todos sus esfuerzos para concretarlo.

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“Vimos unas seis casas y no me convencían. Más que una residencia, yo buscaba que tuviéramos un hogar. Y aquí estamos hoy, tratando de hacer algo distinto para los chicos, tanto en infraestructura como con un equipo disciplinario, pensando en que ellos son el futuro de nuestro país”, relata Zamora.

Pese a que el inmueble que hoy ocupan es mucho más amplio y con mayores comodidades que donde residían antes los niños y niñas, al principio igual hubo cierta reticencia de parte de los menores para mudarse.

“Ellos igual venían con miedo, solo ellos saben lo que han vivido. Nosotros lo único que tenemos que hacer es reparar esas heridas, entregarles herramientas y apoyarlos tanto a ellos como a sus familias para que vuelvan a su hogar, si es que no existe un foco de vulneración en sus casas”, señala la directora.

 

Nuevas dinámicas

En la nueva casa los espacios son amplios, las piezas tienen bastante iluminación y hay un monitoreo constante de parte del equipo. Incluso tienen un huerto en el que plantaron cilantro, distintas variedades de lechuga y otras verduras.

También hay horarios que cumplir y Lilian Olivares Vidal lo tiene claro. Está a cargo de la cocina y quienes trabajan con ella comentan con cariño lo estructurado y ordenado que mantiene tanto el espacio como el cronograma.

“Aquí se les da comida saludable y en eso soy muy estricta. Tengo horarios establecidos, si hay alguno o alguna con sobrepeso hay que trabajar la dieta… aunque ellos igual intentan manipular y llegan con el beso, con el abrazo, hasta se le cuelgan a uno para que les de algo”, señala Olivares con una sonrisa.

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En estos dos meses, asegura, ha sentido que su labor y esfuerzo han valido la pena. Incluso dejó su antiguo trabajo para embarcarse en este proyecto, que es bastante distinto a lo que estaba acostumbrada, en casinos para empresas y también en comedores solidarios en la comunidad religiosa en la que participa.

Al principio, reconoce, conocer las historias detrás de los niños la superó. “Yo lloré toda la primera semana y todavía hay días en que me pasa”, dice emocionada. “Pero en esta cocina intento marcar la diferencia, enriquecer los platos para los niños. Los decoro, les hago algo bonito, hago hartas verduras, cosas diferentes. Incluso ahora les hago un taller de gastronomía”.

Así, sopaipillas secas, pasadas y pies de limón han sido algunos de los alimentos que ha preparado junto a los niños.

“Haciendo las cosas bien”

Si hay algo en lo que todos quienes trabajan en el nuevo hogar para estos niños y niñas coinciden, es que si bien el trabajo no es fácil, al final del día resulta muy gratificante.

“Por mi parte puedo reforzar y enseñarles los valores, cosas tan simples como pueden ser el respeto o el trabajo en equipo lo hago ocupando el juego como medio”, señala Lizama, coordinador deportivo de la residencia. “De a poquito uno se va ganando la confianza y es gratificante que ellos mismos te empiecen a considerar, que se pongan alegres cuando uno llega, que te den el abrazo. Es algo que a uno lo pone feliz y lo hace entender que está haciendo bien su trabajo”.

A la labor que ellos realizan, también se suman las constantes visitas de supervisoras y personal del Sename. Incluida la directora regional (s) del servicio, Pamela Urquhart.

“Cambiamos todos los paradigmas. Desde una casa que no reunía las condiciones en la población Manso de Velasco, al otro lugar en calle Cuevas, todos con espacios estrechos, al mejor de los lugares, donde los niños han estado desarrollando y manifestando interés por conductas deportivas”, afirma la abogada.

En esa línea, Urquhart asegura que ha sido testigo de otros cambios conductuales y de costumbres en cuanto a mejoras en la calidad de vida de los niños y niñas: “De pedir el pan con queso, ahora entran a la cocina y he podido verlos pidiendo frutas, una manzana, un plátano”.

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Urquhart es consciente de la gran diferencia que existe entre el nuevo inmueble y el equipo que en él trabaja con otros centros y residencias tanto del Sename como de organismos colaboradores, sobre todo a raíz de lo ocurrido en el Catalina Kentenich.

“Los niños y niñas merecen lo mejor. Una buena infancia genera un buen ser humano y este debe ser un estándar mínimo. Cuando vimos este lugar, que es hermoso, grande y muy amplio, fuimos también en la búsqueda de algo mucho más sensible, que era un espacio familiar, un verdadero hogar, sentirse en una casa y no en una residencia”, puntualiza la directora (s) regional del Sename. “Ya no se circunscriben a una pieza, ellos recorren la casa completa, reciben a sus visitas, tienen interacción incluso con mascotas. Esto va mucho más allá de un estándar físico de un inmueble, sino de un concepto de familia”.

 

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