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Una verdadera epopeya universitaria

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Egresé de la Universidad de Concepción, y tuve el privilegio de trabajar en ella hasta que el Rector Correa me invitó a participar de este (hacia ese entonces) proyecto académico de Universidad.  Como oriundo de Concepción, era difícil disociar para mí la Universidad de la región, circunstancia seguramente potenciada por el hecho de haber nacido ya con una Universidad con historia y arraigo en mi ciudad natal.

Evidentemente, siempre quise estudiar en la UdeC. Al estudiar descubrí parte de su historia, donde la obra “Crónica fundacional de la Universidad de Concepción” me hizo querer más aún a la Universidad, admirar a sus fundadores y fundadoras, y tomar conciencia de todo lo que una Universidad podría llegar a ser para las personas, directamente como lo fue conmigo, o indirectamente, como veía que lo hacía con el resto de la comunidad. La epopeya fundacional que se relataba era intensa, épica, llena de desafíos, en que uno al leerla entendía que lo mejor que puede ocurrirle a una región, es contar con una universidad…de la región.

Cuando avisé que me venía a Rancagua a colaborar en la creación de la Universidad, mis familiares y amigos cortésmente me sugerían que “lo pensara mejor”; yo les respondía que jamás me perdonaría si me quedaba en Concepción y el proyecto de universidad no prosperaba. Además, yo quería ser parte de algo épico, la vida me daba la oportunidad de participar en la crónica fundacional de una Universidad regional, ¿cuántas veces en la vida se presentaría algo así? De esa manera llegué a Rancagua, sin ser rancagüino, pero sabiendo lo que podía llegar a aportar una universidad “completa y compleja” en una región, y dispuesto a darlo todo por hacer que esta idea académica prosperara.

Debo reconocer que no sé si me hubiera venido de haber sido otra la persona en Rectoría en lugar de Rafael Correa. Las universidades son, después de todo, organizaciones humanas, con sus virtudes y defectos. Si iba a renunciar a toda una vida universitaria por otra, necesitaba tener al menos la certeza de que quien liderara el proyecto tuviera el coraje, capacidad y tesón para no desistir de la idea de formar una universidad de verdad, con todo, para todos. Esa era la única y suficiente certeza para iniciar esta aventura académica. Como decía Goethe, Lo que importa más, nunca debe de estar a merced de lo que importa menos.

Habiendo transcurrido 6 años desde mi llegada a la UOH, me siento orgulloso de esta universidad, del equipo de personas que llegaron y las que siguieron llegando. Se respira un aire especial en la Universidad de O’Higgins, quizá por su juventud, su tamaño, su gente. Si en apenas 7 años se ha logrado lo que se tiene ahora, todo indica que esta universidad está llamada a tener un rol relevante en el escenario nacional. Cuidémosla y apoyémosla para transformarnos en una ciudad universitaria.

 

Carlos Pérez Wilson

Académico del Instituto de Ciencias Sociales

Universidad Estatal de O’Higgins

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