Buscar
Cerrar este cuadro de búsqueda.

Diario Digital

Lee la Edición de Hoy

Oscar Castro en Mis Recuerdos

Comparte esta noticia

Anuncios

Por Héctor González Valenzuela

         Mucho más de 100 años han transcurrido desde el día en que la ciudad de Rancagua fue favorecida por los cielos, que enviaron a la tierra a un niño que nos enseñaría a soñar y  a volar en las alas de la poesía. Nada supieron los rancagüinos de ese entonces sobre aquel acontecimiento.

Rancagua, una tranquila aldea grande, campesina, estaba comenzando a transformarse en agitada ciudad minera. Continuó igual la rutina de cada día. Sin embargo hoy, cien años más tarde, la fecha del 25 de marzo de 1910 se agiganta en el recuerdo, porque ese día nació un poeta.

         En otra ocasión como ésta, me pregunté: ¿Cuándo nacen los poetas?… ¿Es cuando un niño o una niña se separan físicamente de la madre que albergó en su vientre?… ¿Y que más tarde se nombraran Federico, o Pablo, o Gabriela, o se llamara Oscar, simplemente?…

         Creí encontrar la respuesta al pensar que tal vez los poetas existieron siempre. Estuvieron en el momento de la Gran Creación. Fueron parte de un átomo, de un cromosoma pequeñísimo, salido de la mano de Dios…   Mezcla de materia y de espíritu, fueron multiplicándose y creciendo a través del tiempo, de los siglos, de los milenios.

Emergieron cualquier día en la humana forma de Homero, o más tarde fueron reconocidos como Dante, o como Shakespeare. O pudieron estar en el instante de la concepción de Walt Whitman o de López de Vega.

         Reflexioné: los poetas nunca nacieron, porque nunca mueren. Fueron destinados a pasar por la tierra efímeramente, para dejarnos belleza en los espíritus, con el sortilegio maravilloso del malabar de la palabra.

Anuncios

         Los años y la lectura de la poesía, me han ido enseñando que la respuesta era correcta. ¿No siguen vivos Pablo Neruda, Gabriela Mistral, Federico García Lorca, y tantos más?…  ¿Alguien podría sostener que están muertos?…  ¡Están sólo materialmente ausentes!… Lo mejor de ellos sigue vivo, están vivas sus ideas, están vivos sus pensamientos.

         Y nuestro Oscar Castro, después de cien años ¿no sigue vivo?… ¿No está hoy, con nosotros, viviendo en cada rosa y en cada lirio que admiramos, en cada trino que escuchamos?… ¿No lo vemos pintando de rosa el horizonte y de azul los alhelíes?…

         Si miramos en las brillantes gotas de su “Rocío en el Trébol”, escucharemos sus palabras que nos dicen:

         “Voy a signarme con olivo y trigo

         para decirlo con intacta lengua,

         y escuchadme una vez, como si hablara

         desde mi muerte, hermanos los poetas”.

         Y en sus palabras nos confirma que está vivo, sólo que no lo vemos.  Él nos explica por qué. Porque su morada está arriba. Para verlo, hay que “contemplar llorando las estrellas” y escuchar sus palabras:

         “Quién bebió por los valles, con el agua,

         un cielo perfumado por las mentas,

         sólo tendrá su goce y su morada

         bajo el alero que anidó una estrella”…

         Tuve la suerte y el privilegio de conocer a Oscar Castro. Primero, a través de sus poemas publicados en el periódico, que yo, niño de casi diez años, pero ya afanoso lector, especialmente de poesías, leía y recortaba.

Después, solía verlo cuando llegaba hasta la oficina de mi padre a dejarle poemas para su publicación. Por cierto, Oscar, desde sus 19 años de edad ni siquiera miró a ese niño inquieto que jugaba con una máquina de escribir.

         Después, lo vi, lo escuché y admiré su poesía, cuando en el escenario del Teatro Apolo, en una Velada Bufa de Fiestas de la Primavera, acompañó y coronó a la Reina, en su calidad de “Poeta laureado”. El elogio poético, salió de sus labios y su voz resonó en la sala, entre la multitud que lo escuchó en silencio.

Anuncios

         “Reina de los almendros y de las mariposas

           dueña de los aromos y el viaje de las alas,

  sobre su corazón se atardece la música

  del verso galopado de vientos y campanas”…

   La última de las cinco estrofas del Canto a la Reina, terminaba con estas palabras:

                  “Reina, desde tu mano, leche de luna y lirios,

         ruede la fiesta alegre, como una flor en llamas,

y como si se abrieran los panales del mundo,

zumben los corazones en ágiles bandadas”…

Atronadores aplausos fueron como un reconocimiento anticipado de que Oscar Castro se convertía en el cantor de las reinas, en la voz de los corazones juveniles y, para siempre, en el poeta de Rancagua.

Años después vendrían, felizmente, repetidas ocasiones de encuentros.

Cuando yo estaba convertido en estudiante universitario,  en 1943, con ocasión del Bicentenario de la fundación de Rancagua, se realizaron Concursos Literarios a nivel nacional, convocados por la Ilustre Municipalidad.

Me encontré de pronto, sobre el escenario del Teatro San Martín, con sus aposentadurías llenas de público. A mi lado estaba nada menos que el consagrado poeta Oscar Castro.

No podía creerlo: ambos recibíamos de manos del Alcalde los Primeros Premios en nuestras especialidades: Oscar Castro el de Poesía por su libro “Las Alas del Fénix”, y yo el de Historia por la obra “Rancagua en la Historia”.

El inolvidable acontecimiento fue como que nos hermanó en el camino de las letras. Pero lo que para mí fue más grande: fue el inicio de una amistad.

Los encuentros fueron más repetidos y cordiales. Más de una vez disfruté de la hospitalidad de Oscar y de la simpática acogida de Isolda, en su casa de la Población O’Higgins, junto a un brasero, tomando mate con sopaipillas.

En esa casa que el describió diciendo:

Mi casa tiene intimidad y lumbre,                

por ese grillo que en la noche canta

y por el leño que fue llama y luego

será mazorca desgranada en brasas.

         En el transcurso de los años disfruté, de cada uno de sus libros, en especial de los de poesía.

Caminé con él por el “Camino en el Alba”… seguí el “Viaje del Alba a la Noche” y lo acompañé en la nueva ruta tras la “Reconquista del Hombre”…

Escudriñé los primeros tiempos del idioma castellano en las hipérboles de don Luis de Góngora y Argote, en cada uno de los sonetos de su “Glosario Gongorino”.

 Y me maravillé con las diamantinas gotas del “Rocío en el Trébol”…   

¡Hasta que Oscar se fue hacia lo eterno por los Caminos del Alba, para recibir el Premio intangible de la eternidad!…

 Sin necesidad de haber pasado por las humanas burocráticas etapas, del Premio Nacional o del Nobel de Literatura hacia donde lo llevaban sus merecimientos.

Y hoy está con nosotros, que recordamos su regreso a la tierra. Eso me permite repetir algunas de mis propias palabras en algún aniversario conmemorativo:

“Los poetas no nacen,

los poetas no mueren.

Los poetas están

siempre vivos.

Antes de nacer,

y después de morir…

Anuncios
Anuncios
Anuncios
Anuncios
Anuncios