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Estamos viviendo un año de oración.

Obispo de Rancagua, monseñor Guillermo Vera Soto

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Hermanos y hermanas:

Un hombre fue a una barbería a cortarse el cabello y recortarse la barba. Como es costumbre en estos casos, entabló una amena conversación con la persona que le atendía. Hablaban de tantas cosas y tocaron muchos temas. De pronto, tocaron el tema de Dios. El barbero dijo:

-Fíjese caballero que yo no creo que Dios exista, como usted dice.

-Pero ¿por qué dice usted eso? – preguntó el cliente.

-Pues es muy fácil, basta con salir a la calle para darse cuenta de que Dios no existe. O.… dígame, acaso si Dios existiera, ¿Habría tantos enfermos? ¿Habría niños abandonados? Si Dios existiera no habría sufrimiento ni tanto dolor para la humanidad. Yo no puedo pensar que exista un Dios que permita todas estas cosas… El cliente se quedó pensando un momento, pero no quiso responder para evitar una discusión.

El barbero terminó su trabajo y el cliente salió del negocio. Recién abandonada la barbería, vio en la calle a un hombre con la barba y el cabello largo; al parecer hacía mucho tiempo que no se lo cortaba y se veía muy desarreglado. Entonces, entró de nuevo en la barbería y le dijo al barbero: – ¿Sabe una cosa? Los barberos no existen.

– ¿Cómo que no existen…? -preguntó el barbero- …si aquí estoy yo y soy barbero.

– ¡No! -dijo el cliente- no existen, porque si existieran no habría personas con el pelo y la barba tan larga como la de este hombre que va por la calle.

 -Ah, los barberos sí existen, lo que pasa es que esas personas no vienen aquí.

 -¡Exacto! -dijo el cliente- Ese es el punto. Dios sí existe, lo que pasa es que las personas no van hacia Él y no le buscan, por eso hay tanto dolor y miseria…

Al recomenzar todas nuestras tareas, trabajos, estudios, también las tareas pastorales, no olvidemos que una de nuestras ocupaciones diarias ha de ser buscar a Dios, ir hacia Él. Qué bueno, entonces, que el Papa Francisco haya declarado este año, camino al Año Santo, como el Año de la Oración.

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Una de las afirmaciones maravillosas que podemos hacer, llenos de convicción, es que Dios nos espera y nos escucha siempre. Él no necesita de muchas palabras para oírnos. Él escucha tanto el susurro de cariño de nuestra alma como el grito nacido de nuestra desesperación. Y por eso, más que afirmar “creo que Dios existe” es importante hablar y escuchar a Dios con la sencillez y la confianza que se habla con los amigos. Es posible que uno de los peores males de nosotros los cristianos católicos es que no hacemos el ejercicio diario de hablar con Dios. En especial, en los distintos acontecimientos de nuestra vida, tal como lo hacía Jesús. Sin duda, que todos seríamos más felices si escucháramos lo que Dios tiene que decirnos. Y nuestra convivencia sería bastante más civilizada si abriéramos los oídos a lo que Dios quiere decir.

Por esto se nos invita a recuperar el deseo de estar en la presencia del Señor, de escucharlo, de adorarlo. Que podamos hacer oración, para agradecer a Dios los dones de su amor para con nosotros y alabar su obra en la creación, una oración que nos comprometa a respetarla y salvaguardarla. Oración que se ha de traducir en ser más solidarios y en saber compartir el pan de cada día. Oración que ha de llevarnos a dirigirnos a Dios para expresarle lo que tenemos en el secreto del corazón. En fin, tiempo para ir a Dios y como dice el salmo, gustemos y veamos qué bueno es el Señor.

Vayamos a Dios y gustemos de la verdad de su existencia y de su amor para con nosotros.

Que Dios los bendiga.

+Guillermo Vera Soto

Obispo de Rancagua

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