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Dejarlo todo por la Tierra

Los yaguaretés están catalogados a nivel mundial como especie "casi amenazada", a los que cuidan en la Fundación Rewilding. Foto cedida por Fundación Rewilding.

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El 22 de abril fue marcado desde 2009 por Naciones Unidas como Día de la Tierra para generar conciencia sobre los problemas del cambio climático y conmemorar el cuidado del planeta. Miles de personas alrededor del mundo buscan a diario recomponer el ecosistema, lo que inician con tareas mundanas y terminan con proyectos de gran envergadura. Distintas ONGs aplican diversas fórmulas para intentar garantizar un futuro al planeta.
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Este tipo de trabajo nace de una vocación inherente a la pesadumbre que genera ver la destrucción del medioambiente. O esa es la conclusión a la que, individualmente, parece que llegaron integrantes de la Fundación Rewilding en Argentina, quienes dejaron todo para hacer retroceder el daño provocado por el ser humano en la Tierra.

De la “selva de cemento” al humedal.

Este es el caso de voluntarios como Francisco Galleguillos, más conocido entre sus colegas como ‘el Galle’, profesor de Educación Física, a punto de transformarse en guía turístico de aventura, sendero y selva. Se unió a Rewilding para “aportar su grano de arena” al cuidado del ecosistema.

‘Galle’ llegó a los Esteros del Iberá, uno de los mayores humedales del mundo, situado en la provincia de Corrientes (noreste de Argentina), tras pasar la mayor parte de su crianza entre Lanús     -en los alrededores de Buenos Aires- y la capital argentina.

Visitas ocasionales al campo de su familia despertaron su curiosidad por conocer otros paisajes naturales del país: de mayor, recorrió sitios más agrestes, montañosos o selváticos. Eligió los Esteros del Iberá por ser uno de los pocos lugares que todavía no había visitado y porque está a más de 1.000 kilómetros de “la selva de cemento”.

Actualmente, reparte sus días cuidando de los pocos yaguaretés que lentamente comienzan a regresar su hogar natural. Estos felinos están catalogados a nivel mundial como especie “casi amenazada”, aunque extinta en Corrientes hace 70 años por cazadores y la conversión de su hábitat en campos agrícolas o forestales.

Para hablar con EFE, ‘Galle’ deja de lado su equipo de trabajo, guantes, herramientas y un balde de 20 litros, repleto de trozos de carne. Se sienta en el pasto, mientras resume que sus principales tareas son el “manejo de los liberables y no liberables”.

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Una forma abreviada para definir a los yaguaretés que no podrán ser devueltos a la naturaleza por su condición de cautiverio y a las crías de estos, que una vez alcanzada la madurez serán liberadas.

Aquellos que todavía conservan su inocencia silvestre están guarecidos en corrales con una extensión de hasta 30 hectáreas, cubiertos con lonas impermeables a los costados para evitar el contacto humano. Dentro, el redil está decorado con árboles, pastizales, arbustos, enredaderas y todo tipo de flora que ayude a completar la simulación de su ambiente.

“La alimentación es mediante pedazos de carne (cautiverio) o presas vivas (silvestres). Es necesario que cacen para acostumbrar su instinto al momento de ser liberados y sigan desenvolviéndose de esa manera en la naturaleza”, explica el futuro guía turístico.

Minutos antes, había ingresado un cerdo cimarrón desde una pequeña jaula contigua al redil. La idea es que el depredador encuentre a la presa “sin más”, como si la avistara en su ambiente. “Utilizamos cerdos cimarrones porque son exóticos acá, contribuyendo a reducir su población”, agrega ‘Galle’.

Para él, ver a ese cachorro de yaguareté que ayudó a criar, ya maduro y listo para ser dejado en libertad, es “ver los frutos del trabajo”. “Uno se siente realizado y empieza a creer que es posible el cambio ambiental. Hay esperanza, los cambios radicales llevan tiempo y como sociedad podemos ir mejorando paso a paso”, asegura.

Rudi Boekschoten, biólogo de Carolina del Norte (este de Estados Unidos), tiene como tarea principal velar por la salud de dos nutrias en cautiverio y sus dos cachorros nacidos en la reserva. Foto cedida por Fundación Rewilding.

Hay esperanza para la Tierra.

Al tiempo que ‘Galle’ vuelve a juntar su equipo y se prepara para sus siguientes quehaceres, la coordinadora de conservación del Centro de Reintroducción del Yaguareté, Magalí Longo vigila y evalúa el comportamiento de los felinos en los corrales mediante monitores conectados a cámaras trampa en la base. Para ella, el desastre ecológico tiene vuelta atrás.

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“En un contexto ambiental deprimente, quedarse de brazos cruzados no sirve para nada. Por más que no haya futuro, es necesario intentarlo. Si la gente quiere ayudar en algo, bastaría con que salgan a conocer Argentina, que tiene cientos de lugares naturales alucinantes. Pienso que esa empatía la tenemos todos”, razona Magalí a EFE.

Oriunda de Arroyo Seco, una ciudad no mayor a los 30.000 habitantes, 32 kilómetros al sur de Rosario (provincia de Santa Fe), siendo pequeña conectó con la tierra gracias a que su abuelo decidió ser productor agropecuario y alimentó su vocación a base de documentales de la vida silvestre.

La impotencia que le generaban las consecuencias en el ecosistema por obra humana hizo mella: quería algo más que ser una mera observadora. Se unió a Rewilding como voluntaria, tras licenciarse en Recursos Naturales. Considera su labor un “objetivo de vida”, del que espera “dejar y aportar” a la conservación.

“Lo que más me impactó de la ONG fue la acción. Siempre vamos por más sin miedo a fallar, porque uno aprende. La pasión por el medioambiente es necesaria para que el mundo esté más sano”, reafirma Magalí.

Los proyectos de reintroducción de especies al ecosistema son relativamente nuevos y únicos a nivel internacional. El manejo es activo y adaptativo, no existe un manual, pero se va “inventando y creando protocolos sobre la marcha”.

Además de los yaguaretés dentro de los rediles, también monitorea a los que fueron liberados en la reserva, donde se contabilizan -al menos- unos 21 ejemplares, pero podrían albergar hasta 100 en condiciones ideales.

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Los yaguaretés están catalogados a nivel mundial como especie “casi amenazada”, a los que cuidan en la Fundación Rewilding. Foto cedida por Fundación Rewilding.

La lucha diaria.

Finalizado el manejo de felinos, resta alimentar al equivalente acuático del yaguareté: las nutrias gigantes. Extintas hace 80 años en la provincia, los pocos especímenes disponibles fueron trasladados desde zoológicos europeos para procrear y que sus crías sean liberadas en un futuro en el segundo humedal más grande del mundo.

Rudi Boekschoten, biólogo de Carolina del Norte (este de Estados Unidos), carga con varias cubetas de pescado, el principal alimento de estos ruidosos ‘perros de agua’. Su tarea principal es velar por la salud de dos nutrias en cautiverio y sus dos cachorros nacidos en la reserva.

Llegó a Argentina porque los mayores proyectos de conservación natural están fuera de su país, donde creció admirando el paisaje montañoso del sur norteamericano. Apenas se acerca al corral, construido entre la tierra y una porción de la Laguna Paraná, las nutrias lo reciben con un chillido ensordecedor.

Rudi le dice a EFE que están contentas de verlo, pero también saben que es hora de comer. Los pescados duran segundos en el suelo antes de que se abalancen estos mamíferos de río. Los mordiscos son aún más ruidosos que sus chillidos.

“Todo este trabajo es necesario porque hemos hecho mierda el mundo. Donde vivo había lobos grises, pumas y hasta bisontes, todos extintos por el hombre. Con cada animal extinto, el ecosistema cambió porque cada uno tenía un rol muy importante”, enfatiza el biólogo.

Rudi siente su tarea como un “deber con la humanidad”, una necesidad de “arreglar y deshacer el daño”. Ambientalistas como él, Magalí y ‘Galle’ conmemoran esta fecha a diario con su lucha contra el cambio climático y la preservación de las especies que habitan el planeta.

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Francisco Galleguillos, más conocido entre sus colegas como ‘el Galle’, profesor de Educación Física, se unió a Rewilding para “aportar su grano de arena” al cuidado del ecosistema. Foto cedida por Fundación Rewilding.
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