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Abejas nativas, anónimas protagonistas de una agricultura sostenible

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Más del 75% de los cultivos alimentarios del mundo dependen en cierta medida de polinizadores como las abejas y otros insectos, porcentaje que evidencia el papel esencial que desempeñan en el mantenimiento de la seguridad alimentaria y la salud del planeta.

Este solo dato debería ser suficiente para impulsar medidas que mitiguen los impactos negativos que sufren las abejas a causa de la sequía, el abuso de agroquímicos, la pérdida de hábitats y el cambio climático.

Un primer paso es tomar conciencia sobre su rol fundamental para sostener la agricultura, la biodiversidad y la provisión de alimentos. Otro paso, es cambiar paradigmas, para ampliar la mirada hacia todo el universo de abejas que existe.

Nuestra perspectiva antropocéntrica se ha focalizado principalmente en tan solo una especie de abeja: la Apis mellifera o abeja europea, que fue introducida en Chile en 1844. La hemos “domesticado” para producir miel y la llevamos de campo en campo para apoyar los procesos de polinización de frutales de interés económico.

Sin embargo, su protagonismo invisibiliza a más de 20.000 otras especies de abejas que habitan en el mundo. En Chile hay al menos 424 especies de estas abejas nativas, que se agrupan en cinco familias. El 70% de ellas son endémicas, por lo tanto, habitan exclusivamente en nuestro país y han creado relaciones únicas e irrepetibles en los ecosistemas donde viven.

A diferencia de la Apis mellifera, algunas abejas nativas son silenciosas, casi todas son solitarias, no viven en colmenas sino en agujeros que cavan en la tierra y no producen miel. 

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Su rol fundamental es la polinización de flora nativa, pero también realizan una contribución clave en huertos comerciales, trabajando en colaboración con la abeja melífera para polinizar frutales de importancia económica para el país, como paltos, cerezos, almendros, ciruelos y arándanos.

De ahí la importancia de promover una mayor abundancia y diversidad de abejas chilenas  que aporten a la polinización y producción de fruta en los huertos. Esto es posible a través de dos estrategias fundamentales: conservar un paisaje agrícola diverso, manteniendo flora nativa en cerros y quebradas aledañas a los huertos, y restaurar flora local asociada, plantándola en pequeñas franjas o parches dentro de los huertos para atraer así a abejas nativas que llegan buscando refugio y  alimento y desde donde vuelan hacia las flores de los frutales.

Con estas intervenciones, hemos registrado que, del total de abejas Apis y no Apis que visitan las flores de cerezo en huertos de la Región Metropolitana, el 44% corresponde a abejas nativas.

En esta dinámica la agricultura se vuelve más sostenible y la producción de fruta aumenta, en especial en paisajes donde prima el monocultivo.

Acciones como esta, que se han implementado en huertos de la zona central, son parte de las líneas de I+D de “Agrosimbiosis”, un Programa Tecnológico de Adaptación al Cambio Climático de Corfo que lidera el Centro de Biotecnología de Sistemas de la Universidad Andrés Bello. Con su implementación, empresas del agro están aportando valor productivo y ecosistémico a su gestión y fortaleciendo una alianza virtuosa entre Apis mellifera y abejas nativas. 


Sharon Rodríguez
Líder de Investigación Agricultura Sostenible
Programa Agrosimbiosis
Centro de Biotecnología de Sistemas UNAB

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