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EDITORIAL: Necesitamos menos promesas y más respuestas concretas.

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En el ámbito de la política, las promesas abundan. Cada candidato y partido esgrime su lista de propuestas, con la esperanza de captar la atención y el voto del electorado. Esta práctica, aunque a veces criticada, es fundamental en una democracia. Conocer las visiones y compromisos de los diversos sectores políticos es esencial para que los ciudadanos puedan tomar decisiones informadas. Sin embargo, la esencia de estas promesas no debe quedarse en meras palabras; deben ser sometidas al escrutinio público y cumplir con ciertos estándares de transparencia y viabilidad.

Vivimos en una época donde la convivencia política debería ser sinónimo de diálogo y consenso, no de imposición o fuerza bruta. La consigna de nuestro escudo nacional, “por la razón o por la fuerza”, parece anticuada en un contexto democrático y tolerante. Hoy, más que nunca, la consigna debiese ser “por la razón o por el acuerdo”. La democracia florece en el terreno del entendimiento mutuo y el respeto a las diferencias, no en la imposición de una voluntad sobre otra.

Para que cualquier compromiso político sea tomado en serio, especialmente en tiempos de pandemia, debe responder a las mismas preguntas básicas que rigen el buen periodismo: ¿Qué se propone?, ¿Cuándo se implementará?, ¿Cómo se llevará a cabo?, ¿Dónde tendrá lugar?, ¿Quién lo implementará? y ¿Por qué es importante esta propuesta? A estas preguntas, se debe añadir otra crucial: ¿Cómo se financiará? Esta última es vital para diferenciar entre una promesa vacía y una propuesta bien fundamentada.

Hoy  la urgencia es un factor ineludible. No hay tiempo para largas discusiones que no conduzcan a acciones concretas. Las respuestas deben ser claras y directas, no solo para satisfacer las expectativas del propio electorado, sino porque la situación lo demanda con apremio.

Es imperativo que no solo el voto sea informado, sino también cualquier opinión sobre los proyectos en discusión, sin importar si esta se expresa en 140 caracteres o en un extenso análisis. Los políticos, como servidores públicos, tienen la obligación de responder a todas las interrogantes, aunque estas les resulten incómodas. La transparencia y la rendición de cuentas no son opcionales; son la base sobre la que se construye la confianza en las instituciones y en los líderes.

El desafío de nuestra época es claro: necesitamos menos promesas y más respuestas concretas. Las palabras vacías deben dar paso a planes detallados y realizables. En una democracia verdadera, el debate y el acuerdo son los pilares que sostienen el progreso. Dejemos de lado la fuerza y abracemos la razón y el consenso como las herramientas para construir un futuro mejor.

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Es tiempo de que nuestros líderes estén a la altura de las circunstancias y ofrezcan más que promesas: soluciones reales y palpables. Y es deber de todos los ciudadanos exigir esto con firmeza y claridad. La urgencia del momento no admite excusas ni dilaciones. Es el momento de actuar, con transparencia y compromiso, por el bien común.

Luis Fernando González

Sub Director.

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