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Mirar la vida con esperanza

Obispo de Rancagua, monseñor Guillermo Vera Soto

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Muy queridos hermanos y hermanas:

El Papa Francisco, al convocar a la Iglesia a celebrar el año jubilar en el 2025, nos anima a trabajar por cultivar la virtud de la esperanza y nos recuerda aquella frase de “Spes non confundit”: la esperanza no defrauda.

Todos esperamos. En el corazón de todos nosotros anida la esperanza como deseo y expectativa del bien. Sin embargo, lo imprevisible del futuro hace surgir en nuestra vida sentimientos a menudo contrapuestos: de la confianza al temor, de la serenidad al desaliento, de la certeza a la duda.

Necesitamos en la vida de todos nosotros y en la vida de nuestro mundo reavivar la esperanza.

San Pablo, el apóstol, nos enseña que la vida está hecha de alegrías y dolores, que el amor se pone a prueba cuando aumenta las dificultades y la esperanza parece derrumbarse frente al sufrimiento. Con todo, escribe: “Más aún, nos gloriamos hasta de las mismas tribulaciones, porque sabemos que la tribulación produce la constancia; la constancia, la virtud probada; y la virtud probada, la esperanza”.

Junto a la virtud de la esperanza -creo que y el Papa nos enseña aquello- hemos de aprender a cultivar la paciencia. Estamos acostumbrados a quererlo todo y de inmediato. En un mundo donde la prisa se ha convertido en una constante, la paciencia ha sido relegada por la prisa, ocasionando grandes daños a nuestras vidas.

De hecho, en vez de la paciencia, parece que abunda más la intolerancia, el nerviosismo y a veces la violencia gratuita, que provocan insatisfacción y cerrazón. Asimismo, en este tiempo que estamos viviendo, la era del Internet, donde el espacio y el tiempo son suplantados por el aquí y el ahora, por lo inmediato, la paciencia nos resulta extraña. Redescubrir la paciencia, nos dice el Papa, hace mucho bien a uno y a los demás.

La paciencia, que también es fruto del Espíritu Santo, mantiene viva la esperanza y la consolida como virtud y estilo de vida. Por lo tanto, aprendamos a pedir al Señor con frecuencia la gracia de la paciencia, que es hija de la esperanza y al mismo tiempo la sostiene.

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Se cuenta que el Papa San Juan XXIII, cuando recibía a las personas y escuchaba sus problemas y dificultades, les decía que tuvieran mucha paciencia. Es así como uno de sus secretarios le preguntó: ¿Santo Padre, por qué usted siempre dice mucha paciencia? Y él respondió: porque poca no es suficiente.

Sí, necesitamos mucha paciencia para enfrentar nuestra vida y las dificultades que ella lleva consigo.

Así, el Papa cuando nos convoca a este Año jubilar, nos invita a cultivar, a pedir y a trabajar la virtud de la paciencia y de la esperanza. “Hemos de cultivar la esperanza en el ser humano, en la vida, en nosotros mismos, en el futuro”, señala.

“Mirar el futuro con esperanza equivale a tener una visión de la vida llena de entusiasmo para compartir con los demás. Sin embargo, debemos constatar con tristeza que en muchas situaciones falta esta perspectiva. La primera consecuencia de ello es la pérdida del deseo de transmitir la vida. A causa de los ritmos frenéticos de la vida, de los temores ante el futuro, de la falta de garantías laborales y tutelas sociales adecuadas, de modelos sociales cuya agenda está dictada por la búsqueda de beneficios más que por el cuidado de las relaciones, se asiste en varios países a una preocupante disminución de la natalidad”, precisa el Santo Padre.

Hay como miedo, como temor de tener hijos.

La apertura a la vida con una maternidad y paternidad responsables es el proyecto que el Creador ha inscrito en el corazón y en el cuerpo de los hombres y mujeres, una misión que el Señor confía a los esposos y a su amor. Es urgente, nos dice el Papa, que además del compromiso legislativo de los estados, haya un apoyo convencido por parte de las comunidades creyentes y de la comunidad civil, tanto en su conjunto como en cada uno de sus miembros, porque el deseo de los jóvenes de engendrar nuevos hijos e hijas, como fruto de la fecundidad de su amor, da una perspectiva de futuro a toda sociedad y es un motivo de esperanza, porque depende de la esperanza y produce la esperanza.

La comunidad cristiana, por tanto, no se puede quedar atrás en su apoyo a la necesidad de una alianza social para la esperanza, que sea inclusiva y no ideológica, y que trabaje por un porvenir que se caracterice por la sonrisa de muchos niños y niñas que vendrán a llenar las tantas cunas vacías que ya hay en numerosas partes del mundo.

El Papa, ya anciano, nos invita a mirar el futuro con esperanza y a que el trabajar por ella se traduzca, entre otras cosas, en cuidar la vida y en traer vida al mundo como fruto del amor fecundo.

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Que la esperanza, entonces, nos anime a los creyentes a trabajar por el cuidado y el respeto de toda vida, por promover el Evangelio de la vida, aunque en medio nuestro surjan discursos y proyectos de ley que vayan en una línea contraria, como son el proyecto de ley de eutanasia y el proyecto de ley de aborto legal, que acaba de anunciar el Señor Presidente de la República en su cuenta anual.

Con paciencia activa y sin perder la esperanza, tratemos de vivir y anunciar lo que Jesús nos enseñó y nos pide: “He venido para que tengan vida, y la tengan en abundancia”.

Que Dios les bendiga.

+Guillermo Vera Soto

Obispo de Rancagua

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