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¿Una Realidad Distorsionada?:   Redes Sociales y Política en la era digital

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Hace ya un tiempo que es normal hablar de la expansión, influencia y alcance que están teniendo las redes sociales y su utilización con fines políticos. Más allá del uso que se otorgue a las redes, de los dimes y diretes, de las polémicas, lo cierto es que de alguna u otra forma la relación entre representantes y representados ha encontrado formas y canales hace una década desconocidos.

Sin embargo, esas oportunidades conviven con algunas desviaciones. La más evidente es convertir la comunicación en una simple producción de mensajes cuyos contenidos apelan solo a aspectos superficiales. Un ejemplo de ello es el uso de Twitter por parte de políticos como Donald Trump, cuyas publicaciones frecuentemente generaban controversia y se centraban más en ataques personales que en propuestas concretas. Algunos han convertido las redes sociales en un instrumento más al servicio del marketing del emisor del mensaje, que de la interacción con sus receptores, con frases grandilocuentes resaltadas y compartidas por los partidarios y contestadas o ignoradas por los detractores. Donde abundan la anécdota, una foto y un breve texto descriptivo de una reunión con una autoridad de nivel superior o una actividad socialmente masiva.

Eso no es un verdadero debate donde las ideas se intercambian e incluso se modifican en la sana negociación más allá de la imposición. La clave de la comunicación política a través de redes sociales está en los receptores, no en quién la origina. El político ya no es —o no debería ser— el centro de atención. Para ello están las reuniones de partido o los encuentros con simpatizantes.

Es que, al final, las redes sociales no son más que otras herramientas para la comunicación y no una comunicación en sí mismas y lo que hoy se exige es transparencia y participación. Una ciudadanía empoderada ansía poder influir sobre decisiones y conductas, pero para ello hay que plantear ideas, opinar, participar del debate sobre temas relevantes y contingentes. Un claro ejemplo es el uso de Facebook por movimientos sociales como Black Lives Matter, que han utilizado la plataforma para organizar protestas y difundir información relevante sobre la injusticia racial.

Lamentablemente, la imagen de un político que sonríe y que pasa la mayor parte de su tiempo mostrándose dinámico en las redes sociales ha reemplazado el carisma, las ideas y la acción. Algunos incluso piensan que ha reemplazado la política. Es discutible, pero concedamos que al menos ha introducido otra forma de hacer política. Pero claramente lo que sucede en redes sociales, si bien permite tener una visión del momento, no es la realidad. Son más quienes no entran o solo participan como espectadores del debate digital que quienes forman parte de un trending topic.

Pese a lo que muchos digan, las redes sociales en realidad son una herramienta, una gran herramienta, pero no más que eso. Lo que sucede en la red con suerte es una realidad virtual donde cada vez es más difícil diferenciar lo verdadero de las fake news. Un ejemplo reciente es la proliferación de noticias falsas durante las elecciones de 2020 en Estados Unidos, donde las plataformas sociales tuvieron que implementar medidas adicionales para combatir la desinformación.

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Otro error frecuente es creer que las redes o lo que sucede en ellas es la realidad, es decir que los likes o reproducciones son fieles reflejos de la opinión pública cuando esto claramente esta lejos de ser real. Si así fuese Franco Parisi sería presidente de Chile.

Además, cabe mencionar el impacto que tienen los algoritmos en la difusión de mensajes políticos. Las plataformas de redes sociales utilizan algoritmos que priorizan el contenido basado en la interacción, lo que significa que los mensajes más polémicos y divisivos tienden a recibir mayor visibilidad. Esto no solo polariza a la audiencia, sino que también distorsiona la percepción pública de los problemas y candidatos políticos. Los políticos y sus equipos de comunicación han aprendido a manipular estos algoritmos para maximizar su alcance, muchas veces a expensas de un debate constructivo y honesto. Un ejemplo es el uso de Facebook por el equipo de campaña de Bolsonaro en Brasil, donde los contenidos más extremos y provocativos recibieron mayor difusión.

Otro aspecto importante a considerar es la brecha digital que existe en muchas sociedades. Aunque las redes sociales han democratizado el acceso a la información y permitido que voces antes marginadas se escuchen, no todos tienen igual acceso a estas plataformas. Las personas mayores, aquellas que viven en áreas rurales o quienes carecen de recursos tecnológicos adecuados, a menudo quedan fuera de la conversación digital. Esto crea una desigualdad en la participación política que debe ser abordada si realmente queremos una democracia inclusiva.

Finalmente, es crucial fomentar una educación digital que permita a los ciudadanos discernir mejor la información que consumen en redes sociales. Las noticias falsas y la desinformación son problemas persistentes que socavan la confianza en las instituciones y en el proceso democrático. Enseñar a las personas a identificar fuentes confiables, a verificar hechos y a entender el funcionamiento de los algoritmos puede contribuir a una ciudadanía más informada y crítica. Solo así las redes sociales podrán ser utilizadas como herramientas para enriquecer, y no empobrecer, el debate político.

Luis Fernando González V.

Sub Director.

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