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OPINION: Miremos la Cruz del Señor

Obispo de Rancagua, monseñor Guillermo Vera Soto

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Nuestra diócesis de la Santa Cruz de Rancagua, camino a la celebración de su Centenario, va realizando diversas actividades que ponen de manifiesto la importancia de esta fecha. Este año 2024 son varias las parroquias que celebran su aniversario, 250, 200 o ,100 años de su fundación, ellas tienen gran motivo para celebrar.

Con todo, una actividad que ha concitado mucho interés es la peregrinación de la reliquia de la Santa Cruz, que se ha iniciado y que abarcará a todas las parroquias de la diócesis.

La reliquia es un pequeñísimo trozo de la Cruz de Cristo y está autentificado con un documento de la Santa Sede.  

Para nosotros los cristianos la Cruz es el signo que nos identifica y desde los comienzos de la Iglesia se tuvo una especial veneración al madero santo. La historia nos dice que fue Santa Elena quien en peregrinación a Jerusalén se dedicó a buscar los restos del madero de la cruz, donde el Señor había sido crucificado y logró encontrarlos. Al contacto con aquellos maderos se produjeron grandes milagros. Llevados a Roma y conservados con gran devoción, se han extraído de ellos astillas, una de las cuales tenemos en Rancagua, conservada en un bello relicario en la Catedral, el cual ahora peregrina por toda la diócesis.

El misterio de la cruz es la esencia de la predicación apostólica, ya que en él está toda posibilidad de vida y salvación eterna. La Cruz de Cristo, lejos de ser una locura, es la fuerza y sabiduría de Dios. Por eso nosotros los seguidores de Cristo, reconocemos animosamente, mejor aún proclamamos que Cristo fue crucificado por nosotros; y lo decimos no con temor sino con gozo, no con vergüenza sino con orgullo. Es lo que hizo exclamar a San Pablo, en la carta a los Gálatas: “en cuanto a mí, Dios me libre de gloriarme sino de la cruz de nuestro Señor Jesucristo”.

Nosotros como creyentes, desde niños aprendimos a hacer la señal de la cruz y a persignarnos. Cómo no dar gracias a nuestros padres que, así nos enseñaron que el amor de Dios nos abraza desde la Cruz, donde fuimos salvados.

La fe cristiana ya en el siglo II, rezaba así: “Cuando me sobrecoge el temor de Dios, la Cruz es mi protección: cuando tropiezo, mi auxilio y mi apoyo; cuando combato, el premio; y cuando venzo, la corona. La Cruz es para mí una senda estrecha, un camino angosto que me lleva al encuentro del Señor”. Miremos la Cruz de Cristo y junto a ella coloquemos la cruz y a veces cruces que nos toca llevar en la vida; ya nos lo dijo el Señor; “el que quiera ser mi discípulo cargue con su cruz cada día y sígame”. Cada uno conoce su cruz, como Cristo no renunciemos a ella, sino que llevada muy unida al Señor entenderemos que el mal no tiene la última palabra. La última palabra es de la Vida.

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Cuando la reliquia de la Santa Cruz llegue a nuestra Parroquia, acojámosla con cariño y con fe besémosla rezando esa antiguan plegaria: “Te adoramos oh Cristo, y te bendecimos, que por tu Santa Cruz, redimiste al mundo”.

Miremos la Cruz del Señor, sabiendo que Él nos ayuda a llevar la nuestra y nosotros sepamos ayudar a los hermanos a llevar las suyas.

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