La rápida y sorpresiva irrupción de la inteligencia artificial (IA) en nuestra vida cotidiana ha generado un impacto indudable y ha venido a quedarse. Su consolidación abre nuevos espacios que plantean interrogantes sobre sus efectos, especialmente en los procesos cognitivos humanos. Diversas voces, particularmente de medios de divulgación y actores del ámbito educativo, han expresado alarma, advirtiendo sobre una supuesta disminución de las capacidades cognitivas debido a la inactividad intelectual que podría derivarse del uso intensivo de sistemas automatizados. Sin embargo, este planteamiento requiere un análisis cuidadoso, ya que parece basarse en una concepción estática y homogénea de la cognición humana. Es crucial recordar que las capacidades cognitivas son construcciones históricas y culturales, maleables y situadas, y no atributos universales e inmutables.
En tal sentido, resulta pertinente recordar procesos históricos análogos en los cuales la irrupción de nuevas tecnologías transformó radicalmente los modos de pensar y de interactuar con el conocimiento, sin que ello implica, en términos netos, una “pérdida” de facultades mentales, sino más bien una redistribución y reconfiguración de las mismas. La invención de la imprenta, por ejemplo, significó el progresivo debilitamiento de las culturas orales tradicionales, que requerían extraordinarias memorias colectivas y personales para la transmisión de relatos, saberes y normas, pero a cambio posibilitó la expansión de la alfabetización, la consolidación de una lectura reflexiva y silenciosa, y la emergencia de nuevas formas de razonamiento abstracto y de crítica escrita. De modo similar, la generalización de los teléfonos inteligentes trajo consigo la pérdida de hábitos de memorización de números telefónicos que eran comunes hace apenas dos décadas, pero también facilitó la disponibilidad inmediata de información, la organización de redes sociales a gran escala y el desarrollo de otras competencias, como la navegación digital y la gestión de múltiples flujos de datos simultáneos.
No obstante, las transformaciones que introduce la inteligencia artificial plantean dilemas adicionales que conviene asumir de manera crítica. La evidencia empírica reciente ha documentado fenómenos como el denominado efecto Google, que describe la tendencia de los usuarios a no memorizar información que saben fácilmente recuperable mediante motores de búsqueda o asistentes digitales, y que a largo plazo podría erosionar ciertas prácticas de memoria activa. Asimismo, el uso indiscriminado de dispositivos digitales fomenta con frecuencia patrones de multitarea, caracterizados por la alternancia constante entre diversas fuentes de estímulos e interrupciones, lo cual se ha asociado con una mayor fragmentación de la atención y una menor profundidad en los procesos reflexivos y analíticos. Por otra parte, la delegación excesiva en la IA y en herramientas automatizadas para resolver problemas básicos —por ejemplo, cálculos aritméticos elementales o redacciones sencillas— amenaza con debilitar aquellas destrezas fundamentales cuya práctica habitual es indispensable para sostener competencias cognitivas básicas.
Estas tendencias no son inexorables, dependen de cómo sean integradas socialmente las nuevas tecnologías y de qué tipo de usos culturales y pedagógicos sean promovidos. Si las instituciones educativas y los espacios laborales propician una dependencia pasiva y
acrítica de las respuestas automáticas de los algoritmos, ciertamente se corre el riesgo de una creciente superficialidad en los modos de razonamiento y de una fragilidad en las competencias básicas. Pero si, por el contrario, se fomenta una cultura de interrogación, evaluación crítica y creatividad, es posible que la inteligencia artificial se convierta en una palanca para ampliar la capacidad reflexiva, potenciar el pensamiento estratégico y liberar a los seres humanos de cargas mecánicas para dedicarse a tareas de mayor complejidad.
Por ello, resulta urgente que las políticas educativas y las estrategias institucionales adopten un enfoque deliberado y reflexivo frente a la integración de la inteligencia artificial. Se ha insistido mucho en la ética de la inteligencia artificial, claramente este es uno de los aspectos que debemos detenernos a analizar, sin embargo esa ética está inserta en un sistema que opera en forma invisible orientada un sistema donde la producción de valor está en el capital, esto trae inherente el riesgo de buscar la dependencia, es en este punto de como sociedad organizada debemos velar por que ciertos principios guíen la introducción de la inteligencia artificial buscando preparar a nuestros ciudadanos para no depender de las soluciones de la inteligencia artificial, sino formar personas capaces de dialogar críticamente con ella, discernir sus límites, aprovechar sus posibilidades y decidir, desde su propia agencia, cómo integrar al servicio de fines humanos, sociales y justos.
Cómo lograr esto primero debemos concebir una IA como una herramienta complementaria al pensamiento humano, no como un sustituto de los procesos reflexivos, creativos y críticos. Otro aspecto fundamental es reconocer que el aprendizaje incluye tanto habilidades formales como atributos no medidos, como la resiliencia, la inteligencia emocional, el juicio práctico y la metacognición. Este enfoque requiere asumir responsabilidad por el uso que hace de la IA, desarrollando la habilidad para decidir cuándo, cómo y por qué recurrir a ella. El impacto de la IA puede ser de ayuda a disminuir la brecha de las desigualdades situando la alfabetización tecnológica como un derecho, para no exacerbar brechas preexistentes. Así, la educación puede contribuir a formar ciudadanos no solo técnicamente competentes, sino también autónomos, reflexivos y capaces de decidir cuándo delegar en la máquina y cuándo recuperar la centralidad del pensamiento humano.
En definitiva, la irrupción de la inteligencia artificial, como ocurrió con la imprenta y con el teléfono, nos interpela no solo a aprender a utilizar nuevas herramientas, sino, más profundamente, a revisar y transformar nuestras propias concepciones sobre el conocimiento, la memoria y la inteligencia. La cuestión central, entonces, no es si la IA “nos hará menos inteligentes”, sino qué tipo de inteligencia queremos cultivar en el siglo XXI, y cómo queremos que se distribuyen las oportunidades para desarrollarla, evitando tanto la dependencia acrítica como la resistencia nostálgica a los cambios tecnológicos inevitables.
