“En las últimas horas de la tarde de hoy falleció en Santiago el estimado Dr. Enrique Dintrans Ávila, regidor de la Municipalidad de Rancagua, distinguido miembro de varias instituciones sociales y profesionales y del Partido Demócrata Cristiano”, así informaba Diario El Rancagüino en sus páginas la triste noticia de su fallecimiento a los 51 años de edad, un 2 de diciembre de 1965, debido a “complicaciones médicas que sufrió tras una delicada intervención quirúrgica que no logró superar”, tras una antigua enfermedad pulmonar.
El Dr. Enrique Dintrans Ávila dejó un legado y una marca profunda en muchos habitantes de esta tierra, en Rancagua, en Coinco y sus alrededores. Cuando fuera de la región o incluso en el extranjero identifican el apellido Dintrans con Rancagua, no es por algo menor. Es porque detrás de él se construyó la familia de un connotado y querido doctor de la ciudad que fue llamado en su oportunidad como el “médico de los pobres”. Es por esto que quisimos ahondar algo más en su historia familiar, la de un enorme clan que repartió parientes por la región y el país. Y qué mejor que hablar con sus propios hijos, el mayor Enrique nos recibe en su hogar junto a su hermana Angélica y una de sus sobrinas Bárbara Dintrans.
El médico se casó con Elsa Shafer Larramendi. Ambos se conocieron en un club de estudiantes mientras él estudiaba Medicina en la Universidad de Chile y ella en la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad Católica. En eso contrajeron matrimonio y solo Enrique obtuvo su título. Así comenzó a agrandarse su familia con 14 hijos: Enrique, Claudio, Jaime, Angélica, Luis, Jorge, René, Juan Carlos, Gabriel, Eduardo, María Soledad, María de la Luz, Manuel y María Cecilia.

DE SANTIAGO A COINCO Y LUEGO A RANCAGUA
Enrique y Elsa se casaron 1937. El primer nacido de la familia, Enrique, nace en Santiago en 1938 y al año siguiente le ofrecieron un puesto como el único médico en el precario hospital de Coinco. Era 1939 y “en esa época Coinco era bastante aislado porque no estaba el puente que lo unía con Doñihue. Allí no había comunicación, no había ambulancia. El único vehículo que había en el hospital era un cochecito con un caballo y ahí trasladaban a los enfermos y en alguna camilla”, especifica el primogénito. “No había teléfono, solo un telégrafo. Y cuando a veces mi papá tenía que operar de urgencia en pabellón, mi mamá le tenía que sostener una lámpara de carburo para que pudiera hacerlo porque no había luz eléctrica”.
Los hermanos Dintrans con quien conversamos nos detallan que en los primeros años la familia vivió en el mismo recinto hospitalario. “En una puerta estaba nuestra casa con dos o tres piezas y un patio propio, otra puerta era la farmacia y otras más allá ubicadas en un amplio pasillo daban a las hospitalizaciones. En 1943 mi papá arrendó una casa a dos cuadras del hospital y era mucho más cómodo porque la familia iba creciendo”.
“Mi papá se compró un auto en Coinco pero siempre quedaba botado porque quedaba en panne, era un cacharro y no se atrevía mucho a manejarlo ni pasar el Puente Cachapoal. Y después se lo trajo a Rancagua”. Recuerda Enrique que había solo dos autos en Coinco. Uno de un dueño de un fundo, llamado José Álvarez, y el otro era de un árabe que vendía cosas en el auto por las casas. “Cuando mi mamá estaba embarazada de mi hermano Jaime, el tercero en nacer, estuvo gravemente enferma y mi papá decidió llevarla a Santiago al Hospital del Salvador, entonces don José los llevó en su auto a la capital, se demoraron 6 horas”. En los años 50 el doctor quedó sin auto porque se averió y salía en victoria a atender pacientes a domicilio. Su hija Angélica lo acompañaba en algunas ocasiones.
En esta comuna la familia estuvo hasta 1945 cuando el Dr. Dintrans consiguió un traslado al Hospital de Rancagua. Ahí llegaron a vivir a una gran casa en la calle Bueras casi al llegar a la Alameda, una dependencia casi nueva perteneciente a una profesora de Coinco que se la arrendó al doctor. Así el profesional se iba caminando hasta el recinto a un par de cuadras de ahí.
Cuando su padre murió en 1965, la prole vivía en una bella casa de calle Campos en el centro de la ciudad también. Su madre estuvo allí hasta 1968 cuando decidió volver a Santiago junto a sus hijos más pequeños.

“MÉDICO DE LOS POBRES”
El recordado periodista Fernando Lucero Araya (alias Felúa) lo describía tras su muerte en 1965 en Diario El Rancagüino: “Dintrans sentía esa alegría innata de la gente que le gusta dar, esa cosa maravillosa que uno siente cuando uno sirve a alguien y ese pequeño e insignificante servicio lo alivia(….) mientras nosotros estábamos en el centro atareados apurando una taza de café, él andaba en las poblaciones 25 de febrero, San Francisco, Esperanza o Lourdes, poniéndoles inyecciones a los chiquillos cuyos padres no tenían como pagar, ahorrando a las madres levantarse a las seis de la mañana para hacer fila en el Hospital por atención gratuita”.
Exitosamente se le adjudica la creación de la Posta (o centro de salud) Antialcohólica en el Hospital de Rancagua donde recibía a los alcohólicos y le hacía tratamiento farmacológico. Fue la primera en su tipo en el país. “Lo hizo por su vocación de médico y vocación cristiana, recordemos que era médico internista”, recuerdan sus hijos. “Él siempre tuvo debilidad por como los que veía más débiles. Era llamado el médico de los pobres y en esa época puede que ese problema era uno de los problemas sociales más grandes que había
como hoy es la droga, por ejemplo, en esa época era el alcohol”, aborda con cariño su nieta Bárbara.
No hay que olvidar que fue uno de los gestores de la idea de crear consultorios periféricos en la ciudad, lo que se concretó dos años después de su muerte. Igualmente, de forma voluntaria y gratuita fue médico de diversas instituciones como sindicatos, clubes deportivos, organizaciones sociales poblacionales, de policlínicos parroquiales, por nombrar algunos.

ROL SOCIAL Y POLÍTICO
El doctor Dintrans Ávila perteneció a la Academia de Profesionales y Universitarios Católicos que fundó y dirigió, fue socio fundador y dirigente del Club de Leones de Rancagua, y fue férreo integrante de la Falange Nacional que luego pasaría a llamarse Partido Demócrata Cristiano.
Además, tenía actividades con los centros de apoderados donde estaban sus hijos: el Instituto O´Higgins y en el Sagrado Corazón (Monjas Argentinas).
“Tenía consultorios gratuitos en la población Esperanza, en la población San Luis y en la población Granja”, rememora ambos hijos. “En Rancagua solo estaba el hospital entonces iba a las poblaciones periódicamente a atender por las tardes a los enfermos, volvía de ahí a atender en su consulta que ubicó en su casa y después de las 6 de la tarde o más iba a los domicilios a atender”.
Trabajaba todo el día nos dicen. Más aún, después de las 8 o 9 de la noche alcanzaba a reunirse con sus amigos a tomar un café con una buena conversación. Días después de su muerte, su amigo y colega, Dr. Eduardo Herrera Sanhueza lo describía en ese ámbito en una publicación de Diario El Rancagüino del 11 de diciembre de 1965: “Recordaremos para siempre las veladas en su casa, así ellos fueran de política, religión, medicina, ciencia, o fantasía. Todo era tratado siempre en tal forma, que la final los participantes parecían haber vivido una aventura. Cualquier suceso de importancia era tácito signo de llamada para reunirnos en su casa y solo en la suya para que los comentarios tuvieran ese sabor de cosa viva que adquirían bajo la magia de su dirección. Era indudable, él quien dirigía, y aunque su opinión no predominara, era ingrediente indispensable en la discusión”.
Su primera incursión política fue en los tiempos más duros de la Democracia Cristiana, presentándose como candidato a senador en las circunscripciones senatorial de O’Higgins y Colchagua (antes no existía Cardenal Caro). No salió electo, pero tiempo después sí fue elegido regidor y entre los regidores, se elegían entre ellos para decidir quién sería el alcalde. En esta ocasión lo fue en los años 1960 y 1961, compartiendo el periodo con Patricio Mekis. Cabe mencionar que fue jefe de campaña presidencial de Eduardo Frei Montalva (1964-1970) y murió siendo regidor de la ciudad en 1965.
La gente, los vecinos lo admiraban y querían mucho. Una muestra de ello lo comprobaba su familia cuando en el día de San Enrique llegaban diversos regalos a su casa desde las 8 de la mañana, como tortas, postres, pollos, inclusive. Muchos lo agasajaban como una forma de agradecerles su labor como médico porque además no les cobraba la consulta. Angélica Dintrans así lo manifiesta: “Mi papá tenía mucha popularidad en la ciudad. El Rancagüino también hizo un concurso de popularidad en esa época donde la gente mandaba cupones recortados del diario, y él ganó porque además era muy querido”, dijo.
Hasta el día de hoy eso se refleja. En Rancagua un Cesfam lleva su nombre (lo nombraron en honor al centenario de su natalicio en 2014), una población antigua en la ciudad, un pasaje, una escuela, y quizás un sinfín de lugares y homenajes que le han otorgado en estos años y que no sabemos aún. Angélica menciona sobre ello que cuando el doctor era alcalde de Rancagua, había dos campamentos con areneros que vivían en la ribera del río Cachapoal, donde todos los años crecía el río y se inundaban. Entonces mi papá como alcalde gestionó la entrega de ese terreno para permitir la erradicación de los campamentos de areneros de Santa Fe y La Gloria”.
LEGADO QUE VIVE HASTA HOY
Al quedar viuda por más de 40 años, y tras 28 años de matrimonio, Elsa Schafer Larramendi debió hacerse cargo de sus 14 hijos. Con hijos y debió empezar a trabajar por primera vez, y lo hizo en una organización que se llamaba Promoción Popular, creada por el gobierno de Frei Montalba. “Mientras ella trabajaba todo el día, nosotros íbamos a estudiar y éramos ocho en la casa. En el colegio había seis, y en la universidad éramos cuatro, y la más chiquitita era la de 5 años. La mamá trabajó un poco hasta que se recibió como profesional el primero de los hijos Jaime, como cirujano dentista”, repasa Angélica Dintrans.
Cabe mencionar que su esfuerzo y abnegada labor de madre la hizo merecedora de un premio entregado por el Club Zonta, de prestigio internacional, que la condecoró como la Madre del año en 1977 en el Club de la Unión, hasta donde fue en compañía de todos ellos a recibirlo.
Sin lugar a dudas que la historia familiar de los Dintrans Schafer es material para un libro de memorias. Aquí quisimos recordarlo como un pequeño homenaje, y contarles a las nuevas generaciones o a quienes no lo recuerdan, que este doctor dejó huella imborrable a toda una ciudad, a todo un pueblo y sin dudar a su numerosa descendencia.
Consultados sobre qué rescatan más del legado de sus padres, Angélica y Enrique concuerdan en que “fue la formación familiar, los valores y los valores cristianos, la integridad moral en general y la consecuencia de la acción versus de lo que se piensa y se dice. Y también la veracidad, siempre apegado a la verdad y a la probidad. Él era muy generoso lo cual enseño con el ejemplo”.
