Familia Zúñiga Morales: Forjadores de la Casa Zúñiga

- La tienda es conocida dentro y fuera de la región, principalmente como una empresa familiar y de gran tradición en la ciudad. Además, ya cumplió 81 años y que no se achica frente a las grandes tiendas del retail, malls chinos o la compra en línea.

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Otra familia que es parte de la tradición e historia de la ciudad de Rancagua son los Zúñiga Morales, dueños de la reconocida Casa Zúñiga que este mes cumplió 81 años de existencia. Y para saber cómo partió todo nos reunimos con la señora Leonora Morales Cornejo y dos de sus hijos, Mauricio y Rodrigo Zúñiga Morales, quienes nos bosquejaron la historia de su padre Saúl Zúñiga Daza, fundador de esta querida tienda rancagüina.

En agosto de 1944, a sus 20 años Saúl Zúñiga Daza, abrió las puertas de su negocio en la calle Rubio 348, dando vida a «Casa Zúñiga», después de la muerte repentina de su padre, don Lucio Zúñiga Martínez, dueño del Emporio «La Estrella de Chile», ubicado en el mismo lugar. “El abuelo Lucio tenía este emporio que importaba artículos de hogar como loza, especias, azúcar, aceite, vendía de todo. Pero ese se acabó con su muerte en 1943. Incluso antes ya no quedaba nada.  Mucho dinero de su negocio lo utilizó con fines sociales. Por ejemplo, invirtió mucho en la construcción de la torreta de la primera compañía de Bomberos de Rancagua, donde además fue capitán. Además, fue uno de los precursores de la estatua de Bernardo O’Higgins que está en la plaza”, recuerda la familia.

Después de enviudar Lucio Zúñiga Martínez se casó con Celia Rosa Daza Acevedo con quien tuvo cuatro hijos: Saúl, Titanio, Olavia y Lucy. De su primer matrimonio ya tenía seis hijas. El segundo hermano, Titano, tres años menor que Saúl, fue incluido al negocio y también Olavia quien se separaría de ellos en la década de los 60. En 1979 ambos se separaron y él abrió un negocio en calle Independencia, que cuando quebró fue comprado por la Familia Zúñiga Morales y pasó a ser una sucursal de la Casa Zúñiga. En la década de los 80 incorpora a sus hijos: Lucio en primer lugar, Rodrigo después y luego Mauricio. De esta manera los hace socios.

Desde sus inicios fue una entidad muy familiar y «atendida por sus propios dueños». Con los años y con representaciones como Discos Odeón, RCA Víctor y Philips Chilena, Saúl Zúñiga se dedicó a atender a un público que reclamaba más surtido y calidad, una garantía más efectiva y una atención personalizada que en esa época no existía. A lo largo de las décadas, la tienda se convirtió en sinónimo de confianza y seriedad en Rancagua y sus alrededores. Creció y se adaptó a los cambios, incorporando nuevas tecnologías y marcas que le permiten seguir vigentes hasta hoy.

Foto familiar de hijos y nietos.

RECUERDOS DE LA HISTORIA FAMILIAR

Hablar de los orígenes del apellido Zúñiga en la región es repasar datos históricos provenientes del periodo colonial. Incluso Mauricio Zúñiga comentó que mandó a hacer un árbol genealógico, donde descubrieron que la familia Zúñiga lleva siglos en Chile. Su descendencia es española por lo que dicho estudio concluyó que son parientes del primer Zúñiga que llegó de España, “un marqués, que tuvo un hijo ilegítimo en el año 1600 , que se quedó en Santiago. Más tarde uno de los hijos de este, se vino a vivir a Peumo y fue cura, fundado más tarde el pueblo de Zúñiga. Y de otro hermano que supuestamente lo siguió a esta región, descendemos nosotros”, según su relato.

Pero para este reportaje nos ubicaremos en 1951, cuando la señora Leonora llegó a esta ciudad. Illapelina de nacimiento, hija de un telegrafista, llegó a Rancagua trabajó en la compañía de teléfonos como operadora, lugar donde conocería a su futuro esposo. Se casó con Saúl en 1958 después de conocerlo por teléfono. En ese entonces las operarias de teléfonos conectaban las llamadas, por lo que sabían a donde llamaban y terminaban escuchando toda la conversación. “Saúl llamaba a un amigo al club social para saber cómo estaba la fiesta, lo invitaban, pero él respondía que no podía ir ya que había llegado muy tarde a su casa. Entonces yo le pregunté en la llamada, si iba a ir o no. ‘No, pero si usted quiere acompañarme’. Le dije que no podía porque era casada con dos hijos”, según su anécdota. Así comenzó una amistad vía telefónica. En tanto, Saúl seguía enviando regalos a la compañía porque decía que ahí lo trataban muy bien. Cabe mencionar que en esos años Rancagua contaba con cerca de mil 500 teléfonos.      

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“Así empezamos a conversar y a conversar. Él comenzó a contarme de algo de su vida y se anduvo sincerando y soltando un poco. Y me dijo que tenía muchas ganas de conocer a una señorita que ha llegado hace poco y que la llaman Leo. Soy yo le dije”, comenta entre risas. “Pero él andaba en con otros compromisos, con otra dama, pero la conversación siguió mientras yo y mi compañera nos turnábamos para atender el resto de las llamadas”.

Estuvieron de novios por un año y medio cuando le pidió que se casaran. “En esa época no conocía a nadie en la ciudad y era casi una niña. Y cuando nos pusimos de novios dejé la compañía de teléfonos. Yo preocupada, porque en ese entonces los padres de la novia acostumbraban a costear la fiesta. Unos padrinos en Codegua nos ofrecieron hacer la fiesta en su casa. Fue muy lindo todo, y la fiesta que llegó a durar tres días. Él invitó a sus amigos y vino mi familia”, recuerda con nostalgia Leonora. Después, se fueron de luna de miel en un tren rápido al sur, hasta Puerto Varas. Había llevado su auto en el tren por lo que el resto del viaje recorrieron gran parte de esta zona de Chile por casi 40 días.

Al volver a Rancagua arrendaron una casa en calle Gamero donde nació Lucio y Mauricio. Detalla que su esposo era exigente y ella no sabía hacer nada, menos cocinar. “Y siempre tenía invitados, pero mi suegra me ayudó mucho en eso. Saúl, llegaba, se iba al mercado y llegaba con cajas de verduras, Me sentaba, miraba las cajas y me ponía a llorar. ¿Qué voy a hacer con esto?”, explica entre risas.  

Allí estuvieron poco tiempo porque al llegar los hijos la casa se hizo pequeña. Fue entonces que arrendaron una casa grande de dos pisos con un gran jardín, y que se ubicada en Miguel Ramírez. “Era maravillosa. Yo gozaba porque había plantas y árboles, salía con los niños a jugar al jardín, todos nos entreteníamos, lo pasábamos muy bien”. Viviendo acá nació Rodrigo, su tercer hijo y Lorena, la única hija mujer del clan. Cuando la niña cumplió dos años se mudaron a calle Bueras, una casa que ya tenía al menos 14 años y era propiedad del dentista Ramón Canala. Doña Leonora recuerda cómo su esposo le insistió en que se la vendiera en los años 60, y lo hizo por una suma de 60 mil pesos de la época. “Después, cuando se retiró del negocio nos fuimos a vivir a Viña del Mar durante 30 años”, detalla nuestra entrevistada en una íntima conversación en el living de esta casa, la misma de la calle Bueras.

Actualmente, los cuatro hermanos Zúñiga Morales le han dado a la matriarca de esta familia rancagüina la alegría de disfrutar todavía a 12 nietos, con edades entre 27 y 39 años, a los que se suman cuatro bisnietos entre un año y medio hasta los 7 años de edad.

HIJOS SE HACEN CARGO DE LA EMPRESA

La Casa Zúñiga sobrevive hoy con 81 años de existencia a pesar de toda la competencia comercial existente y fuerte como son las grandes tiendas, el retail o los malls chinos así como las ventas por internet. Entonces, le preguntamos a ellos, ¿qué los diferencia, cuál sería el secreto de su éxito?. Los tres concuerdan en que el patriarca era “muy emprendedor, muy responsable, tenía mucha cabeza para todo y era muy activo. Le gustaba hacerse amigo de los proveedores, los trataba muy bien, y en ese aspecto era muy sociable. Saúl fue un gran comerciante y reconocido por muchos que ya no están”, afirman.

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-¿De qué manera eso se los traspasó a sus hijos para que el negocio siguiera funcionando?

Sra. Leonora: Yo luché mucho porque cada uno de mis hijos sacaron el título, pero él decía que no era necesario, porque ellos iban a trabajar en el negocio.

Rodrigo: Desde un principio y antes de casarse mi papá salía a los pueblos a hacer publicidad y propaganda. Instalaba unas láminas de lata con el aviso de Casa Zúñiga. A eso se suma el trabajo de hormiguita que hizo vociferando con un parlante en un auto en las comunas aledañas los fines de semana. Esto arraigó mucho a la gente quien tomó cariño a la Casa Zúñiga, haciéndola suya, de ellos, del pueblo. Y así es hasta hoy.

-¿Qué recuerdan de su papá? y ¿qué legado creen que les dejó?

Mauricio: Creo que el emprendimiento, el empuje, el querer que las cosas salgan bien. Tenemos nosotros unos libros que él escribió y nadie sabía, lo descubrimos después. Son una especie de diarios de vida que escribió durante tres o cuatro años, los primeros luego de la inauguración de Casa Zúñiga.

Rodrigo: Concuerdo con mi hermano. Una de las cosas super destacables que nos inculcó a nosotros y que hasta el día de hoy la llevamos a cabo en la empresa, es básicamente el hacer las cosas bien y lo mejor posible. Lo más importante para él siempre fueron sus clientes y sus empleados, hoy incluso hay trabajadores que lleva más de 50 años con nosotros. Se preocupaba mucho de que el producto que saliera de tienda tuviera un buen servicio técnico y que no debía traspasarle problemas a su cliente, y si había algún problema se lo solucionaba. Entonces ese tipo de atención era el que él le daba, un trato muy personalizado.

APORTE GREMIAL Y SOCIAL

Cuando sus hijos entraron al negocio, en la década de 1980, don Saúl se avocó a trabajar en el ámbito gremial. Desde sus inicios empresariales se manifestó como un gremialista empedernido. Así se convirtió en el presidente de la Cámara de Comercio, Servicios y Turismo de Rancagua por casi 16 años consecutivos desde 1982, cuando se llamaba Cámara de Comercio e Industrias de Rancagua A.G. Había ingresado como socio en julio de 1958. También se le atribuye que bajo su mando fue construido el actual edificio del gremio de calle Germán Riesco.

A eso se agrega que, en la parte social, fue integrante del Club de Leones, del Rotary e incluso en el Centro Español tuvo su intervención. “Es que era muy sociable”, manifiesta su esposa. Finalmente fallece en 2015 a la edad de 92 años.

-Siendo una familia reconocida en la ciudad, ¿creen que es una verdadera responsabilidad llevar este apellido?

Mauricio: Es una responsabilidad, un peso, pero uno se da se da cuenta tarde. Uno le va tomando el peso a la historia a lo largo de los años.

Rodrigo: Es una bendición, por una parte, pero también es una responsabilidad grande porque no puedes cometer errores, menos cuando somos conocidos, y hay que cuidarse de todo eso. Es bonito sentir que la gente reconozca a Casa Zúñiga como lo que es y el valor que le dan.

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Doña Leonora Morales Cornejo junto a dos de sus hijos, Rodrigo y Mauricio.
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