Ser faro, ser luz y ser comunidad

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Por: Claudia Prado, Coordinadora Programa Prevención del Suicidio, Universidad de O’Higgins. Irene Léniz, Directora de Salud Mental, Universidad de O’Higgins.

El suicidio no es solo un problema de salud pública, sino también un reflejo de condiciones sociales y personales que atraviesan la vida. Su prevención requiere acciones articuladas en distintos niveles de lo cotidiano —familia, escuela, trabajo y comunidad—, entendiendo que la salud mental y bienestar se construyen en interacción con los otros y el entorno. Es en esas relaciones donde pueden encontrarse los apoyos que sostienen la vida.

En esta línea, el faro es un símbolo de compromiso colectivo con el cuidado: silencioso pero firme, orienta a quienes atraviesan momentos de oscuridad o desorientación. No juzga ni impone simplemente ilumina, permanece presente y ofrece dirección.

Cuando alguien piensa en el suicidio, no es un simple llamado de atención, sino una señal de que necesita ayuda, a veces de manera urgente. Frente a esta realidad, cada 10 de septiembre conmemoramos el Día Mundial de la Prevención del Suicidio, una oportunidad para recordar que todas las personas podemos ser parte de la respuesta. Este año, la invitación es a que cada una y cada uno se convierta en un faro: reconocer que nuestras palabras, gestos y actitudes pueden marcar la diferencia, y que al asumir un compromiso compartido es posible construir espacios accesibles, seguros y de cuidado donde la vida se sostenga.

¿Cómo podemos brindar ayuda, dar luz, ser un faro?

Ante ideas suicidas, ayudar significa acercarse y creer en lo que la persona expresa. Escoge un lugar tranquilo, valida su dolor y pregunta sin miedo si está pensando en suicidarse. Escucha sin juzgar, muestra apoyo genuino y abre opciones: si no quiere hablar contigo, sugiere otra persona o un profesional. Facilita la conexión con redes de apoyo como la línea *4141. Si existe riesgo inmediato, acompáñala a un servicio de urgencia y asegúrate de que no esté sola.

La luz que permanece

La experiencia muestra que las acciones permanentes, sostenidas y basadas en evidencia son más efectivas que intervenciones aisladas. Como los faros que han guiado a marineros durante siglos, nuestra presencia consciente y compasiva puede marcar la diferencia entre la esperanza y la desesperación. No se trata de ser expertos, sino de escuchar y estar presentes.

Así como la luz de un faro no se apaga, aceptemos la invitación a ser parte de una red de cuidados que conecta, sostiene y se fortalece en el tiempo, contribuyendo a reducir el suicidio como una de las expresiones más extremas del dolor.

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