Ser humano

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Por: Rocío Angulo, académica del Instituto de Ciencias Sociales, Universidad de O’Higgins.

Quizás usted nunca se ha parado a pensar en qué significa exactamente ser un ser humano, pero lo cierto es que definir a nuestra especie no resulta para nada fácil. Hay alguna gente pensando en ello a tiempo completo, no vaya usted a creer que es poca cosa. Si no está de acuerdo, haga el ejercicio de tratar de responder a la siguiente pregunta ¿Cuál es la característica concreta que le hace inevitable e inconfundiblemente un ser humano? Quizás tenga la tentación de apelar a alguna característica física evidente como, por ejemplo, andar de pie, tener las manos libres para hacer cosas, un dedo pulgar que puede ponerse enfrente del resto de los dedos para facilitarlo, etc. Nos contaron bastante sobre esto en el colegio. También puede creer que solo nuestra especie piensa y habla, muchas veces más lo segundo que lo primero, lamentablemente. Sin embargo, estas características nos parecen muy especiales solo porque nuestra parentela más próxima no vive ya con nosotras y no conocemos muy bien a nuestra familia más cercana.

Todo el mundo sabe, aunque algunas personas se resisten aún a reconocerlo, que pertenecemos al orden de los primates. Pero para ubicarnos mejor, debemos saber además que pertenecemos a la familia Hominidae, género Homo y finalmente, especie Homo sapiens. Si se fija en la raíz de estas palabrejas, empezará quizás a preguntarse entonces y, para empezar, si somos la única especie “humana” en la Tierra. Y sí, somos la única ahora, pero no siempre lo fuimos. De hecho, llevamos unos pocos miles de años solos nada más. Lo normal en nuestra evolución parece que fue más bien compartir planeta con otras especies del mismo género con las que tuvimos al parecer más que palabras… Los resultados de las investigaciones más recientes sugieren que más de una vez nos “hibridamos» exitosamente, no se vayan a escandalizar por favor. Y si esto le sorprende, va a seguir con la boca abierta cuando le diga que chimpancés y bonobos, del género Pan, pertenecen a nuestra misma familia Hominidae. Son, literalmente, nuestra familia viva más cercana y especies de comparación indispensables para comprendernos a nosotras mismas identificando lo que nos hace ineludiblemente humanos.

Ha muerto Jane Goodall, referente indiscutible de nuestro tiempo, y no se puede dejar pasar ninguna oportunidad para recordarla y agradecer todo lo que ha hecho por nosotras. Jane voló a África en un momento en el que ser mujer, científica y viajar a estudiar chimpancés era no solo impensable sino tan escandaloso como lo fue después pensar en bebés híbridos. Y, sin embargo, no solo lo hizo, sino que su trabajo de campo logró desafiar en varias ocasiones la definición de lo que creíamos que era ser humano. Por si fuera poco, emprendió luchas titánicas en defensa de la biodiversidad y el medio ambiente, levantó proyectos increíbles en la Fundación que lleva su nombre y viajó incansablemente por el mundo trabajando por hacerlo un lugar mejor prácticamente hasta su último día. Sin duda, Jane nos hizo ser mejor especie.

Dicho esto, le extiendo una invitación a revisar la vida y obra de esta gran mujer. Sin duda, después entenderá mejor por qué defender a nuestros parientes más cercanos es una de las tareas más relevantes que tenemos por delante como especie. Nos obliga no solo la responsabilidad ética y moral, sino la necesidad imperante de entendernos mejor a nosotras mismas. Nuestra supervivencia próxima depende de ello a la luz de la magnitud de los desafíos que tenemos por delante.

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