En la cordillera de San Fernando, las huellas de dinosaurio de Termas del Flaco siguen suscitando un gran interés, no sólo para Chile, sino también para los visitantes de afuera. En el seminario “Huellas de Dinosaurio: Experiencias para la Protección, Conservación y Manejo de estos Sitios”, organizado por el Servicio Nacional del Patrimonio Cultural (SERPAT), distintos especialistas de Chile y el mundo contribuyeron a que escuchemos con claridad qué nos pueden decir esas huellas.
El paleontólogo del Consejo de Monumentos Nacionales, Marko Yurac, partió por lo esencial al definir que un fósil es cualquier evidencia de vida del pasado y que en las Termas hay fósiles, no sólo huellas. Mencionó artrópodos, erizos, moluscos y corales, un ecosistema entero atrapado en piedra.
Resulta que las huellas revelan cómo caminaban estos seres, qué tan rápido se desplazaban, cómo se relacionaban con otros organismos y qué tipo de ambiente habitaban. Yurac recordó también que el estudio de estas marcas fue clave en el “renacimiento de los dinosaurios”, ese giro que redefinió cómo los imaginamos hoy, dejando atrás las visiones rígidas del siglo XIX o XX.
En Termas del Flaco se reconocen tres grupos, siendo estos los terópodos, que eran bípedos, de tres dedos y huellas alargadas; los ornitópodos, que eran herbívoros de pisadas más redondeadas, a veces bípedos, a veces cuadrúpedos; y los saurópodos, los gigantes de cuatro patas con huellas amplias donde “los pies son más grandes que las manos”.
El paleontólogo detalló los métodos actuales para estudiar las huellas, que se conforman por mediciones directas para estimar velocidad o altura, dibujos de contorno que conservan una escala real y modelos digitales capturados con dron o cámara. Además, recordó que desde 1970 todos los fósiles en Chile son monumento histórico y paleontológico, y pese a que el paso del tiempo ha borrado parte de la información, la misma erosión ha permitido descubrir nuevas superficies.
Ese contraste entre lo que se pierde y lo que emerge resonó también en la ponencia de Leandro Fuentes, dirigente de la agrupación ambiental “Huellas del Dinosaurio” que trabaja en Termas del Flaco y la cuenca del Tinguiririca. Su diagnóstico fue directo, señalando que, desde lo local, el patrimonio está abandonado.
Parte del problema, explicó, es que “en San Fernando se confunde el patrimonio paleontológico de huellas de dinosaurios con el territorio de Termas del Flaco”. Esa confusión, unida a complicaciones administrativas, políticas y legales “acumuladas de muchas administraciones pasadas”, estaría dejando al sitio sin una protección real.
La agrupación funciona desde el 24 de septiembre de 2012, difundiendo y resguardando el patrimonio paleontológico. Pero muchas veces, comenta Fuentes, han debido articularse desde fuera para generar cambios. En enero de 2023, junto al Museo Lircunlauta, realizaron una denuncia al Consejo de Monumentos Nacionales e informaron al GORE y al CORE por el deterioro de la placa norte del yacimiento.
Siguiendo la huella del dinosaurio por otros sitios del territorio nacional, la geóloga Catalina Astete aportó una mirada desde la geoconservación, que definió como el conjunto de acciones y políticas destinadas a proteger, gestionar y poner en valor el patrimonio geológico para que siga disponible en el largo plazo. En ese sentido, también presentó el concepto de geopatrimonio, que abarca afloramientos, minerales, fósiles y formas del relieve con valor científico, educativo, cultural o turístico.
Fue enfática al recordar que los fósiles, frágiles y no renovables, son esenciales para comprender la historia de la vida en la tierra. Su experiencia en el glaciar Tyndall, en Torres del Paine, lo demuestra, pues ahí se han encontrado cerca de cien fósiles de ictiosaurios, además de amonites, belemnites, inoceramus —todos estos especies de moluscos—, y peces.
En 2022, durante una excavación realizada entre marzo y abril, se halló incluso el primer ictiosaurio completo excavado en Chile, con restos gastrointestinales incluso. Pero esos mismos restos de gran importancia llevan 80 años expuestas a temperaturas extremas, radiación, humedad, precipitaciones y gelifracción, factores que ponen sobre la mesa un inevitable deterioro.
Astete planteó que, en el caso de Termas del Flaco, sería completamente viable aplicar técnicas de geoconservación in situ, siempre que exista un estudio previo serio y, eventualmente, su declaración como geositio.
La arqueóloga y conservadora mexicana Isabel Medina sumó una reflexión desde lo humano y lo inclusivo, estableciendo que los sitios paleontológicos no se sostienen sólo con ciencia, sino con personas.
La experta habló de una dicotomía en el mundo patrimonial, donde el patrimonio paleontológico no siempre es igual de valorado y conservado como otros sitios patrimoniales que son severa y constantemente cuidados. Igualmente, afirmó que “los sitios paleontológicos están llenos de personas”, enfatizando la necesidad de llegar a ellas, incorporarlas y convertirlas en guardianas del lugar. Para ella, el patrimonio es una conversación con el otro —ya sea el planeta, otra especie u otra persona—, una relación que exige colaboración y una mirada que idealmente se oriente a la paz.
El geólogo Erwin González, de la Universidad de O’Higgins, cerró con una invitación a mirar el patrimonio como motor de desarrollo. Explicó que mediante la ciencia es posible impulsar un polo patrimonial y económico, y que la prehistoria regional puede estudiarse en profundidad desde sitios de la región como San Vicente de Tagua Tagua, donde se han encontrado restos de gonfoterios —ancestros de los elefantes—. Estos conocimientos podrían ayudarnos a entender de dónde venimos, quiénes somos y hacia dónde queremos ir.
Entre todas estas voces, las huellas de Termas del Flaco aparecen como algo más que registros fósiles, pues en su inmensidad, son un recordatorio de que la historia profunda del territorio convive con decisiones humanas actuales, centradas en aquello que decidimos cuidar, cómo lo hacemos y qué es lo que estamos dispuestos a preservar.
Las huellas llevan millones de años ahí, preceden a cientos de generaciones de nuestros árboles genealógicos, pero todavía estamos a tiempo de escucharlas y poner en valor esta valiosa parte del patrimonio regional.






