La noticia de la captura de Nicolás Maduro y su esposa Cilia Flores por parte de un operativo militar del gobierno de Estados Unidos, denominada “Operación Resolución Absoluta”, despertó a todo un pueblo la madrugada del 3 de enero, y generó, un impacto significativo en la comunidad internacional, ya que, según informes, la operación fue llevada a cabo por la Fuerza Delta, un cuerpo élite de las fuerzas especiales estadounidenses.
Mientras la captura de Maduro ha generado diversas reacciones a nivel internacional, algunos países han celebrado la noticia, más no así, Rusia y China, que han expresado su condena y llamado a la no intervención en los asuntos internos del país caribeño. Por su parte, el gobierno de Venezuela ha rechazado de manera categórica la captura y ha exigido la devolución inmediata de Maduro y su esposa.
Son muchas las interrogantes que se han planteado, por la captura del dictador sobre el futuro de Venezuela, ya que la Constitución Nacional establece que, en caso de ausencia del presidente (aunque su legitimidad estaba en duda), el vicepresidente o vicepresidenta ejecutiva debe asumir el cargo y convocar nuevas elecciones presidenciales en un plazo de 30 días.
La situación que se vislumbra, es incierta y podría generar inestabilidad política y social en el país, tomando en cuenta que el propio presidente Donald Trump ha manifestado que “gobernará” Venezuela; mientras que el Tribunal Supremo de Justicia (TSJ) ordena a la vicepresidenta, Delcy Rodríguez asumir como presidenta.
La captura de Maduro es un evento importante que podría tener consecuencias importantes para Venezuela y la región. Es significativo que la comunidad internacional trabaje para apoyar una transición pacífica y democrática en Venezuela, y para abordar los desafíos humanitarios y económicos que enfrenta el país.
Mientras la población venezolana interna se mantiene expectante, por lo que pueda ocurrir y bajo mucha presión, sin tener la oportunidad de expresarse libremente por lo ocurrido, la diáspora venezolana de más de 8 millones regados por todo el mundo, celebraron la captura del dictador y a la espera de que el presidente electo el 28 de julio de 2024, Edmundo González Urrutia asuma el cargo como jefe de Estado.
Tras años de crisis humanitaria, diálogos fallidos y una migración que ha transformado de alguna manera la demografía de la región de O’Higgins y que el desenlace de la figura de Nicolás Maduro en el poder, no llega por la vía de las urnas, sino por una acción militar de Estados Unidos, que abre un escenario tan histórico como complejo.
Para Rancagua y sus comunas vecinas, este evento no es ajeno, ya que nuestras calles, colegios y campos, miles de ciudadanos venezolanos hemos encontrado refugio durante los últimos 10 años, huyendo de una realidad económica y política asfixiante. Ese mismo pueblo (el que está aquí y el que permanece allá) experimenta una mezcla de alivio y profundo nerviosismo los reportes que llegan desde Nueva York, donde el ahora expresidente enfrentará a la justicia.
La caída de un presidente no garantiza la estabilidad de una nación, y Venezuela no es la excepción, lo que el pueblo venezolano puede esperar para los tiempos venideros, es un camino sembrado de esperanzas y desafíos.
Los que estamos fuera de nuestro país, debemos reflexionar sobre el impacto migratorio, ya que, ante la expectativa de libertad, muchos de nosotros soñemos con el retorno. No obstante, sabemos que la reconstrucción de un país no ocurre de la noche a la mañana. A Chile y a la región de O’Higgins le debemos mucho, por su acogida y solidaridad, entendiendo que la “normalización” de Venezuela será un proceso lento y doloroso.
Definitivamente, la captura de Maduro marca el fin de una era, pero el inicio de una verdadera batalla: la reconstrucción de la dignidad de todo un pueblo, y que este nuevo capítulo, no sea solo un cambio de mando, sino el principio de una paz duradera que permita que, algún día, el reencuentro con nuestra familia deje de ser un anhelo y se convierta en una realidad.
