Acompañar también es formarse

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Por: Carlos Osses, comentarista deportivo.

En el fútbol formativo hay una realidad que cuesta aceptar, pero que se repite una y otra vez: no todos los jugadores están llamados a proyectarse, y no todos los que se proyectan llegarán. Entre medio existe un grupo silencioso y muchas veces invisible: los jóvenes que acompañan el proceso.

Acompañar no es una palabra menor. Es entrenar todos los días sin la certeza del minuto. Es competir sabiendo que el lugar no está asegurado. Es convivir con la banca, con los cambios de rol, con la sensación permanente de estar a prueba. Es, en definitiva, crecer en la incertidumbre.

Durante años he visto cómo algunos jugadores, señalados tempranamente como proyectables, se diluyen con el tiempo. Y también he visto cómo otros, que parecían destinados solo a acompañar, terminan encontrando su espacio y llegando más lejos de lo que muchos imaginaban. Eso obliga a asumir una verdad incómoda: la proyección no es una sentencia, es un estado transitorio.

El problema no es que existan estos roles —porque son naturales en cualquier proceso—, sino que rara vez se explican. A muchos jóvenes se les exige competir como si todo dependiera de ellos, pero no se les prepara emocionalmente para el escenario más probable del fútbol: la espera, el cambio o, en muchos casos, la salida.
Y cuando la salida llega, suele hacerlo de golpe. He visto jugadores titulares salir del sistema sin entender nada. Cumplieron, jugaron, se esforzaron, y aun así debieron partir mientras otros continuaban. Desde la lógica adulta puede haber razones técnicas, estructurales o de proyección. Pero desde la cabeza del niño, si nadie lo preparó antes, la pregunta es devastadora: ¿qué hice mal?

Ahí es donde el fútbol formativo mantiene una deuda profunda. No con el talento, sino con la parte mental. Porque salir no es fracasar. Salir no define a nadie. Y, sobre todo, un club —por grande y formador que sea— no es todo. El problema es que muchas veces eso no se dice a tiempo, ni con la claridad necesaria.

En este punto, la responsabilidad no es solo del jugador. Formadores, dirigentes y familias también cumplen un rol clave. Explicar los procesos, anticipar escenarios y ampliar el horizonte no debilita la motivación; por el contrario, la fortalece. Preparar a un niño para distintas posibilidades no le quita sueños, le entrega herramientas.

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El joven que acompaña el proceso desarrolla valores que no siempre se miden en planillas ni estadísticas: paciencia, resiliencia y carácter. Aprende a esperar sin romperse, a caerse sin irse, a sostenerse cuando nadie lo mira. Paradójicamente, esas mismas herramientas son las que el fútbol profesional exige con mayor crudeza.
Porque otra verdad que rara vez se dice es esta: ni siquiera los que llegan al fútbol profesional tienen el triunfo asegurado. Debutar no es estar listo. Firmar un contrato no es estar formado. El que llega sigue aprendiendo a competir, a perder su lugar, a manejar la presión, a reinventarse. La formación no se acaba nunca.

Visto así, el joven que acompaña el proceso no está fuera del fútbol real. Está, muchas veces, enfrentándolo antes. Por eso formar no puede limitarse a seleccionar ni a proyectar. Formar también es preparar la salida, explicar los tiempos, acompañar el tránsito y ayudar a entender que el camino no se termina cuando una puerta se cierra.

Quizás el verdadero éxito del fútbol formativo no se mida solo por los que llegan, sino por cómo se van. Porque formar no es garantizar destinos, es entregar herramientas. Y esas herramientas —si el proceso fue honesto— sirven dentro y fuera de la cancha.

Al final, todos siguen formándose. Algunos dentro del club. Otros lejos de él. Pero nadie está terminado. Y entender eso, a tiempo, también es parte de la formación.

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