Lo que comenzó como un fenómeno editorial terminó convertido en una de las performances intelectuales más comentadas de los últimos años. A inicios de 2025 fue publicado “Hipnocracia: Trump, Musk y la nueva arquitectura de la realidad”, firmado por Jianwei Xun, un supuesto filósofo chino que analizaba la manipulación algorítmica y la construcción de la realidad en la era digital. El texto rápidamente desató debate académico y obtuvo reseñas en prestigiosos medios internacionales.

Sin embargo, meses después, el italiano Andrea Colamedici reveló que Jianwei Xun no existía y que tanto el autor como el ensayo habían sido creados mediante inteligencia artificial generativa, bajo su dirección. El “engaño” se transformó así en una obra en sí misma: una intervención filosófica destinada a demostrar, en la práctica, cuán frágiles se han vuelto nuestros criterios para distinguir autoridad, verdad y construcción artificial.
Con esa provocación como punto de partida, Colamedici fue una de las voces centrales del segundo bloque de Congreso Futuro sede O’Higgins, instancia que volvió a posicionar a la región como un espacio relevante para la discusión científica, tecnológica y humanista.
“Parece que hoy se puede ser solo entusiasta o apocalíptico frente a la tecnología, y yo soy un filósofo apocalíptico entusiasta”, afirmó el pensador, editor y cofundador del proyecto cultural Tlon, además de Research Fellow en inteligencia artificial. La frase, cargada de ironía, marcó el tono de una exposición que no buscó ni demonizar ni idealizar la tecnología, sino interpelar el rol de las personas frente a ella.
Para Colamedici, el centro del problema no está en las máquinas, sino en la relación que construimos con ellas. “El problema no es la inteligencia artificial; es que estamos perdiendo las condiciones para construir una realidad en común. Porque la realidad no es un dato, es una construcción”, sostuvo ante un auditorio atento.
En los últimos años, el desarrollo exponencial de la IA ha traspasado con fuerza el mundo académico para instalarse en la vida cotidiana: desde la generación de textos e imágenes hasta la toma de decisiones automatizadas, la resolución de problemas y la búsqueda de información. Este proceso de delegación —advirtió— tiene un costo silencioso. Diversos estudios han alertado que el uso intensivo de herramientas automatizadas puede afectar habilidades como la creatividad, la reflexión profunda y el pensamiento crítico, especialmente cuando se utilizan como reemplazo y no como apoyo.
“Estamos delegando la parte más interesante de la vida: el proceso del extravío y el descubrimiento, para recibir a cambio una tarea bien hecha que, sin embargo, nos deja igual de ignorantes”, señaló. Su reflexión tocó un punto sensible en un contexto donde la eficiencia suele imponerse como valor dominante.
La “Hipnocracia”: poder sin censura
La teoría de la hipnocracia, concepto central de su obra, propone que estamos ante el primer régimen histórico que no necesita controlar los cuerpos para ejercer poder. “No censura: satura. No reprime los pensamientos: los orienta. No les dice qué pensar: les dice en qué pensar”, explicó.
Se trata de un modelo donde la abundancia de información, estímulos y contenidos personalizados produce una forma de adormecimiento colectivo. Las plataformas digitales, mediante algoritmos, configuran entornos de atención que moldean prioridades, temas y marcos de interpretación. No es una imposición visible, sino una arquitectura de la percepción.
A esto se suma otro fenómeno que denominó “imperialismo cognitivo”: gran parte de la infraestructura de inteligencia artificial está concentrada en un pequeño número de empresas, mayoritariamente estadounidenses, cuyos modelos incorporan referencias culturales, lógicas de lenguaje y estructuras de pensamiento propias del mundo anglosajón. “Eso también influye en cómo escribimos, qué consideramos relevante y qué formas de expresión se vuelven dominantes”, advirtió.
Pensar sigue siendo un acto humano
Pese a su mirada crítica, Colamedici no se sitúa en el rechazo. Su postura, como él mismo define, es la de un “apocalíptico entusiasta”: alguien que reconoce los riesgos, pero también las oportunidades.
La inteligencia artificial, sostuvo, puede convertirse en un motor para revitalizar el debate, el disenso informado y la reflexión colectiva, siempre que no se renuncie a la responsabilidad humana. En ese sentido, valoró espacios como Congreso Futuro, donde la tecnología se discute no solo desde la ingeniería, sino también desde la filosofía, la ética y las ciencias sociales.
La invitación final fue clara: reconstruir los espacios de conversación y pensamiento compartido. “Todo depende de una sola cosa: de nuestra capacidad de resistir a su seducción más simple, la promesa de ahorrarnos la fatiga de pensar”.
En tiempos donde la inmediatez parece imponerse sobre la reflexión, su advertencia resuena más allá del mundo digital. Porque, como planteó, lo que está en juego no es solo cómo usamos la tecnología, sino la posibilidad misma de seguir construyendo una realidad común.
