El Castillo Butrón arrastra años de deterioro y preocupación vecinal

A pasos de departamentos celosamente cuidados por sus juntas directivas y calles altamente transitadas, la antigua casona se ha visto afectada por el paso del tiempo sin cuidado alguno.

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A simple vista, el Castillo Butrón se levanta como un vestigio de otro tiempo, pero basta acercarse un poco más para que la imagen cambie, pues hoy convive con denuncias de abandono, plagas y preocupación vecinal.

Sin rodeos, Claudio Muñoz, tesorero de la Etapa 2 del Condominio Butrón, aseguró que el emblemático punto de la capital regional se ha vuelto “un antro de murciélagos, de cochinada”.

Muñoz, que vive en el sector hace décadas, fue tajante al afirmar que “a mí no me lo pueden contar porque yo lo viví […] Me tocó vivirlo, cómo era de bonito y ahora cómo está de botado”.

Ahora que habita a unos pasos del inmueble, con una corta visita el contraste se hace evidente, pues mientras el condominio mantiene limpieza diaria y controles en su entorno, al otro lado de la reja se acumulan problemáticas concentradas en “murciélagos, gatos, ratones… inmundicia”, enumeró el tesorero.

La situación, pese a lo alarmante que resulta, no es nueva para los vecinos del condominio, quienes desde hace años han denunciado malas condiciones sanitarias y ocupaciones irregulares. Como poblador de la zona, Muñoz señaló que “yo llevo viviendo aquí siete años […] Me dijeron que llevaba como 10 años botado”.

Además de dificultades que atañen a la salud, la poca seguridad que se vincula al recinto histórico también ha perturbado el estilo de vida de los vecinos, ya que se alza como un punto de encuentro para personas que “se meten a tomar, a volarse”, de acuerdo al relato de Muñoz. Esto ha orillado a la comunidad a reforzar sus cercos, “poner doble malla (…) Porque se entran a robar por ahí”.

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El Castillo Butrón data su origen a fines del siglo XIX. Hoy en día, se alza como un foco de alerta para vecinos del sector. Foto: Marco Lara/El Rancagüino

Para Marianela Arriagada, presidenta de la junta directiva de la Etapa 2, la sensación es de desgaste, considerando que, desde hace cinco años, cuando asumieron, han realizado diversas gestiones, como haber “asistido a alguna especie de reunión en algún minuto” o enviar correos, pero estas no han tenido resultados concretos.

El problema que se ha alzado a un lado de sus hogares abarca la cotidianidad, coincidiendo con el tesorero en que las plagas son de las principales afectaciones, llegando a detectar “bichos rastreros, como las cucarachas, los murciélagos […] Y los roedores”, apuntando a que el deterioro del castillo termina impactando directamente en la calidad de vida del sector.

La presidenta de la junta coincide con Muñoz en el tema de la seguridad, relatando que existe “gente que salta hacia la reja, se meten por el cerco”, por lo que vecinos solicitaron que se colocara concertina. No obstante, situaciones como que “en algún minuto se cayó un pastelón de la pandereta”, han dado pie a que “se metan muchachos, a veces de curiosidad, porque como además le dan esta onda de mucho espíritu y cosas paranormales”.

Más allá del atractivo paranormal que pueda desprender el sitio, Arriagada mencionó otros episodios específicos que sí representaron una amenaza real para la comunidad, como cuando “en el verano del 2025 saltaron cinco muchachos, enteros encapuchados y con mochilas. Saltaron al castillo y luego saltaron hacia acá”, por lo que constantemente tienen que recurrir al uso de un botón de pánico para ahuyentar a los intrusos.

Asimismo, acusan que el tomar contacto con autoridades en momentos de acecho tampoco ha resultado efectivo, describiendo que “uno llama a Seguridad Ciudadana y dicen ‘llame a Carabineros’, y uno llama a Carabineros y me dicen ‘llame a Seguridad Ciudadana’ […] Entonces uno al final parece pelota de ping pong”.

Aunque el panorama se configure por inseguridad y problemas sanitarios, la sensación de pérdida predomina, porque el Castillo Butrón es más que una estructura abandonada, sino que se trata de un espacio con historia en el barrio.

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Hace décadas, la casona formaba parte de un extenso terreno de viñas. “De aquí hacia el fondo era todo viña”, recuerda Muñoz. Con el paso del tiempo, el entorno cambió y llegaron los edificios… pero el castillo quedó.
Hoy, en cambio, la postal es otra. “De lo que fue en su momento algo muy bonito…”, dice el dirigente, dejando la frase suspendida, como si el resto se entendiera solo.

Mientras tanto, la vida sigue para quienes habitan a su alrededor. Con controles de plagas propios, refuerzos en seguridad y gestiones constantes, los vecinos intentan contener un problema que, insisten, no les corresponde.

“Nosotros aquí hacemos gestión todos los días”, recalca Arriagada. Pero al otro lado del muro, el tiempo parece detenido.

Pese que el Castillo Butrón aún se mantiene en pie, para muchos en el barrio la verdadera pregunta no es cuánto resistirá, sino cuánto más habrá que esperar para que deje de ser un motivo de discordia y vuelva a ser parte viva de la ciudad.

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