Así es nuestro nuevo “yo digital”: cómo la tecnología está cambiando nuestra forma de pensar, sentir y relacionarnos

La hiperconectividad, las redes sociales, los algoritmos y la inteligencia artificial están modificando nuestra atención, memoria, emociones, relaciones e incluso la manera en que construimos nuestra identidad. Una especialista en ciberpsicología explica las diez transformaciones que ya están ocurriendo.
El nuevo yo digital y los efectos de la hiperconectividad en las personas
Nuestro ‘Yo digital’ emergente es una versión de nosotros mismos que creamos para interactuar en los entornos virtuales, pero que termina influyendo en nuestra psique. Imagen de Freepik generada mediante IA.

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Dormimos con el teléfono móvil junto a la cama, despertamos mirando notificaciones, discutimos por WhatsApp lo que muchas veces no somos capaces de decir cara a cara y utilizamos aplicaciones que intervienen incluso en la forma en que conocemos a otras personas.

Trabajamos con inteligencias artificiales que escriben, resumen, diagnostican y aconsejan. Nos informamos a través de redes sociales que no necesariamente priorizan la verdad, sino aquello que provoca una reacción. Y, cada vez más, recurrimos a aplicaciones para gestionar la soledad, la ansiedad o incluso el duelo.

Para Ariadna Vilalta, psicóloga especializada en digitalización e inteligencia artificial aplicada, todo esto está dando lugar a un nuevo “yo digital”: una versión de nosotros mismos que construimos para movernos en los entornos virtuales, pero que termina transformando también nuestra vida psicológica, nuestras conductas y nuestras emociones.

“Internet ya no es una herramienta. Es un entorno psicológico y social en el que vivimos, pensamos y sentimos”, sostiene la especialista.

Vilalta, ciberpsicóloga, conferenciante y experta en ética de la digitalización y en inteligencia artificial aplicada, explica que la tecnología está reconfigurando nuestra experiencia cotidiana en al menos diez dimensiones.

1. Una mente permanentemente estimulada

“Nuestra mente se está acostumbrando a vivir en estado de alerta suave, como si tuviéramos que esperar constantemente a que pasara algo que va a exigir una respuesta inmediata”, señala.

La rutina resulta familiar: revisar el teléfono al despertar, saltar de una pestaña a otra, contestar mensajes mientras alguien nos habla o intentar descansar mientras seguimos recibiendo nuevos estímulos.

La hiperconectividad, explica Vilalta, no solo nos distrae. También reorganiza nuestra manera de procesar la realidad.

Cada vez cuesta más permanecer en una idea, tolerar el silencio, aburrirse o pensar sin interrupciones. La mente se convierte así en un espacio constantemente estimulado desde fuera.

2. Las pantallas como reguladores emocionales

Cuando estamos tristes, aburridos, ansiosos o solos, muchas veces la primera reacción no es preguntarnos qué sentimos, sino desbloquear el teléfono.

“Las pantallas se han convertido en nuestros reguladores emocionales”, advierte Vilalta.

El gesto puede parecer inocente, pero evita el malestar en lugar de detenernos a comprenderlo.

Y comprender las propias emociones, recuerda, es fundamental para poder gestionarlas y conocernos.

3. Relaciones marcadas por la inmediatez

La tecnología también ha cambiado la forma en que experimentamos los vínculos.

Antes había que esperar una llamada. Hoy, un doble check, una última conexión o una respuesta que tarda más de lo esperado pueden convertirse en motivo de ansiedad.

“¿Por qué no contesta?, ¿me ignora?, ¿ha visto mi mensaje?”, son preguntas que, según la especialista, forman parte de nuevas inseguridades producidas por la disponibilidad permanente.

La conexión constante puede generar una falsa sensación de cercanía, pero no necesariamente relaciones más profundas.

4. Una identidad que también se publica

La identidad siempre ha tenido distintas versiones. No somos exactamente iguales en una reunión de trabajo, con la familia, entre amigos o en una primera cita.

Pero ahora esas versiones pueden ser diseñadas, editadas y publicadas.

Fotos, perfiles, biografías, estados, filtros, comentarios y publicaciones contribuyen a construir una identidad digital que también es interpretada por los demás.

Esto puede tener un lado positivo: permite explorar aspectos de uno mismo, encontrar comunidades y expresar características que quizá permanecían ocultas en el entorno físico.

El riesgo aparece cuando comenzamos a vivir pendientes de esa versión digital.

“Cuando publicamos no para compartir, sino para confirmar que existimos” o adaptamos nuestros gustos, opiniones, estilo de vida o incluso nuestro cuerpo a aquello que obtiene mayor aprobación, la identidad digital puede comenzar a dirigir nuestra vida interior.

5. La autoestima frente al espejo de las redes

La tecnología también ha multiplicado las posibilidades de comparación.

Antes nos comparábamos con personas relativamente cercanas: familiares, compañeros de escuela, colegas o amigos. Ahora podemos hacerlo con miles de vidas cuidadosamente seleccionadas y editadas.

El resultado no siempre es un malestar evidente.

A veces aparece como una sensación persistente de que no hacemos suficiente, de que nuestra vida es demasiado normal, de que vamos tarde o de que los demás avanzan más rápido.

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La autoestima puede quedar entonces atrapada en métricas externas: “likes”, visualizaciones, comentarios, seguidores y respuestas.

“Podemos tener una identidad digital muy cuidada y, al mismo tiempo, una autoestima frágil”, advierte Vilalta.

6. Cuando el deseo también se convierte en dato

La influencia sobre nuestros deseos tampoco es nueva. La publicidad, la moda, el cine y las revistas siempre han contribuido a decirnos qué cuerpos admirar, qué vidas envidiar o qué objetos querer.

La diferencia es que ahora esa influencia puede ser mucho más íntima y personalizada.

Las plataformas aprenden qué miramos, qué compramos, cuánto tiempo permanecemos ante una imagen, qué productos volvemos a consultar o qué videos repetimos.

“El deseo se ha convertido en dato”, señala la especialista.

Un vestido que miramos tres veces, una persona cuyo perfil revisamos, una casa, un viaje o una dieta pueden convertirse en señales que el algoritmo utiliza para ordenar aquello que aparece frente a nosotros.

El riesgo, advierte, no está solamente en consumir más, sino en confundir el impulso con el deseo, la excitación con el interés y la disponibilidad con la libertad.

7. La batalla por nuestra atención

“La atención se ha convertido en el recurso más disputado”, sostiene Vilalta.

Cada aplicación compite por retenernos unos segundos más mediante videos breves, titulares extremos y recompensas inmediatas.

La consecuencia es una mente que puede terminar fragmentada, saltando constantemente de una cosa a otra.

Leer, estudiar, escuchar o simplemente permanecer presentes puede hacerse más difícil.

La especialista advierte que la atención profunda no desaparece de golpe. Se debilita cada vez que interrumpimos una conversación, una lectura o un pensamiento para comprobar si el mundo digital nos reclama.

8. Una memoria que ya no está solamente en nuestra cabeza

También nuestra memoria ha cambiado.

El teléfono guarda números, fechas, fotografías, conversaciones, contraseñas y recuerdos. Nos avisa de cumpleaños, nos lleva hasta lugares y puede recuperar momentos que quizá habríamos olvidado.

Esta externalización tiene ventajas: libera carga mental y permite organizar mejor la vida.

Pero también significa que dejamos de ejercitar parte de nuestra memoria interna y delegamos una parte de nuestra biografía en sistemas externos.

“El riesgo no es perder memoria de golpe, sino cambiar nuestra relación con el recuerdo”, explica Vilalta.

Y aparece una pregunta inquietante: ¿qué ocurre cuando la nube que guarda nuestra vida también empieza a editarla?

9. Más contacto no significa necesariamente más vínculo

En el mundo digital podemos hablar simultáneamente con muchas personas, enviar audios, reaccionar a historias y contestar mensajes en segundos.

Pero contactar no es lo mismo que vincularse.

Vilalta recuerda el contraste con las cartas: tenían menos velocidad y menos opciones, pero obligaban a pensar qué decir, cómo decirlo y qué merecía ser escrito.

La espera también formaba parte del vínculo.

Hoy podemos responder casi inmediatamente, pero esa abundancia de comunicación puede hacer que algunas palabras pierdan valor.

“Hay más intercambio, pero no siempre más presencia”, plantea.

La tecnología facilita el contacto, pero no garantiza la intimidad.

10. La autonomía frente a las sugerencias del algoritmo

Quizás el cambio más profundo sea el que afecta a nuestra capacidad para pensar por nosotros mismos.

La familia, la escuela, los medios, los libros y las conversaciones siempre han influido en nuestra manera de pensar. Pero ahora esa influencia puede ser constante, personalizada y prácticamente invisible.

No llega necesariamente como una imposición, sino como una sugerencia amable:

“Esto te interesa”.

“Esto te representa”.

“Personas como tú también piensan esto”.

El riesgo, advierte Vilalta, es creer que estamos pensando libremente cuando en realidad estamos reaccionando a aquello que el sistema acaba de poner delante de nosotros.

Una noticia indignante, un video emocional, una opinión repetida o un titular diseñado para provocar pueden influir en nuestro estado de ánimo antes de que hayamos tenido tiempo de pensar.

Pensar con autonomía exige, entonces, detenerse y formular una pregunta sencilla, pero cada vez más necesaria:

¿Qué pienso yo realmente de esto?

Y para la especialista, esa capacidad también debe comenzar a educarse desde la escuela, mediante valores éticos coherentes.

El desafío del nuevo “yo digital” no consiste en abandonar la tecnología. Internet y las herramientas digitales ya no son un mundo exterior al que entramos de vez en cuando. Son parte del entorno psicológico y social en el que vivimos.

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La cuestión es aprender a habitarlo sin permitir que termine habitándonos por completo.

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