Del “LO” a los 5.400 millones: la increíble transformación de Internet

Hace poco más de medio siglo, una computadora apenas consiguió transmitir dos letras antes de colapsar. Hoy, más de 5.400 millones de personas están conectadas a una red que pasó de ser territorio de especialistas a convertirse en parte invisible de la vida cotidiana.
Evolución de Internet desde sus primeros años hasta la era de la inteligencia artificial
Los primeros exploradores digitales: en los inicios de la informática, los usuarios debían enfrentarse a pantallas oscuras de fósforo verde sin gráficos ni interfaces visuales. Foto: Rubem Boekeloo (Pexels).

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Internet está tan incorporado a la vida diaria que muchas veces dejamos de percibir hasta qué punto dependemos de él.

Consultar el tiempo, enviar un mensaje, ver un video en alta definición, comprar un producto, realizar un trámite o conversar con alguien que está a miles de kilómetros son acciones que hoy pueden hacerse en segundos.

Pero no siempre fue así.

La historia de Internet es también la historia de una transformación tecnológica y cultural que llevó a la humanidad desde las pantallas de fósforo verde y los módems que emitían sus característicos pitidos hasta los teléfonos inteligentes, la nube, las redes 5G y las herramientas de inteligencia artificial.

Y todo comenzó, de manera casi accidental, con dos letras: “LO”.

El primer mensaje: un “LO” accidental

Para encontrar uno de los primeros capítulos de esta historia hay que retroceder hasta la noche del 29 de octubre de 1969, en un laboratorio de la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA).

Allí, el estudiante Charley Kline se preparaba para enviar un mensaje a través de ARPANET a un ordenador ubicado en el Instituto de Investigación de Stanford, a más de 500 kilómetros de distancia.

La instrucción era escribir la palabra “LOGIN”, mientras mantenía una comunicación telefónica con el equipo de Stanford para confirmar la recepción de cada carácter.

Kline consiguió enviar la “L”. Después llegó la “O”.

Pero cuando intentó introducir la “G”, el sistema informático de Stanford colapsó debido a una sobrecarga de memoria, según los registros históricos citados por ICANN.

Así, el primer mensaje de aquella transmisión no fue una frase solemne destinada a inaugurar una nueva era, sino un inesperado “LO”.

Los técnicos tardaron cerca de una hora en solucionar el problema y enviar finalmente la palabra completa.

La revolución digital había comenzado.

Una idea “vaga pero emocionante”

Durante las dos décadas siguientes, Internet siguió siendo principalmente territorio de ingenieros, académicos y expertos militares.

No existían los navegadores visuales, los buscadores ni las redes sociales. La comunicación se realizaba mediante correos electrónicos en texto plano y sistemas que requerían complejas instrucciones de consola.

El gran punto de inflexión llegó en marzo de 1989.

En el CERN, cerca de Ginebra, el físico e informático británico Tim Berners-Lee presentó una propuesta para mejorar la gestión y el intercambio de información entre los científicos de la institución.

Su idea era combinar el hipertexto —enlaces capaces de conectar documentos entre sí— con la red de ordenadores que ya existía.

Su supervisor, Mike Sendall, revisó el documento y escribió a mano una frase que terminaría convirtiéndose en parte de la historia de Internet: “Vaga pero emocionante”.

Berners-Lee continuó trabajando en su proyecto y utilizó un ordenador NeXTcube para alojar el primer servidor web.

Como el funcionamiento del sistema dependía de que aquel equipo permaneciera encendido, colocó sobre él una etiqueta escrita a mano: “Esta máquina es un servidor. ¡NO LA APAGUES!”.

El 20 de diciembre de 1990 comenzó a funcionar en ese ordenador la primera página web del mundo, info.cern.ch.

Su objetivo era explicar a los primeros usuarios qué era la World Wide Web y cómo podían crear sus propios sitios.

Los cimientos de la red: en sus orígenes, la comunicación se limitaba al intercambio de datos y líneas de texto sobre consolas de comandos. Foto: Rafael Minguet Delgado (Pexels).

El día que la Web dejó de ser exclusiva

El 23 de agosto de 1991, Berners-Lee publicó una invitación en distintos grupos de discusión para que personas ajenas al CERN pudieran conectarse al nuevo sistema.

La World Wide Web comenzaba así su apertura al público general.

Pero otro acontecimiento, ocurrido dos años después, resultaría fundamental para que esa tecnología pudiera convertirse en una red global.

El 30 de abril de 1993, el CERN decidió liberar el código fuente de la World Wide Web de manera permanente y sin derechos de autor.

La decisión evitó que la tecnología quedara encerrada detrás de patentes, licencias y barreras comerciales.

Años después, Berners-Lee destacaría la importancia de aquel gesto para el desarrollo de la Web.

Si sus fundamentos hubieran quedado sometidos a patentes comerciales y pagos, la red mundial podría haberse fragmentado en diferentes sistemas privados y cerrados.

Cuando conectarse significaba escuchar pitidos

Los primeros usuarios de Internet tuvieron que convivir con velocidades que hoy parecen inimaginables.

Las conexiones dependían de módems telefónicos de 28,8 o 56 kilobits por segundo.

Conectarse significaba escuchar una sucesión de pitidos, zumbidos y ruidos metálicos mientras el equipo establecía comunicación con la central telefónica.

Y había otra consecuencia: mientras se navegaba, la línea fija del hogar no podía utilizarse para recibir ni realizar llamadas.

Descargar un archivo MP3 de apenas 3 megabytes podía tomar entre 15 y 20 minutos.

La paciencia era parte esencial de la experiencia digital.

Pero Internet comenzaba a adquirir también una dimensión comercial.

El 11 de agosto de 1994 se registró la primera transacción segura de la Web mediante encriptación de tarjeta de crédito. Phil Brandenberger utilizó la plataforma NetMarket para comprar el disco Ten Summoner’s Tales, de Sting, por 12,48 dólares más gastos de envío.

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De la conexión consciente a la inmersión total: hoy en día, más del 67% de la población mundial habita de manera constante en el entorno digital. Foto: Ð?ng Quang Huy (Pexels).

De millones a miles de millones

El crecimiento fue vertiginoso.

En 1990, apenas unos 2,6 millones de personas en todo el mundo —el 0,05% de la población mundial— disponían de conexión a redes informáticas.

Cinco años después, en 1995, la cifra había aumentado hasta los 39,2 millones de usuarios, equivalentes al 0,7% de la humanidad.

En 2005 ya se había superado el umbral de los 1.000 millones de internautas.

Hoy, de acuerdo con los datos de la Unión Internacional de Telecomunicaciones (UIT) recopilados por Visual Capitalist, existen más de 5.400 millones de personas conectadas a Internet, más del 67% de la población mundial.

La transformación no solo se produjo en el número de usuarios.

También cambió radicalmente la velocidad.

De las conexiones de 56 kbps de los años noventa se pasó a redes de fibra óptica y conexiones móviles 5G capaces de superar habitualmente los 500 Mbps e incluso alcanzar el Gigabit por segundo.

Lo que antes podía requerir minutos hoy ocurre prácticamente de manera instantánea.

De “navegar” a vivir conectados

En los primeros años de Internet, conectarse era una acción deliberada.

El usuario se sentaba frente a un computador, encendía el módem, esperaba la conexión y permanecía un tiempo determinado en la red. Después, se desconectaba.

Hoy la relación es completamente diferente.

Los teléfonos inteligentes, sensores domésticos, servicios en la nube y herramientas de inteligencia artificial han hecho que Internet esté presente de manera prácticamente permanente.

Ya no necesariamente “vamos” a Internet.

Vivimos rodeados de ella.

La red se convirtió en una infraestructura invisible que atraviesa el comercio, la administración pública, el entretenimiento, el trabajo y las relaciones personales.

Incluso la palabra “internauta”, que alguna vez describió a aquellos primeros exploradores de un territorio desconocido, ha adquirido un sentido diferente.

Ya no se trata únicamente de quien se conecta a Internet.

Es, en muchos sentidos, la persona que desarrolla buena parte de su vida dentro de un entorno digital.

El 11 de agosto de 1994 se realizó la primera transacción segura en la Web, marcando el inicio de la economía digital. Hoy, el comercio electrónico es parte del día a día. Foto: Karola G Kaboompics

Una revolución que todavía continúa

La historia de Internet está marcada por una sucesión de transformaciones que parecían difíciles de imaginar cuando Charley Kline consiguió enviar solamente las letras “L” y “O”.

Desde entonces, la red pasó de conectar unos pocos computadores a reunir a más de 5.400 millones de personas.

La evolución tampoco parece haber terminado.

La expansión de los teléfonos inteligentes, la computación en la nube y, más recientemente, la inteligencia artificial están modificando nuevamente la forma en que las personas trabajan, se informan, se comunican y acceden al conocimiento.

Por eso, más que recordar una tecnología del pasado, la historia del internauta permite observar cuánto ha cambiado nuestra propia vida.

Tim Berners-Lee lo resumió al explicar el propósito de su creación: “La web es más una creación social que técnica. La diseñé para un efecto social: ayudar a las personas a trabajar juntas, y no como un juguete técnico”.

EFE Reportajes

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