El 15 de agosto de 1915 apareció en Rancagua el primer número de La Semana, publicación que en 1938 se transformaría en diario y adoptaría el nombre de El Rancagüino.
En su primera edición, el fundador Miguel González presentó a los lectores los principios con los que comenzaba esta aventura periodística. Bajo el título “Saludo y programa”, el texto habla de la tierra, la provincia, la independencia de pensamiento, el respeto por los demás y, especialmente, de la relación que el nuevo periódico quería establecer con sus lectores.
Hay también en esas palabras una idea que, 111 años después, conserva una particular vigencia: La Semana no se presentaba como una obra terminada. Su fundador advertía que la forma en que el periódico se entregaba al público “no es definitiva” y que cambiaría cuando encontraran una mejor.
Más aún, pedía a sus lectores que lo cuidaran y corrigieran cuando lo consideraran defectuoso, reconociendo que el periódico debía mejorar también con la ayuda de quienes lo leían.
Este es el texto del primer editorial de La Semana, publicado el 15 de agosto de 1915. Se reproduce respetando el lenguaje y la ortografía del documento original.

“Saludo y programa”
RANCAGUA, AGOSTO 15 DE 1915.
Sentimos que nos llamaban y acudimos. Pero, aunque seguros de que llegamos a llenar un vacío existente, no creemos que, sin sacrificios, podamos quedar ipso facto cómodamente embutidos en un hueco hecho para nosotros…
Sabemos cómo es duro comenzar; por eso nos hemos armado con la mejor coraza de todos los tiempos, el valor. Y para imitar a los decantados caballeros de los bellos tiempos fenecidos, hemos jurado, antes de la batalla, eterna fé a nuestra Dulcinea…
Lo es para nosotros la tierra querida en la cual tenemos empeño e interés de vivir: la Patria, nuestra ciudad, nuestra provincia.
No llevamos, como los cruzados de la Edad Media, una cruz, ni una espada; no es nuestra divisa el trapo rojo de los revolucionarios; pero, entre nuestros bagajes tenemos algo de los cruzados y de los revolucionarios de buena fe: la abnegación, porque nos parece sabio este pensamiento, cuya paternidad no conocemos: “Se vive feliz allí donde podemos ser abnegados”.
Nuestro único armamento consiste en una pluma de acero, muy blanca, que hace perfiles temblorosos y palotes enérgicos, y… un poco de tinta negra.
No nos ocuparemos de criticar, como las comadres, los pequeños deslices de la vida doméstica. Todos tienen derecho, como particulares, a vivir sin ser molestados, en tanto que no sean un peligro para otros.
No enseñaremos a rezar, ni nos importará que recen los que saben. No nos inquietará que unos se crean hijos del Todopoderoso señor Dios de los Ejércitos y que otros reconozcan como único ascendiente al pacífico mono.
Sin embargo, no perderemos de vista este otro pensamiento de Lavatier: “Desconfiad del hombre que encuentra todo bien, del que lo halla todo malo, y aún del hombre para quien todo es indiferente”.
Juramos trabajar de buena fé por nuestro progreso personal, y el de nuestra provincia. Para sentirnos más fuertes, queremos creer que todos nuestros lectores hacen, al propio tiempo, la misma promesa y la de acusar a quien quiera que falte a ella.
A nosotros, y a vosotros, lectores, conviene que este periódico viva, progrese y crezca. A nosotros porque mientras más grandes seamos, mejor podremos servir vuestros verdaderos intereses y los nuestros, y a vosotros porque tendréis un mejor servidor.
Mientras más fuertes seamos, ayudaremos más eficazmente a encontrar: las mejores distracciones para vuestros hogares, los consumidores más constantes, para vuestros productos, los colaboradores más preparados para vuestro negocio o industria; o los servidores más fieles o el patrón más generoso.
Por otra parte, este periódico, desde hoy, es vuestro, lectores, es de Rancagua, de la provincia de O’Higgins. Cada uno de vosotros podrá decir: La Semana, es mi periódico, y tendréis más gusto en decirlo cuando lo veais realmente importante. Cuidadlo, corregidlo, cuando os parezca defectuoso.
El sólo hecho de leerlo os dá el derecho de pedirle lo que exijan vuestros gustos.
Somos meros administradores de La Semana. Cuando no llenemos bien nuestra tarea, quitadnos vuestra confianza para ponerla en otros más activos y más dignos.
La forma en que hoy entregamos La Semana al público, no es definitiva. Variará tan pronto como hayamos encontrado una mejor. El material será también mejorado cuando nuestros lectores sientan que han contraído, a su vez, la obligación de ayudarnos.
