Por: Richard Andrade C. Periodista, director de PoderyLiderazgo.cl
Hay instituciones que terminan formando parte de la identidad de una ciudad porque han estado presentes durante generaciones, acompañando sus cambios, sus conflictos y también sus momentos de alegría.
El Rancagüino cumple 111 años y ese aniversario habla, antes que nada, de una relación construida con Rancagua y O’Higgins, pero también de una responsabilidad que va mucho más allá de publicar noticias: ayudar a una sociedad a reconocerse en sus propias historias.
Durante ese largo recorrido, Rancagua creció, aparecieron nuevos barrios, cambió su economía, evolucionó la minería y se transformó el mundo rural. Buena parte de esos cambios quedó registrada en las páginas del diario, tanto en los grandes acontecimientos como en aquellas historias cotidianas que hoy permiten reconstruir cómo vivían, qué discutían y qué esperaban quienes habitaron esta tierra décadas atrás.
En esos registros están El Teniente y Sewell, los terremotos, los procesos electorales, los conflictos sociales, el deporte y las transformaciones de nuestras ciudades. También están las historias que difícilmente habrían encontrado espacio en los grandes medios nacionales, pero que aquí sí importaban: un dirigente vecinal, una escuela que abría sus puertas, el logro de un deportista o una organización movilizando a sus vecinos. Porque la historia de una región también se construye desde la vida de las personas que la habitan.
Con el tiempo, además, las noticias adquieren un valor distinto. Una fotografía puede convertirse décadas después en el único registro de una calle, una actividad o una persona, mientras una entrevista puede ayudar a comprender una discusión que marcó una época.
El periodismo trabaja con la urgencia del presente, pero al mismo tiempo va dejando las piezas con las que después reconstruimos nuestro pasado. Ahí está parte del valor de un medio capaz de sostenerse durante más de un siglo.
Quienes hacemos periodismo desde regiones sabemos bien lo que implica esa tarea. Sabemos que muchas veces hay que cubrir más con menos, que las fuentes y los lectores están cerca y que la distancia entre la noticia y la vida cotidiana es mucho menor que en los grandes medios nacionales.
Hacer periodismo regional exige cercanía sin renunciar a la independencia, conocer profundamente el territorio y tener la capacidad de preguntar e incomodar cuando corresponde. Esa confianza se construye todos los días.
También sabemos que el periodismo hecho desde los territorios cumple una función insustituible en un país donde buena parte de la conversación pública todavía se organiza desde Santiago. Hay decisiones, conflictos y procesos que afectan directamente a nuestras comunas y que rara vez alcanzan espacio en la agenda nacional.
El periodismo regional no es una versión menor del periodismo nacional, sino una mirada necesaria para comprender el país desde su diversidad y desde sus territorios.
Hay otra dimensión de estos 111 años que merece ser reconocida. Por las redacciones de El Rancagüino han pasado generaciones de periodistas, reporteros gráficos y profesionales de las comunicaciones que encontraron allí una verdadera escuela de oficio.
Aprendieron en la calle, en la reportería diaria, en los cierres, buscando una fotografía y contrastando una fuente. Muchos continuaron después sus trayectorias en otros medios, instituciones y organizaciones de O’Higgins y del país. Ese legado formador también es parte de su historia.
El Rancagüino ha debido cambiar junto con sus lectores, pasando del papel como principal vínculo cotidiano a una realidad donde la información circula a cada minuto por computadores y teléfonos.
Cambian las plataformas y las formas de consumir noticias, pero las exigencias centrales del oficio siguen siendo las mismas: preguntar, verificar, contrastar y mantener la confianza de quienes leen. Llegar hasta aquí supone también haber aprendido, corregido y sabido adaptarse.
Quienes sabemos lo que significa hacer periodismo desde y para los territorios entendemos especialmente el valor de esa permanencia. Detrás de cada edición hay decisiones, coberturas, recorridos, cierres y equipos que siguen creyendo que vale la pena contar lo que ocurre cerca. Más de un siglo después, El Rancagüino sigue enfrentando el mismo desafío esencial: estar cerca, entender lo que ocurre y contarlo con responsabilidad.
