Muy queridos hermanos y hermanas:
Ya llega el momento de peregrinar hasta el Santuario de Santa Rosa en Pelequén. Muchos llegarán para encontrarnos como pueblo de Dios, como Iglesia. Hoy ya podemos cantar con el salmista: «¡Qué alegría cuando me dijeron: “Vamos a la casa del Señor”!».
Una de las experiencias que nos marcan al peregrinar al santuario es que en él nos sentimos acogidos. El santuario, la casa que cobija la imagen bendita de Santa Rosa, es también la casa de sus hermanos creyentes, donde todos experimentamos un cariño personal, una mirada amorosa y tierna dirigida a cada uno. Allí parece que los oídos y el corazón de nuestra amiga Rosa están solo atentos a mí. Ella me acoge para llevarme a Jesús.
Los obispos, en el Documento de Aparecida, dicen: «La decisión de partir hacia el santuario ya es una confesión de fe, y la llegada, un encuentro de amor. La mirada del peregrino se deposita sobre una imagen que simboliza la ternura y cercanía de Dios. El amor se detiene, contempla el misterio, lo disfruta en silencio. También se conmueve, derramando toda la carga de su dolor y de sus sueños. La súplica sincera, que fluye confiadamente, es la mejor expresión de un corazón que ha renunciado a la autosuficiencia, reconociendo que solo nada puede. Un breve instante condensa una viva experiencia espiritual».
Sin duda, lo dicho lo hemos vivido: en el santuario somos acogidos por el amor misericordioso de Jesús y de María y por la cercanía de Santa Rosa.
Hermanos y hermanas, vamos; acudamos con confianza al trono de la bondad y de la misericordia, que es el mismo Jesús. Allí, en el Santuario de Pelequén, Él nos invita a mirar a una hermana nuestra que se dejó amar por Dios y supo amar con los sentimientos de Jesús, cosa que nosotros hemos de procurar en nuestras vidas.
Vamos y vivamos la experiencia de ser hijos amados de Dios, sabiendo que contamos en nuestro caminar con la ayuda de la Virgen y de los santos. Vamos con nuestros cansancios a cuestas, con la certeza de que, junto a Santa Rosa, encontraremos alivio, consuelo y esperanza.
Todos tenemos motivos para agradecer la misericordia de Dios y también necesitamos consuelo y esperanza. Vamos a ver a la santa que nos muestra a Jesús, quien siempre nos dice: «Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados, y yo los aliviaré».
Vamos, vamos como familia. Recemos, escuchemos la Palabra de Dios, celebremos juntos la Santa Misa, aprovechemos para confesarnos y tengamos momentos de silencio y tranquilidad para conversar con Jesús, con la Virgen y con Santa Rosa.
Cada uno de nosotros contribuyamos para que, en la Fiesta y luego al volver a casa, todos nos sintamos confirmados en la fe y en la experiencia gozosa de ser miembros del Pueblo de Dios, hijos de la Iglesia.
+Guillermo Vera Soto
Obispo de Rancagua
