¿Aún tenemos patria, ciudadanos?

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Imaginemos por un momento a un general retirado entrando a un cuartel donde todavía permanecen quienes siguen en servicio activo. No viene a darles órdenes ni a anunciarles una victoria. Viene a decirles que el ejército ha sido derrotado.

La imagen es deliberadamente incómoda.

El pasado 18 de agosto, en el cambio de mando de la Federación de Medios de Comunicación Social, Ascanio Cavallo, Premio Nacional de Periodismo, periodista, académico y uno de los profesionales que ha marcado buena parte de la historia reciente de los medios chilenos —fue director de La Época y de la revista Hoy— comenzó su intervención con una frase que no necesitaba demasiadas explicaciones:

“Vengo a hablar por un ejército derrotado”. (Lea aquí el discurso completo de Ascanio Cavallo)

Su diagnóstico es duro y no deja de ser cierto. Durante casi tres décadas, sostiene, las empresas tecnológicas fueron ocupando un espacio cada vez mayor en la distribución de los contenidos, la audiencia y la publicidad. Los medios produjeron la información, pero buena parte del valor económico generado alrededor de ella terminó en manos de otros.

Y ahora aparece una nueva batalla, todavía más compleja: la inteligencia artificial.

Cavallo plantea algo difícil de discutir. La inteligencia artificial necesita datos. Y buena parte de los datos que construyen el presente son producidos por periodistas. Están en una entrevista, en una investigación, en una sesión municipal, en un reporteo en terreno, en el relato de una emergencia, en la comprobación de una denuncia.

Cuando no hay periodistas donde ocurren las cosas, simplemente hay hechos que no quedan registrados.

Pero hay otra pregunta, quizás menos tecnológica y bastante más concreta: ¿quién paga por ese trabajo? José Tomás Santa María, presidente de la Federación de Medios de Chile, la formuló directamente en una columna publicada esta semana en El Mercurio. “¿Quién paga por las noticias?”, de José Tomás Santa María

Podemos discutir durante horas sobre inteligencia artificial, algoritmos, derechos de autor y nuevas plataformas, pero existe una realidad mucho más sencilla: no podemos hablar de periodismo profesional si el periodista que debe investigar, preguntar, contrastar y estar en el lugar de los hechos no tiene un sueldo que permita sostener ese trabajo.

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Es cierto, estamos perdiendo. El ejército ha perdido batallas y la pregunta no es solamente cómo recuperar esas posiciones.

Y no estamos hablando solo  que las plataformas tecnológicas tienen que pagar, que la inteligencia artificial debe reconocer los derechos de los medios o que hay que encontrar un nuevo modelo de negocios. Todo esto es cierto y justo: las plataformas deben pagar por los contenidos que utilizan y que contribuyen a generar sus ingresos. En Chile todavía es una discusión que no está resuelta definitivamente por la justicia, pero nuestra posición es clara: no creemos razonable que quienes producen el contenido asuman todos los costos mientras otros construyen negocios sobre él.

Pero hay algo aún más profundo, porque los medios no existimos solamente porque haya periodistas que quieran ejercer una profesión. Existimos porque hay una sociedad que considera que necesita periodismo.

Y esa diferencia es fundamental.

Un diario puede tener una redacción excelente. Puede contar con periodistas preparados, con experiencia y con las mejores herramientas tecnológicas disponibles. Puede investigar, verificar y publicar información de calidad.

Pero si sus lectores consideran que ese trabajo no tiene valor, el problema ya no es tecnológico. Es social.

Si como ciudadanos creemos que una noticia verificada vale lo mismo que un rumor que circula por WhatsApp, si creemos que una investigación periodística vale lo mismo que una publicación anónima en redes sociales, tenemos un problema.

Si pensamos que una inteligencia artificial puede reemplazar sin más a quien sale a terreno, conversa con una fuente, revisa documentos y se hace responsable de lo que publica, tenemos más de un problema.

Y si queremos información profesional, pero no estamos dispuestos a que alguien pague por producirla, tenemos un problema todavía mayor.

Porque en última instancia el futuro del periodismo no lo decidirán solamente los medios ni las grandes empresas tecnológicas.

También lo decidirán los ciudadanos.

Quizás esta sea una pregunta mucho más grande que la propia industria de los medios.

¿Qué sociedad queremos?

¿Una sociedad que todavía considere necesario que existan personas dedicadas profesionalmente a buscar información, verificarla y ponerla a disposición de los demás?

Hace pocos días, al cumplir 111 años, en estas mismas páginas nos preguntábamos por qué publicamos lo que publicamos.

La pregunta sigue vigente. Pero hoy aparece otra.

¿Para quién publicamos?

Porque después de 111 años resulta evidente que El Rancagüino no ha sobrevivido solamente por la voluntad de quienes han trabajado en sus redacciones.

Ha sobrevivido porque, generación tras generación, hubo personas que encontraron algún valor en que este diario existiera.

Cavallo habla de un ejército derrotado. Puede que tenga razón.

Quizás la industria perdió algunas batallas y no recuperará jamás el terreno que alguna vez creyó controlar.

Pero una batalla no es necesariamente una guerra y una industria tampoco es lo mismo que una sociedad.

Los ejércitos pueden reorganizarse. Pueden reconstruirse. Pueden aprender de sus derrotas.

Pero, para hacerlo, necesitan saber que todavía existe una causa que vale la pena defender.

En nuestro caso, esa causa no somos los medios. Es el derecho de una sociedad a estar informada.

Y ese derecho solamente tiene sentido si los ciudadanos consideran que la información profesional es necesaria. Por eso esta discusión no puede quedar encerrada en las redacciones, en las asociaciones gremiales o en las empresas tecnológicas.

Es una conversación que nos pertenece a todos. A quienes hacemos periodismo y debemos preguntarnos cada día si estamos haciendo un trabajo que merezca ser leído. A las empresas que deben encontrar modelos capaces de sostener ese trabajo.

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A las plataformas que utilizan y distribuyen información producida por otros.

Y, también, a los ciudadanos que finalmente deciden con su atención, con su confianza y con sus decisiones de consumo qué tipo de ecosistema informativo quieren tener.

No pretendemos resolver en una editorial un problema que probablemente marcará los próximos años. Esta es apenas la primera aproximación a una discusión que tiene muchas dimensiones: la economía de los medios, la inteligencia artificial, los derechos sobre los contenidos, la confianza, la relación con las audiencias, la responsabilidad de los periodistas y, finalmente, el tipo de sociedad que queremos construir.

Volveremos sobre ellas cuando la contingencia lo permita. Porque, como siempre, la noticia manda.

Por ahora basta con una pregunta.

Si el ejército está derrotado, ¿todavía hay ciudadanos dispuestos a defender la causa?

Porque si la respuesta es sí, entonces quizás la derrota no sea el final.

Quizás, tal como Manuel Rodríguez, podamos gritar:

¡Aún tenemos patria, ciudadanos!

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