Fe, historia y reencuentro: el vibrante desarrollo de Santa Rosa de Pelequén

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La Fiesta de Santa Rosa de Lima en Pelequén es, sin duda, una de las tradiciones religiosas y culturales más significativas e históricas de la región de O’Higgins. Su origen se remonta a 1840, cuando la imagen de la santa llegó desde el Perú de la mano de un inmigrante. Con el tiempo, alimentada por la fe popular y por leyendas entrañables —como aquella que narra cómo la figura regresaba milagrosamente a Pelequén cada vez que se intentaba trasladarla a Malloa—, esta devoción echó raíces profundas.

Ha sido una costumbre heredada de generación en generación que ha demostrado una resiliencia formidable, logrando sobrevivir a terremotos, al inexorable paso de los años y a los profundos cambios de nuestra sociedad.
Este año, el desarrollo de la festividad alcanzó una intensidad y masividad notables, favorecido enormemente porque el día central de la santa, el 30 de agosto, coincidió con un día domingo. Esto facilitó que miles de peregrinos provenientes de diversas regiones de Chile se movilizaran para formar parte de una celebración que se extendió durante cuatro jornadas, desde el jueves hasta ayer. Los preparativos ya habían comenzado con fuerza el 21 de agosto con el inicio de la novena, sumando además hitos significativos como la Peregrinación de Cuasimodistas el domingo 23.

La magnitud del evento se hizo patente en las carreteras. Desde muy temprano, decenas de personas caminaban en ambas direcciones por la Ruta 5 con destino al santuario. Este flujo masivo de caminantes y vehículos provocó un importante atochamiento vehicular en la ruta, lo que requirió un amplio despliegue de Carabineros, quienes instalaron vallas papales y señalizaciones para ordenar el tránsito y garantizar la seguridad de los peatones. Para dar acogida a este sacrificio, el templo implementó la valiosa medida de permanecer abierto durante toda la noche del sábado y la madrugada del domingo, ofreciendo a los exhaustos caminantes un refugio de oración y descanso.

Dentro y fuera del templo, el fervor se vivió a flor de piel. El santuario estuvo completamente colmado de fieles desde las primeras horas del domingo, con momentos en los que era casi imposible ingresar. La devoción se manifestó de múltiples formas: personas que entraban descalzas o de rodillas para cumplir mandas de gratitud por favores concedidos, como testimonios de vidas enteras dedicadas a agradecer a la santa. A las 10:30 horas, se vivió uno de los momentos más emotivos cuando la imagen de Santa Rosa fue trasladada a los jardines del santuario, permitiendo que la multitud se acercara a venerarla directamente.

Los jardines del templo se transformaron en el verdadero corazón de la jornada de domingo. Mientras algunos sacerdotes confesaban y entregaban bendiciones a los fieles, muchas familias aprovecharon el espacio para instalar mesas y sillas, compartir un desayuno o merienda y recuperar energías tras largas horas de viaje. Las misas se celebraron prácticamente cada hora, siendo la del mediodía la ceremonia principal, presidida por el obispo de Rancagua, monseñor Guillermo Vera. El obispo definió con acierto a Pelequén como el «corazón espiritual» de la diócesis y animó a vivir la jornada con alegría y en familia.

Por supuesto, una festividad de este tamaño reabre el eterno debate sobre la convivencia entre la fe y la actividad comercial. La tradicional feria instalada a lo largo de la avenida principal funcionó de manera vibrante, atrayendo a miles de visitantes hasta la medianoche del domingo. No hay contradicción en que este evento genere dinamismo económico local, siempre y cuando se resguarde el verdadero sentido que convoca a los peregrinos: la esperanza, el agradecimiento y la oración. En este sentido, es sumamente destacable el llamado del santuario a la «devoción solidaria», invitando a los fieles a cambiar velas y flores por alimentos no perecederos para ayudar a los más necesitados.

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El desarrollo de la Fiesta de Santa Rosa de Pelequén nos demuestra que las comunidades no solo se sostienen de infraestructura física, sino de las historias y creencias que deciden hacer suyas. En un mundo acelerado y dominado por las pantallas, el reencuentro anual en esta localidad malloina sigue siendo un recordatorio latente de la fuerza de la fe y de la riqueza de nuestra historia regional.

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